La industrialización en tiempos digitales

Lo digital es un factor de cambio social, productivo y personal, por lo que la industrialización en la economía es un elemento clave para propiciar el cambio en la matriz productiva de Bolivia.
domingo, 30 de abril de 2017 · 00:00
Gabriel Espinoza*  / La Paz

Si uno mira la economía boliviana en el largo plazo y la  grafica, probablemente el mejor ejemplo es un péndulo, ya que conforme las rentas de los recursos naturales aumentan o disminuyen pasamos del estatismo al liberalismo, a veces de mercado y otras veces de Estado, y de vuelta.
 
Algo constante en el imaginario nacional ha sido el del cambio en la matriz productiva: la industrialización ha sido siempre un deseo, primero, de la mano de las ideas cepalinas (la sustitución de las importaciones), luego tratando de apoyarnos en las rentas de los recursos naturales, también pasando por las innovaciones que podría traer la inversión extranjera y, finalmente, esperando que el emprendedurismo de nuestra gente, a fuerza de pequeños emprendimientos en la industria liviana, o el Estado de la mano de grandes proyectos, cambien la matriz productiva en Bolivia.
 
Sin embargo aquí estamos, en pleno siglo XXI tratando aún de desprender el destino de la economía boliviana de los precios de las materias primas y, aunque los avances en lo macroeconómico sean muchos e importantes (llevamos ya más de 30 años de estabilidad fiscal y monetaria), los resultados en el cambio de la matriz productiva son pésimos.
 
Quizás un diagnóstico de los problemas que evitan que Bolivia avance en este terreno requiera mucho más que una breve columna ya que, por ejemplo, hay temas de rentismo y corporativismo, junto con un perfil adverso al riesgo en nuestra sociedad, pero aquí nos vamos a centrar en dos de varios elementos que el Gobierno debería apuntalar para ayudar al logro de este imaginario.
 
Revolución digital
 
Un elemento fundamental es el de la comprensión del actual entorno. Estamos en plena revolución digital, el mundo se transforma rápidamente gracias al internet, los aparatos móviles y las tecnologías P2P, que no son otra cosa que mecanismos de colaboración directa entre personas. Uber es un ejemplo de esto último: alguien necesita transporte, otra persona que está cerca puede prestarlo y ambos, gracias al internet y al aparato celular, se conectan, resuelven los problemas de confianza y realizan la transacción. Aquí las personas se comportan al mismo tiempo como consumidores y empresas, más allá del Gobierno y sus regulaciones, superan  la burocracia y llevan adelante una transacción que resulta mucho más barata que lo que podría haber costado si se llevaba adelante a través del mercado local, donde los sindicatos, las licencias y demás regulaciones que el Gobierno impone al mercado incrementan el costo.
 
Este ejemplo no es tomado al azar, ya que en Bolivia el transporte y los servicios logísticos suelen representar un costo importante para los productores, algo que no es bueno. Mientras más gastemos en transporte, más caros son nuestros productos en el exterior. Aún cuando estos 11 años la inversión en carreteras ha sido extraordinaria y mantenemos el precio de los hidrocarburos subsidiado, los problemas logísticos siguen persistiendo, tanto es así que el transporte representa en promedio el 8,5% del PIB, mientras que en América Latina esa cifra está en torno al 5,9%.
 
Claramente este es un cuello de botella para la diversificación productiva, que no sólo pasa por infraestructura, sino que también implica información e innovación.
 
 Esto es algo que se puede resolver cambiando el enfoque de las políticas públicas y usando la tecnología, lo que nos lleva a la segunda condición que debería tener un Gobierno que diversifique la economía: debe ayudar a desarrollar habilidades claves, no sectores, ya que el apoyo de sectores a menudo sólo favorece a un reducido grupo de personas, mientras que una actividad es transversal.
 
 Aunque esto último parezca evidente, normalmente no se hace por las presiones políticas, el conservadurismo de las autoridades o la falta de conocimiento de los verdaderos problemas en el aparato productivo.

Hay que comprender que lo digital no es sólo una industria, es un factor de cambio social, productivo y personal; y mientras esto siga siendo incomprendido por los que piensan las políticas económicas (o entendido como algo que se puede regular como  se hace con otros sectores), difícilmente lograremos diversificar la economía al ritmo que exige el siglo XXI.

*José Gabriel Espinoza
 Yáñez es economista.

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