Flavio Machicado

Juego de Tronos

domingo, 08 de diciembre de 2019 · 00:01

Juego de Tronos fue una serie basada en las pugnas del poder del medievo inglés, con un toque de ciencia ficción. Los Caminantes Blancos, al mando del Rey de la Noche, representaban una amenaza sobrenatural para la humanidad. Por ende, cuando atravesaron la inmensa muralla de hielo que separaba los Siete Reinos, las pugnas y rencillas entre los diferentes reyes tuvieron que ceder, para lograr una unidad que permita hacer frente a un enemigo en común.

En Bolivia no existe ese enemigo en común. Por lo menos no existe uno que pueda reducirse a un grupo específico. No obstante, los bolivianos fuimos víctimas de vándalos, financiados por individuos inescrupulosos, con nexos al narcotráfico internacional, que optaron por sembrar terror como arma de negociación. De ahí, cuando se vio rebasada la Policía por esta delincuencia, dispuesta a quemar casas, buses, saquear negocios y cometer actos de violencia, sin importar la ideología, etnia o condición social de aquellos que se cruzaban en su camino, la sociedad se inclinó por el latente espíritu comunitario, uniéndose para hacer frente a estos grupos anárquicos, que no tienen partido ni patria visible o identificable que pretendían someternos en base al terror. 

Este sentimiento de unidad, lamentablemente, duró muy poco. Una vez que salieron las FFAA para, junto a la Policía Nacional, restaurar el orden, y una vez instituido un matriarcado de transición, con heroínas de la recuperación de la democracia, al mando de Jeanine Añez, Eva Copa, Karen Longaric, Soledad Chapetón, Roxana Lizárraga, para mencionar solamente alguna de las valientes y dignas mujeres, los muy machos nuevamente salieron a hacer gala de su condición, para detonar nuevamente un “juego de tronos”. Se suponía que -con el camino a la democracia supuestamente allanado- Bolivia ahora se prestaría a un verdadero intercambio de ideas, para dirimir proyectos, planes y visiones de país. Se suponía que ahora que los vándalos han sido detenidos, sus financiadores identificados y los hilos de la subversión desde el extranjero, momentáneamente interrumpidos, todos íbamos a ir a un gran debate ideológico nacional.

 Pero la naturaleza humana pesa más que cualquier susto colectivo o consenso cívico, por lo que ya ve como va desmoronándose la unidad, dándose lugar al protagonismo de los caudillos mesiánicos que demandan su pedazo de gloria. El cálculo político es nuevamente rey. En vez de buscar una estrategia común que consolide la democracia y evite caer nuevamente en el derrotero del populismo irresponsable, los viejos partidos, antes que nada, intentan evitar su muerte. La vieja partidocracia se rehúsa a ser derrotada por el hierro de la espada de nuevas generaciones, que recién empieza a forjar nuevos liderazgos. 

La crisis no fue suficiente para vencer a la naturaleza humana y nuevamente estamos cayendo presos de la testosterona e ínfulas del macho alfa de turno. 

Necesitamos de un proceso electoral propositivo, donde no deberíamos tener miedo a la multitud de propuestas y a la pluralidad de visiones (en tanto no represente una dispersión imperdonable). El MAS tiene un proyecto conocido y sus partidarios, se supone, no son responsables del terror que quisieron imponer los jefazos, bajo órdenes de Maduro. En consecuencia, habrá que lidiar con un planteamiento o una narrativa forjada al calor de nuestra bonanza económica, una historia posible sólo gracias a la abundancia de recursos disponibles que fueron despilfarrados. ¿Será que las grandes mayorías, aquellas que se levantaron con una pitita, podrán hilvanar una propuesta en unidad? ¿O viviremos un nuevo juego de tronos? 

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