Opinión

La corrupción como deporte latinoamericano

domingo, 16 de junio de 2019 · 00:00

La Criba / Javier Aliaga

El presidente Evo Morales volvió a afirmar que Bolivia ya no es la campeona mundial de la corrupción, aunque siguen estallando escándalos que muestran a los corruptos del país dando lo mejor de sí mismos para no decepcionar en una hipotética disputa regional de esa decadente especialidad.

Jugando con ironías futbolísticas, Bolivia no parece estar para llevarse un título planetario en corrupción, pero cuando le toca decir presente siempre trata de dar la talla y de cumplir un “indecoroso” papel a nivel latinoamericano.

Estos días, en el lodazal de nuestra liga local de la corrupción destacan con goles olímpicos los jefes policiales vinculados al narco Pedro Montenegro, funcionarios de la Autoridad de Fiscalización y Control de Bosques y Tierra (ABT) que vendían autorizaciones para desmontar tierras, y empleados y militares haciendo negociados en la Unidad Ejecutora de Lucha Integral Contra el Narcotráfico (Uelicn). Los caraduras que juegan en el equipo de la corrupción no sólo ponen en peligro su futuro y el de sus familias, sino que causan un profundo daño a la gente sencilla perjudicada por sus fechorías, golpean a las instituciones y a la política, provocando un rechazo y un desánimo colectivo, peor si el delito se hermana con la impunidad.

Sabemos que la corrupción no es algo propio del actual Gobierno y que también hubo casos escandalosos en el pasado, aunque los más de 13 años continuos de Morales en el poder y la anulación de la separación de poderes agravan más las sospechas sobre su periodo ya que las fiscalizaciones o investigaciones no son independientes.

Morales también volvió a anunciar “cero tolerancia” con ese delito y la prensa hace denuncias a diario, pero resulta difícil abandonar el pesimismo respecto de los resultados de la lucha contra ese mal, aunque esa sensación también es propia de Latinoamérica, donde muchísimos casos parecen mostrar a la corrupción como un deporte.

Todo esto va a propósito del libro Perdimos. ¿Quién gana la Copa América de la Corrupción?, que es una antología recomendable de una veintena de crónicas sobre las corruptelas en Latinoamérica escritas por periodistas de varios países y dirigidos por los argentinos Martín Caparrós y Diego Fonseca.

Fonseca dice en la introducción del libro que “un campeonato sobre corruptos en América Latina” es muy competitivo porque el “liderazgo cambia todas las semanas” y que el campeón de la corrupción hoy puede no ser parte de la historia de mañana.

El cronista argentino también pone en evidencia lo emblemático del caso Odebrechet por su brutalidad corrompedora hasta alcanzar a tantos jefes de Estado de Latinoamérica que representaban tanto a la política tradicional como a la nueva que se proclamaba como revolucionaria, pero que también terminó embarrada.

Las corruptelas del exvicepresidente argentino Amado Boudou, de una legisladora chilena financiada por una corporación pesquera y delatada por un amante, el drama en Bolivia del judío Jacobo Ostreicher, salvado por Sean Penn, y la mitomanía de expresidente peruano Alejandro Toledo, son algunas crónicas que pueden enseñarnos más sobre la corrupción que cualquier juez o expediente jurídico.

La corrupción es el primer o el segundo tema en la preocupación de la gente en Colombia (20%), Perú (19 %), Brasil (16 %), México (14%), Paraguay (13%), República Dominicana (12%) y Bolivia (10%), según el Latinobarómetro, de fines del 2018.

Con la crisis política vivida en Perú ha quedado en claro el terremoto que puede causar la corrupción, aunque siempre dependerá de que los medios de comunicación pongan el tema en sus agendas de investigación por el bien de la democracia.

 

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