Análisis

Microgestos, micropoderes y microabusos

domingo, 18 de septiembre de 2016 · 00:00

Sólo en crisis / María José Rodríguez *

Sólo en Bolivia, y más entre los guardias de seguridad y porteros, la amabilidad quedó fuera de moda. Llegas a una oficina sea pública, privada o sin fin de lucro, el primer rostro visible carece de una sonrisa, incluso de un microgesto de amabilidad. Si hay suerte, el saludo es tosco y, sin ella, simplemente una mirada  de "¿qué quieres?”. Agresión inútil, sin sentido… "al cuete”, como habría dicho mi padre. 

Es un ejercicio de poder: "tras este vidrio estoy yo, y yo decido si entras o no”. La barbilla altiva que pregunta, en mudo, "dónde vas,a quién buscas, qué quieres y para qué”. Microgestos de micropoderes. 

Del otro lado, resientes la hostilidad. Pero no te queda más remedio que tragar impotencia y, desde una voz por lo menos neutra, decir: "al quinto, con el señor Pérez, a una reunión”. Y entre el ceñudo cuidante y una, sólo el silencio helado; casi hasta se siente una ventisca polar. 

Nada, ahora ya ni un microgesto de nada. "¿Me habrá escuchado?, ¿está sordo?, ¿estoy en la dirección equivocada? ”. Ya cuando uno va a repetir dónde, con quién y para qué, el áspero personaje te manda a esperar y señala, con la barbilla, al frente. Ese frente puede tener sillones o sillas en hilo unidas por una regleta metálica, o simplemente ser la calle y una pelada pared que ofrece apoyo para la espalda. 

Hace unos días tuve una experiencia aún peor. Esta institución a la que visitaba, tiene la política de revisarte la cartera o mochila. No es una revisión propiamente dicha, no es que metan la mano en los bolsillos y bolsillitos, es una simple ojeada. Se trata de echar un vistazo al interior. 

La mujer policía de la entrada, tras la casetita de concreto y vidrio polarizado, luego de preguntar con el gestito de la barbilla que a dónde me dirigía, me dijo secamente: "la cartera”. A la primera no entendí. A la segunda, hallé el sentido gracias a que sus ojos apuntaban hacia el bolso que colgaba de mi hombro. "Qué con mi cartera”, dije en realidad con tono de sorpresa y no tanto de molestia. "Pásemela”. "¿Por qué habría de hacerlo?”. "Revisión. Si no, no pasa”.  Le alcancé el bolsón de cuero. Lo abrió y le echó una mirada de rayos x intensísima, después de la cual sentí una sensación como de violación, me había despojado de mis secretos, mirado mis intimidades y desórdenes…ingresado por la fuerza a mi rincón portátil de privacidad. 

Es posible que ese sentimiento no me habría asaltado de haber sido ella algo más amable. Si hubiera saludado, preguntado con la voz "a dónde iba” y si me habría dado una pequeña explicación sobre el procedimiento de la revisión de carteras y las normas de seguridad del lugar.
 
 Imagino que el sentimiento de inseguridad de entregar tu cartera (y más una de mujer con todo lo inservible, pero necesario, que solemos llevar)  se habría mantenido, pero en menor medida y sin ese retrogusto a avasallamiento.

Desde ese día, cada vez que pienso en esa institución, su imagen se pega a una invariable sensación de violencia e invasión. Debo disparar recursos racionales a mi cerebro para lograr que también vengan a éllos atributos bondadosos de la misión de esa empresa. 

Pero si de impulsos uno viviera jamás volvería a comprar un producto que viniera de ella, ni creería en lo que prometen en la publicidad y menos me tragaría el cuento que ayudan a niños huérfanos y perritos vulnerables. 

Piensen en un banco, una telefónica o una empresa de productos masivos que recibe miles de visitantes al día. Al tener porteros y guardias sin haber sido capacitados en un trato amable al visitante, se convierten en productoras de otros miles de potenciales clientes resentidos y escépticos. Y eso tan sólo por el hostil comportamiento de sus personeros de seguridad. Agentes a los que las empresas que los contratan dejan en libertad de acción y que sólo reproducen la cultura nacional de hacer prevalecer un micropoder y nutrir su ego con ese segundo que te han obligado a doblegarte. Microabusos que provocan micro-resentimientos, absolutamente"al cuete”.

*La autora es especialista en comunicación estratégica. 


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