Análisis

Cuentos de éxito y ausencia de transparencia en 14 años

El economista cuestiona si era necesario crear las empresas públicas, con inversiones millonarias; propone evaluar si el modelo fue un triunfo o un fracaso.
domingo, 29 de diciembre de 2019 · 00:00

José Gabriel Espinoza Yáñez

Aunque parece que la respuesta a la pregunta es trivial, resulta ser una de las cosas sobre las que menos consenso encontramos. Aquellos que se ajustan a las definiciones de los libros dirán cosas como que los economistas están para estudiar y analizar los fenómenos económicos, sus costos y beneficios, diseñar “modelos” y encontrar “leyes” económicas.

Pongo modelos y leyes entre comillas porque no son, en el sentido estricto de las ciencias duras, modelos perfectos y leyes inquebrantables, ya que al final, la economía, aunque ha tratado por mucho tiempo de parecer una ciencia exacta, es en realidad una ciencia social.

Eso significa que muchas de las “leyes” que proponemos están sujetas a una serie grande de condiciones, que van más allá de lo económico y que muchas veces están mejor explicadas por la historia o la cultura.

Por eso, cuando preguntan sobre lo que hacemos los economistas, creo que la mejor respuesta es la que dio Robert Lucas, en un discurso de graduación en 1988: los economistas contamos historias. Estas historias son el resultado de muchos experimentos hipotéticos (a nadie le parecería recomendable experimentar con un pueblo, ciudad o país entero para encontrar la relación entre la cantidad de dinero circulante y, por ejemplo, la inflación), en los que tratamos de reconstruir lo que ha pasado en ciertas circunstancias, entender cuáles fueron los cambios y los efectos que tuvieron esos cambios además de aquellas cosas que no afectaron o no son importantes para el resultado.

Para eso dibujamos la realidad, con ecuaciones, a veces complejas, otras no tanto, que buscan simplificarla y, al mismo tiempo, ponerla en un lenguaje universal. Una vez hecho eso, jugamos, modificamos las ecuaciones, cambiamos los parámetros y estimamos que puede pasar. Ahí empieza el arte de ser economista: con datos y evidencia, modelamos la realidad, tratamos de entender el comportamiento de la gente y finalmente buscamos extraer aquellos resultados generales a partir de una ficción (el modelo que hemos construido).

En este punto también empieza el riesgo: como en toda historia, el orden de las cosas que contamos, aquello que resaltamos y lo que obviamos tienen efectos significativos en la conclusión del cuento. Dicho eso, el cuento más recurrente de los últimos 14 años ha sido el modelo económico exitoso, que trajo beneficios para toda la población, apoyado en una serie de acciones correctas y adecuadas, a veces aprovechando el contexto internacional y más recientemente, a pesar de él.

En el cuento, el modelo era perfecto, porque los resultados que nos mostraban eran siempre buenos y los actores tomaban las decisiones estaban siempre en lo correcto, sin embargo, en este cuento se obviaron dos cosas: la primera de ellas es el experimento hipotético (construir un modelo en si mismo), ese juego en el que se simplifica la realidad y se piensan diversos escenarios para tomar la mejor decisión posible. Al final, cada uno de los resultados, aunque haya sido positivo, tuvo un costo, y ese costo, a veces, no justifica los resultados.

El mejor ejemplo de esto son las empresas públicas ¿era necesario crear cada una de estas empresas? ¿se podía lograr lo mismo con otras herramientas? ¿cuáles herramientas?, etc. Solo haciéndose esa clase de preguntas (y respondiéndolas de la manera más técnica posible) podremos hacer una evaluación adecuada del éxito o fracaso del modelo.

Y aunque este es un punto importante, implica mirar al pasado, y claro, en un momento de transición, lo importante no es el pasado, lo importante está en el presente y el futuro. Así que más allá de asumir el compromiso de entregar la casa en orden, la principal tarea que se tiene hoy, en el equipo económico, es lo segundo que han obviado en el cuento que nos han contado durante 14 años: la transparencia.

Y eso se logra con datos y acceso a la información. En la medida que logremos transmitir,  de manera clara y transparente, los objetivos de la política fiscal y monetaria, que la población pueda hacer un seguimiento adecuado a las metas que se planteen y que aquellos organismos e investigadores que quieran, puedan contar con los datos necesarios para replicar lo que digan las autoridades y los directivos al frente del equipo económico, contrastar sus afirmaciones y, si creen necesario, cuestionarlas, los economistas empezaremos a contar un cuento más cercano a la realidad.


José Gabriel Espinoza Yáñez es economista y director del BCB.
 

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