La muletilla del neoliberalismo

domingo, 18 de agosto de 2019 · 00:01

Conforme aumenta la intensidad de la campaña electoral, desde el oficialismo aumenta la frecuencia en el uso de “neoliberal” y “neoliberalismo” como adjetivos “descalificadores” de toda persona con opinión contraria o crítica a las políticas oficiales.

El neoliberalismo se asocia conceptualmente al Consenso de Washington (CW), que es un listado de 10 lineamientos de políticas en lo comercial, monetario, financiero, productivo y fiscal. Pero el CW no podría ser la definición de neoliberalismo en el actual proceso boliviano, a menos que aceptemos que la Constitución Política del Estado  es neoliberal: con excepción de la privatización de empresas, todo el decálogo del CW está en la CPE.

Tampoco es “anti-neoliberalismo” la propiedad de los recursos naturales: primero, para los grandes capitalistas, el negocio no es “tener” recursos naturales sino controlar los mercados; y, segundo, muchas economías neoliberales controlan sus recursos. Igual con la participación del Estado en la economía: sobran ejemplos de Estados capitalistas con poderosas empresas públicas y con enormes intervenciones en los mercados. Por último, los programas de transferencias asistenciales (bonos)  son distintivos del “estado de bienestar” en economías centrales desde la Gran Depresión; paradójicamente, en el resto del mundo y en América Latina, en particular, muchos de estos programas han sido impulsados por el Banco Mundial (por cierto, no es “anti-neoliberal”) como parte de las “estructuras de goteo” diseñadas para dar aire y estabilidad social precisamente a los modelos económicos neoliberales.

En resumen, estas políticas -comúnmente asociadas al neoliberalismo- ni lo definen ni lo caracterizan. Centrar el debate en estas políticas oculta los verdaderos principios doctrinales del neoliberalismo: a) la distribución del ingreso con superioridad del capital sobre el trabajo; y b) que la oferta en el mercado determina los niveles de empleo y de los salarios.

En términos simples, el primer principio significa que, en la visión neoliberal, los aportes del trabajo y del capital a la creación del ingreso, deben ser remunerados según su valor relativo en el mercado; pero como “el capital es el factor escaso y el trabajo el factor abundante”, el capital debe ser mejor remunerado que el trabajo; por ello, en las economías de menor desarrollo relativo se fomenta el extractivismo rentista, y en las avanzadas la financiarización; en general, privilegian el control de la inflación para preservar el valor de activos financieros.

Por el segundo principio, la oferta (gracias a la inversión) determina la dinámica económica; el mercado asegura la demanda “ajustando” los precios, incluidos los salarios; es decir, a mayor oferta bajan los precios, de manera que para permanecer en el mercado, es “legítimo” que las empresas reduzcan el empleo o los salarios.

Se acepta que existe una tasa natural de desempleo, lo que justifica políticamente el desempleo y debilita la posición de los sindicatos y trabajadores; apoya el uso de tecnologías intensivas en capital, impulsando tasas de interés reales más altas, que benefician al sector financiero y a los dueños del capital.

Siguiendo estos principios, en Bolivia  se han acentuado el extractivismo y la financiarización; controlar la inflación es la prioridad de las políticas macroeconómicas; el auto-empleo y la precarización del empleo aumentan; y la participación de los asalariados en la distribución del PIB fue del 34% en 1990, subió al 36% en el año 2000 y cayó al 28% en 2014.

En consecuencia, parece que, para ser consecuentes con el discurso antineoliberal, quienes usen el término simplemente para descalificar personas y sus opiniones, deberán mostrar primero que el actual modelo no califica como “doctrinalmente neoliberal”.

Confidencial

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