Tecnología

La urgencia de avanzar hacia una economía sostenible

Advierte que la inacción no es una opción a menos que nos adaptemos a los cambios de corto plazo y prepararnos para los de largo plazo. El tiempo está en contra.
domingo, 8 de marzo de 2020 · 00:00

Andrea Salinas

El mundo está avanzando hacia periodos y puntos críticos para la economía, la sociedad y el planeta, mientras nosotros estamos distraídos con la coyuntura política. Recordemos, en 2020 nos hemos planteado alcanzar varias metas ambiciosas: 

Si bien los Objetivos de Desarrollo Sostenible tienen un horizonte a 2030, 21 de sus metas vencen este año; entre ellas, reducir a la mitad el número de muertes por accidentes de tráfico, implementar el manejo sostenible de los bosques y proveer acceso universal a las tecnologías de la información y comunicación.

Los objetivos de la Convención de Diversidad Biológica, relacionados a frenar la pérdida de biodiversidad, salvaguardar los ecosistemas e incrementar los beneficios que nos provee la diversidad genética, también vencen este año. A través del “Acuerdo de París”, Bolivia y otros países se comprometieron a mantener el aumento de la temperatura mundial en este siglo a un máximo de dos grados centígrados por encima de los niveles preindustriales, estableciendo además canales tecnológicos, financieros y de cooperación con este fin.

No hace falta explicar que estamos lejos de cumplir estas metas. Es más, al ritmo que descargamos gases de efecto invernadero (GEI) a la atmósfera, la temperatura global habrá aumentado a 3°C al final de este siglo. Aunque no parezca mucho, cada grado centígrado adicional de temperatura tiene un fuerte impacto en la dinámica del planeta, influyendo principalmente en las masas de aire y agua, y por ende en el régimen de lluvias, en la distribución de la flora y fauna, y de las tierras fértiles. 

Los compromisos de reducción de emisiones de GEI hechos por los gobiernos hasta ahora sólo alcanzan a un tercio de la reducción necesaria para cumplir la meta, según Naciones Unidas. Se necesita reducir las emisiones 7,6% cada año a partir de ahora,  ya que el planeta aguantaría sólo hasta 2028 antes de que se manifiesten impactos muy graves para la humanidad. El sector privado juega un rol clave en esta carrera contra el tiempo y lo sabe. Cada año, el Foro Económico Mundial realiza una encuesta multi-actor para identificar los principales riesgos a la economía (por grado de probabilidad y de impacto). Por primera vez, cinco de los 10 principales riesgos son ambientales: i) eventos climáticos extremos, ii) fracaso de las acciones contra el cambio climático, iii) desastres naturales, iv) pérdida de la biodiversidad, y v) “desastres ambientales causados por el hombre”. Otros riesgos relacionados en el top 10 son las crisis del agua y de los alimentos y la inestabilidad social, dejando poco espacio para temas como los ataques cibernéticos, las enfermedades infecciosas y las armas de destrucción masiva. El ranking se justifica si consideramos que el monto global de pérdidas por desastres naturales alcanzó   165 mil millones de dólares en 2018 y 50% de este valor no estaba asegurado…

En resumen, la inacción no es una opción. A menos que podamos adaptarnos a los cambios de corto plazo y prepararnos para los de largo plazo, el tiempo corre en nuestra contra. Debemos empezar la Transición hacia una economía sostenible cuanto antes. Es cierto que en un país altamente dependiente de los recursos naturales y con grandes problemas de desigualdad, las medidas sistémicas son fundamentales, las políticas deberían ser diseñadas con una visión integral y los temas expuestos acá deberían estar en los planes de gobierno de los candidatos. Pero también es cierto que las políticas tradicionales no son suficientes pues se desarrollan lentamente y existe el riesgo de que, viéndose abrumados por los impactos del cambio climático, los gobernantes recurran a medidas draconianas para salvar la situación a merced del sector productivo. La Transición necesita ideas nuevas: innovación tecnológica, mecanismos de financiamiento innovadores, planes de investigación innovadores, redes de actores sociales que promuevan la adaptación y mucho más. Bolivia tiene un potencial subutilizado, lo cual convierte al cambio climático de un drama a una gran oportunidad para reinventar nuestros modelos de producción, de negocio y de consumo.

Consideremos el sistema alimentario,  por ejemplo, con innovaciones en la cadena de valor que permitan a los consumidores optar por productos sostenibles y mejorando la reputación de las marcas. Un producto nacional sin envase de plástico no solamente ahorra gran cantidad de emisiones GEI por transporte, manufactura y desecho, sino que es auténticamente competitivo frente a productos que ocultan su huella de carbono tras campañas de marketing. Igualmente, el sector transporte puede ser una buena incubadora de innovaciones, en la cual se prueben nuevos esquemas de movilidad; el sector comercial puede atreverse a innovar en su suministro de energía dado el precio reducido de la energía solar, etc. Si esto parece arriesgado, consideremos replantear los esquemas de responsabilidad social empresarial: un día de campaña de reforestación no tiene el impacto necesario para afrontar la crisis climática . Un cambio de productos impresos en papel a productos digitales (por ejemplo) tiene mucho más impacto. La coyuntura no debería reducir nuestra atención a los grandes desafíos que enfrentamos ni cerrarnos puertas a las oportunidades abiertas por la emergencia climática. Como decimos en FuturaLab, el futuro se hace presente, y la innovación es parte de la solución. 

Andrea Salinas es coordinadora ejecutiva, Liga de Defensa del Medio Ambiente y colaboradora deFuturaLabwww.futuralab.net. 
 

 

 

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