El crecimiento empobrecedor

domingo, 26 de mayo de 2019 · 00:00

Enrique Velazco

Las opiniones sobre el estado de la economía muestran que hoy conviven una agradable “sensación térmica” de estabilidad macroeconómica con bienestar, en algunos sectores de la sociedad, mientras que, en otros, predominan percepciones de insuficiencia de ingresos, de precariedad del empleo e incertidumbre sobre el futuro. Una explicación posible de esta dualidad es que el crecimiento registrado desde 2006 ni es uniforme ni ha llegado a todos.

Fernanda Wanderley y José Peres-Cajías de la UCB analizan en dos artículos de Ideas de Página Siete los aportes de 17 expertos nacionales e internacionales sobre “Los desafíos del desarrollo productivo en el Siglo XXI” y concluyen que la reducción de la pobreza y la desigualdad es una hecho regional que no puede asociarse a modelos económicos o políticos específicos y que los desafíos del desarrollo persisten en Bolivia porque no hay bases para hablar de un “milagro económico” o de “logros sociales excepcionales” desde 2006.

El Ministerio de Economía ha respondido repitiendo los datos sobre reducción de la pobreza y la desigualdad gracias a los bonos que habría hecho posible la nacionalización del gas, y a los aumentos salariales que reflejarían los beneficios de las tasas de crecimiento más altas de la región; pero las respuestas evitan debatir las causas y, menos aún, reflexionar sobre las consecuencias.

En la serie de Ensayos para el debate que Inaset publica en Brújula Digital, mostramos que pese al alto crecimiento de los últimos 12 años y de los excepcionales ingresos percibidos, Bolivia sigue entre las cuatro economías más pobres de América Latina. Incluso si su crecimiento fuera sostenible, le tomará generaciones converger al nivel de las economías vecinas. Pero el crecimiento registrado es insostenible porque sus fundamentos son muy débiles: el PIB aumenta más por la recaudación de impuestos que por la creación de valor agregado; aumenta la inversión, pero baja el consumo de los hogares y aumenta la participación de las importaciones en el consumo interno; y la productividad se concentra en pocas regiones y actividades: el crecimiento de 4,22% en 2018 se explica casi totalmente por el de un sólo subsector industrial (productos químicos para la gasolina con alcohol) y dos no productivos: la administración pública, y los servicios financieros.

Como resultado, hoy al menos 65% de quienes se incorporan al mercado laboral lo hacen forzados a hacerlo en actividades por cuenta propia, informales y de baja productividad, y un 15% adicional está subempleado. En suma, los datos muestran una realidad de “crecimiento empobrecedor” que afecta a la gran mayoría de las personas porque el crecimiento del PIB no cumple la condición básica de sostenibilidad: reflejar una creciente capacidad productiva (mayor producción, empleo, remuneraciones y consumo).

Corregir este crecimiento es un desafío que compromete a todos quienes pueden aportar técnicamente para identificar las soluciones correctas; que las soluciones se apliquen o no, depende de la ciudadanía que, aunque no necesariamente tiene opiniones técnicas, otorga legalidad a los gobernantes. Pero, en última instancia, los gobernantes aportan al desarrollo sólo si son capaces de superar las cegueras políticas, ideológicas, teóricas y de conveniencia, a las que “las y los políticos criollos” recurren para distorsionar la realidad e ignorar las soluciones pertinentes a fin de promover sus intereses personales o corporativos, disfrazados siempre como ideologías convenientes.

Por lo tanto, nuestro secular estancamiento mientras otras sociedades están logrando superar las realidades de pobreza y desigualdad, sugiere que históricamente sufrimos de un caso de “incompetencia política” más que de incapacidad económica.

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