¿Para qué y cómo atraer inversiones?

domingo, 16 de febrero de 2020 · 00:01

Analistas en el ámbito económico tienden a coincidir en que el próximo gobierno debe atraer inversiones privadas –nacionales y externas– como condición para retornar a las tasas altas de crecimiento. Con tal fin, reiteran la necesidad de generar las condiciones básicas de seguridad jurídica que garanticen el respeto a las inversiones y un atractivo retorno a los inversionistas.

La atracción de inversiones ha sido tradicionalmente una de las metas y el denominador común de una amplia mayoría de las propuestas de gobierno en los últimos 70 años. Pero a la luz de los (pobres) resultados en términos de desarrollo con inclusión social y equidad, corresponde hacer “obvias” preguntas de fondo: ¿para qué y cómo atraer inversiones?

Por una multiplicidad de razones –que no podemos detallar por las limitaciones de espacio en esta columna, es razonable afirmar que, a corto y mediano plazo, la inversión extranjera difícilmente se orientará a actividades fuera del sector extractivo primario (hidrocarburos, minerales y agricultura extensiva), que se caracteriza por ser poco generador de empleo y por no tener impactos relevantes en la estructura de oferta y demanda internas.

Por ello, si se toma al empleo ?en cantidad y calidad, y a la remuneración al trabajo como los indicadores base de un crecimiento sustentando en la productividad laboral como medio para superar la pobreza, estamos “obligados” a recurrir a la inversión privada nacional. En números redondos, la población económicamente activa aumenta anualmente en unas 200 mil personas de las que, actualmente, solo unas 60 mil (30%) acceden a empleos con un ingreso laboral superior al costo real de la canasta familiar; ésta es la causa básica para la persistencia de la pobreza. Para crear un puesto de trabajo que tenga las condiciones de productividad que permitan remunerar el trabajo por encima de la línea de pobreza, en una primera aproximación se requieren inversiones superiores a los 10 mil dólares americanos. Para fines ilustrativos, asumamos 20 mil dólares de inversión por puesto de trabajo. Crear los 200 mil empleos anuales que la sociedad requiere, demandaría inversiones del orden de cuatro mil millones de dólares. Como las captaciones del sistema de intermediación financiera superan los 25 mil millones de dólares, en principio los bolivianos tenemos los recursos para sostener una economía de pleno empleo (digno) para 6 a 10 años.

En consecuencia, el desafío no es “atraer” inversión privada, sino re-canalizar la existente de los usos rentistas y especulativos (básicamente comercio, construcción inmobiliaria y servicios no generadores de valor, que hoy concentran más del 60% de la cartera y están, en buena medida, hábilmente mimetizados dentro del “crédito empresarial productivo”) hacia actividades de mayor productividad, y generadoras de valor y empleo. Para esa reorientación, el liderazgo político debe estar comprometido con el desarrollo más allá del discurso. El desarrollo es un proceso social complejo y, como tal, es una laboriosa construcción participativa y secuencial, que necesita el liderazgo de un equipo conductor que entienda sus complejidades y sea capaz de mantener el curso correcto a pesar de las vicisitudes que afecten la magnitud, la calidad y la pertinencia del crecimiento en cuadro grandes ámbitos: mercados, productividad, competitividad (institucionalidad), y la visión social del desarrollo (cultura productiva).

Las acciones específicas para construir el nuevo paradigma, deben ajustarse continuamente a las realidades concretas que, en cada momento, configuran las interrelaciones entre los cuatros ámbitos; por ello, para el correcto diagnóstico de la cambiante realidad, es determinante la claridad del objetivo de desarrollo, aspectos que abordamos en próximas entregas.