Flavio Machicado

Farsa y circo

domingo, 04 de agosto de 2019 · 00:02

Pese a encontrarnos en plena campaña de una contienda electoral mal fraguada, el ambiente político es insípido. El más básico ejercicio democrático, un animado debate de ideas, ha sido secuestrado por el mismo espíritu autoritario que reina hace más de una década en el país. 

En Estados Unidos  faltan 16 meses para su elección presidencial. No obstante, son 20 los candidatos de la oposición a Donald Trump que participan de debates para pugnar el liderazgo unido del partido Demócrata. 

La oposición estadounidense está lejos de estar unida. El nuevo liderazgo generacional de Alexandria Ocasio Cortez y la vieja guardia progresista de Bernie  Sanders y Elizabeth  Warren no podrían estar más distanciada del centro político representado por el compañero de fórmula de Barack Obama. Pero de esos debates saldrá un solo ganador.

En Bolivia, en contraste, faltan tres meses para las elecciones presidenciales y recién esta semana tuvimos un debate sobre si habrá o no un debate, esta vez entre los dos candidatos presidenciales con más intención de votos en la oposición. 

Lo ideal sería un debate entre todos los candidatos de la oposición. ¿Pero será que en el país de la improvisación tendríamos la capacidad logística y espíritu democrático para ejecutar siquiera un solo debate? 

Para empezar, tomaría seguramente semanas para que los candidatos “chicos” como Félix Patzi, del Movimiento Tercer Sistema (MTS), y Virginio Lema, de Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR), impongan sus demandas. 

Luego otra semana para que un canal de televisión promueva el evento, mientras prepara la logística correspondiente. Al último minuto, algún candidato pondría algún pretexto para no participar y se victimizaría por el supuesto trato injusto. 

La propuesta de Óscar Ortiz, de Bolivia Dice No, de debatir lo más probable se quede en amagues. Y aunque al final tenga éxito en su propósito, igual tendríamos un drama electoral entre las tristes y fragmentadas candidaturas que hacen recuerdo al 3 de diciembre de 2017, cuando el pueblo salió a votar a ciegas por quienes supuestamente representan el Poder Judicial. 

La realidad es que, en el contexto en el cual predomina la demagogia ideológica, es indispensable que la población pueda aquilatar hasta qué punto los candidatos tienen la claridad necesaria respecto a sus propuestas, su convicción y argumentación relacionada con su viabilidad. 

Lo más probable, sin embargo, es que, con una oposición ofuscada por su propia falta de estrategia y postura ideológica clara, en octubre vamos a apostar en meros deseos e intenciones. 

Y si hay un debate, será para demostrar dotes de oratoria y capacidad de poner al otro a la defensiva, no para ayudar al pueblo a discernir. Por ende, en vez de debatir sobre cómo incentivar la inversión, la creación de empleo y un modelo económico inclusivo, que despierte a una sociedad civil postrada ante el todopoderoso Estado, seguiremos apostando al más básico caudillismo. 

El gobierno ha triunfado es su estrategia de dividir para conquistar. Dudo que a dos meses de las elecciones (cuando y si se lleva a cabo) un debate entre opositores despeje dudas o allane el camino hacia la unidad. 

La apuesta de Ortiz es probablemente un ardid para probar que él es el candidato más “macho”. Y si en un debate suele haber un ganador, sin un debate perdemos todos. 

Así que bienvenido el falso afán de Ortiz y ojalá una oposición sin visión nos regale por lo menos un poco de circo.

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