Análisis

Los gastos fiscales se deben dirigir a proyectos rentables

Indica que si se reduce el gasto, como recomienda el Cebec, caerá la cantidad de bienes y servicios que se transan en el país, lo que causará mayor caída del PIB.
domingo, 12 de enero de 2020 · 00:00

Alberto Bonadona Cossío

 La política económica en esta coyuntura debe ser objeto de reflexión, análisis y decisiones rápidas que, a la vez que prudentes, eviten alarmar a la población y no  generen falsas expectativas. Se tienen condiciones que todavía permiten remediar algunas ausencias en la política heredada del anterior Gobierno para esforzarse por mantener la necesaria estabilidad. 

También es recomendable evitar algunas estimaciones algo exageradas como la que hace el Centro Boliviano de Economía (Cebec) dependiente de la Cámara de Industria, Comercio, Servicios y Turismo de Santa Cruz (Cainco) en un reciente informe que habla de “descontrol” en el déficit fiscal y recomienda que se deben  realizar acciones para reducir el “peligroso” déficit que ellos calculan en 9% del PIB para 2019 (en mi criterio, sobreestimado).

La sabiduría popular toma el fácil ejemplo de que la economía nacional es equivalente a la de una familia. A veces puede ser útil tal comparación pero las diferencias, particularmente, en la política monetaria, la del gasto y la del presupuesto son abismalmente diferentes. Una familia no tiene la posibilidad de crear dinero;  en consecuencia, no tiene la posibilidad de obtener señoreaje, y su lógica no es la “lógica del tendero” en la que los gastos no deben ser superiores a los ingresos. El manejo macroeconómico no funciona así. El “Gasto del Gobierno” es un componente fundamental de la demanda agregada (tanto el gasto corriente, como el de capital) y, por lo tanto, del efecto multiplicador (otra relevante diferencia con la economía familiar) que genera impulsos adicionales a la economía en su conjunto. Si se reduce el gasto, como recomienda el Cebec, la demanda agregada caerá (la cantidad de bienes y servicios que se transan en el país) lo que significará un mayor hundimiento de la tasa de crecimiento del PIB y las respectivas consecuencias en el nivel de empleo formal.

Desde 2014, los ingresos por hidrocarburos han descendido. De precios que superaban los   100 dólares/barril descendieron a menos de 26 (febrero de 2016). En los últimos años los volúmenes también han descendido (Brasil y Argentina compran menos). Frente a esta situación, Bolivia tenía dos opciones: adecuar el gasto público a los niveles de ingreso o expandir el gasto para mantener la tasa de crecimiento. Afortunadamente, el país eligió el segundo camino y debe seguir eligiéndolo. A la vez que se impulsen las exportaciones, particularmente las agroindustriales, hay que generar incentivos para mejorar la agricultura de occidente para que también contribuya a incrementar las exportaciones en un mediano plazo. No obstante, no se puede prescindir del hecho de que Bolivia mantuvo un crecimiento superior al 4% desde 2014 en gran medida gracias a la orientación expansiva de la política fiscal.

El déficit fiscal no es la gran amenaza para la estabilidad mientras se tengan bajos niveles de inflación. ¿Significa esto que el déficit fiscal debe crecer indefinidamente? De ninguna manera, pero este no es el momento de terminar la tinta en su disminución. Se debe comprender que cortar el gasto no es el único camino (como recomienda el Cebec con connotaciones alarmistas). Corresponde aumentar los ingresos fiscales con un mayor crecimiento del  producto. Para ello es esencial orientar las inversiones públicas hacia sectores productivos que tengan altos rendimientos. Esto quiere decir que las revisiones de los proyectos mal ejecutados por el MAS deben cerrarse o enmendarlos con una búsqueda de aumentar la productividad de los mismos. El déficit fiscal se origina principalmente en el gasto en capital (inversión pública) y no así en el gasto corriente (sueldos y salarios públicos principalmente). Los gastos en capital han sido prioritarios desde antes de  que el MAS llegue al Gobierno. La gran preocupación debe ser que estos se dirijan a proyectos con réditos económicos y sociales acompañados de una incesante búsqueda de eficiencia en sus resultados. No se vaya a caer en la austeridad que recomienda el FMI, lo que no quiere decir que no se tenga la debida sobriedad y frugalidad al evitar los gastos discrecionales y de ostentación que caracterizaron al anterior Gobierno. 

Alberto Bonadona Cossío es economista.

 

 

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