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¿Por qué los biocombustibles y la biotecnología contaminan menos?

Según expertos, los agroquímicos, utilizados en la producción de alimentos, permanecen en la tierra; el glifosato, herbicida etiqueta verde, es biodegradable.
domingo, 05 de mayo de 2019 · 00:00

Gary Antonio Rodríguez  

Bolivia ingresó a la Era de los Biocombustibles (2018) y a la Era de la Biotecnología (2019) apuntando a bajar la importación de combustibles fósiles contaminantes -diésel y gasolina- y producir al mismo tiempo más alimentos gracias a las dos campañas agrícolas que hay en Santa Cruz con soya en verano, y trigo, girasol, maíz, sorgo, chía y otros en invierno. Por tanto, mientras más soya se produzca para biodiésel, más alimentos también.

Pero, como no faltan los discordes, salieron otra vez en contra del glifosato y el agronegocio (como si no comieran de ello). Entonces recurrí a Guillermo Rocco, ingeniero agrónomo y  agroproductor que apuesta por la biotecnología y la agricultura de precisión y cuyos resultados hacen palidecer la “soya responsable” que cierto activismo comercial promovió pero que endeudó a muchos por sus malos resultados. Al que quiera comprobarlo, puedo mandarle una filmación del presidente de la Cámara Agropecuaria de Pequeños Productores, Isidoro Barrientos, reclamando esto. Rocco explicó que dejar la siembra directa (con glifosato) y volver a la siembra convencional (arando el suelo) sería pasar de un sistema sustentable y renovable a uno insostenible, puesto que científicamente está comprobado que con siembra directa el coeficiente de mineralización del suelo baja del 6% al 3%, mientras que  volver al sistema antiguo implicaría emitir cada año 6.000.000 de toneladas de dióxido de carbono (CO2) a una razón de 5,5 por hectárea. El rastrojo que dejan en la superficie los cultivos bajo siembra directa (residuos de cosecha) es transformado en materia orgánica por los microorganismos del suelo compensando la mineralización del 3% referida;  de ahí la importancia de usar úrea en los cultivos de invierno para tener más follaje, cosa que no se puede dar cuando se ara la tierra, por lo que el suelo se degrada más. Plantear siembra orgánica  no es realista -el  presidente Morales lo dijo- además que lo “orgánico” es caro y el oponerse a las semillas genéticamente mejoradas obligaría al uso elevado  de plaguicidas.

De prohibirse el glifosato habría que pasar a la siembra convencional y utilizar agroquímicos que se dejaron de usar gracias al glifosato, herbicida de amplio espectro y etiqueta verde. La mayoría de esos agroquímicos están hechos a base de cloro para aumentar su residualidad, por eso no son biodegradables y permanecen en el suelo y en los seres vivos; si esos herbicidas entran a la cadena trófica no son eliminados y ¡eso sí que afecta a la salud humana, animal y al medioambiente! El glifosato no tiene cloro y se degrada en el suelo;  al mezclarlo con agua que tiene partículas de tierra se degrada, no funciona y pierde su acción; de no ser así el suelo estaría lleno de glifosato. Los herbicidas a base de clorado no se biodegradan y como el plástico tardan en hacerlo.

Dejar el glifosato implicaría arar y rastrear varias veces para matar las hierbas, y volver a aplicar un cóctel de herbicidas a base de cloro y, además del costo ambiental explicado, duplicaría el uso de maquinaria agrícola para esas tareas. Cultivar la tierra con el sistema convencional haría subir el consumo de diésel en 30 litros por hectárea.  Santa Cruz siembra 2,3 millones de hectáreas/año;  la demanda aumentaría 70 millones de litros/año para la misma área sembrada hoy: más subvención, más gasto, más contaminación…

 

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