Análisis

La democracia ha muerto

domingo, 17 de diciembre de 2017 · 00:00

Luis Fernando García *

La influencia de la economía en lo político es medular. Clamando y callando al sentido común, las miserias de uno de los países más pobres del mundo, dicen que la necesidad tiene cara de hereje. Y, ahora, ese influencia está mostrando su rostro más siniestro.


La producción pasa por un periodo de contrastes con políticas que gestionan, por un lado, la aceleración del ritmo económico y, por otro, una polarización interna que produce una fuerte tensión en la sociedad. 


El matiz eleccionario está ignorando el riesgo del retroceso de la democracia y la economía. El desorden y la sublevación interna, dentro de las filas populares, como el 21F, están debilitando el proceso de cambio.


Pronto veremos, nuevamente, un gobierno de coaliciones, porque ya se establecen signos claros de que el poder se debe mantener por mayorías y no por movimientos sociales.


La relación monetaria y la política se llevan muy mal cuando la gestión intenta ampliar el cobro impositivo, en momentos que se ralentiza el sistema de precios y la producción.


Un impulso inverso al crecimiento, que lo único que trae  son ideas confusas, crea un ambiente agresivo dentro de la sociedad, aún orientada por un sentido democrático, que siente cómo se pierde el rumbo fijado en los últimos años.


La política económica acomodaticia a las tendencias amparadas por el flujo de sus ingresos e inyecciones informales de capital  crea una reversión gradual de los valores democráticos, que algunas veces se mimetizan, pero en realidad son movimientos, más que sociales, económicos. 


Esta desorientación está creando un nuevo ánimo  y, al mismo tiempo, una agresividad contenida de la sociedad excluida de la fiesta y el reparto.


Se pasó a la polarización y fragmentación de los grupos de poder, como una forma de ampliar el control, por ejemplo, en el oriente boliviano. Es tiempo de desequilibrios económicos que dificultan la democracia sustentada por un grupo privilegiado, alejado de la ciudadanía y montado sobre una visión de control.


La gestión eficaz ha quedado en el olvido, dejando atrás incluso parte del ímpetu político que se aseguraba asimismo la necesaria reforma y las espaldas del sistema judicial y legal. Perdida esta sintonía, ahora resulta más grave porque ya nadie cree, como sucedía, al inicio  de la gestión, en el discurso.


La tecnología juega dos roles fundamentales en la expresión de los insatisfechos. En las plataformas y redes sociales, la comunicación cruzada beneficia y radicaliza, al mismo tiempo, la brecha informativa y amplía la conducta que agota al sistema democrático en la era de la post verdad.


La logística política comienza a trasladar los roles entre los miedos y los anhelos, pero no así la economía de los mismos actores que operan libremente en el modelo de negocios informales que funcionan en el país y que muy poco se traduce en producción diversificada, sostenible y de industrialización. 


Tenemos un mercado formal enclaustrado que no abre su espacio a la inversión por temor; complejo panorama.


Se resquebraja la idea de un modelo económico de país, por uno solo: el político y solo por la trascendencia del poder.  Aunque este espacio domina la edificación de la economía informal, se enfrenta a un proceso de valoración con un alto margen de desaprobación, donde lo legal  deslegitima la realidad constantemente, a base de la necesidad de una clase que está claramente, absoluta y homogéneamente en el poder.


El fracaso de los viejos partidos políticos que buscaron una alianza de hecho, en la búsqueda de recursos económicos terminó haciendo que los financiadores se den cuenta que ellos podían ser parte de los movimientos sociales y emerger como sus competidores. Así emergieron y forjaron sus propios líderes, acordes a sus intereses económicos, subyugados, claro, a la política.


Este contraste con la sociedad democrática, disimulado por la bonanza, hace agua. El ciudadano entiende que el problema es una democracia acomodaticia que afecta sus vidas y la de sus hijos.  Ese ciudadano ahora toma una bocanada de aire y puede decir con aprehensión que el poder y la economía viven, pero la democracia ha muerto.

El autor es economista.

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