La cultura del malestar

domingo, 15 de marzo de 2020 · 00:01

Estamos molestos contra nuestros políticos. Contra la corrupción. Contra la imposibilidad de ahorrar. Estamos frustrados porque nuestros niveles de certidumbre son cada vez más bajos. Estamos cada vez más indignados. Más crispados con todo y con todos. Estamos inmersos en una cultura del malestar.

Los jóvenes nadan en un futuro incierto y la economía parece, cada vez con más desparpajo, decirles: adáptense a lo que hay. No tienen ninguna otra alternativa. Los niveles de precariedad están a la vuelta de la esquina, sin que podamos hacer algo, al parecer, para evitar doblar a esa calle de la desgracia.

Y es acá donde la reflexión de uno de los psicoanalistas más prestigiosos en este momento, Eric Laurent, nos enrostra que la digitalización de la economía global produce una especie de “uberización”, que, en su pensamiento, se traduce en el hecho de que cada persona es una especie de peón de una maquinaria vertiginosa, que asigna tareas efímeras, haciendo que cada individuo pierda su capacidad de sentirse útil y necesario.

Esa “uberización” de la que habla Laurent, además, ubica a los emprendedores en este contexto de neoeconomía, no sólo en una situación de soledad y aislamiento, sino además, los limita en su capacidad de construir redes y apalancamientos para crecer orgánicamente, todo por culpa de esa instantaneidad. 

Por la imposibilidad de “permanecer”, frente al cambio constante.

No hay un reconocimiento social ni organizacional. La necesidad de encontrarse para tener lazos de solidaridad parece haber desaparecido. Se está perdiendo aquella posibilidad, a juicio de Laurent, de ser “nombrado”, reconocido en una asignación social y con una identidad. Zygmunt Baumann denominó esta situación como la sociedad líquida, en la que  nada es posible de retener entre las manos. “La sociedad gaseosa”, la calificó.

Pero además, para desordenar el mantel de la mesa, esto es más notorio cuando el sociólogo del trabajo David Graeber define como bullshitjobs (trabajos despreciables), los trabajos que realizan muchas personas, casi una gran mayoría, y que no significan nada para ellos.

Rescatemos otros datos tan críticos como los presentados por ONU Mujeres. Su reciente estudio sostiene que en Bolivia, siete de cada 10 mujeres, económicamente activas, generan ingresos en el mercado informal en condiciones precarias.

Solamente el 8% de las mujeres empleadas poseen un empleo de calidad y el 84% de las empresas pequeñas son dirigidas por mujeres con menos de cinco empleados. Si bien, rompen los círculos de pobreza y generan círculos de ahorro e independencia económica, las amenazas de quiebra son diarias. 

En el sector privado, por ejemplo, las mujeres reciben un 30% menos de remuneración, en comparación con sus pares masculinos. 

Entonces, cuando Laurent nos advierte de la pesadumbre social es porque realmente estamos inmersos en una actitud negativa, de disgusto, de frustración colectiva y nos enfrenta a una triste verdad: vivimos en una cultura del malestar.

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