Ensayo

Al encuentro de mi escritura ante la crisis y pandemia (I)

La autora reflexiona críticamente sobre la práctica de la escritura que realizó sobre un acontecimiento complejo, para avanzar en su proyecto frente a las vicisitudes de los conflictos.

Letra Siete
Por 
La Paz - domingo, 26 de junio de 2022 - 5:00

Pertenezco a la generación universitaria que vivió la crisis política del 2003. Muy jovencita todavía, cumplí el ritual de las marchas en la Universidad Mayor de San Andrés (UMSA). Aunque mi participación fue silenciosa, aún perviven en mí los recuerdos de ese acontecimiento en nuestro país, que marcó un hito histórico.

En el presente, ya una mujer adulta, aconteció otra crisis política en el 2019, entrecruzada con la pandemia del coronavirus (covid-19). En esta oportunidad participé con voz propia a través de publicaciones. Sin embargo, tengo la necesidad de reflexionar críticamente sobre la práctica de la escritura que realicé hace ya dos años sobre un acontecimiento complejo para poder avanzar en mi proyecto individual frente a las vicisitudes de este territorio.

Parto de la afirmación de que la escritura emotiva no anula el pensamiento racional ante una situación límite. Defenderé mi tesis con los siguientes argumentos: en el primero, señalo que el recuerdo y la emoción son los factores que impulsan el desarrollo del pensamiento. En el segundo, sostengo que el dolor incita a la apertura del conocimiento más preciso. Por último, en el tercer argumento afirmo que la ira actúa como péndulo entre el enojo y la frustración provocando una metacognición. Utilizaré la siguiente estrategia para mi argumentación: la introspección subjetiva.

En primer lugar, el recuerdo y la emoción son factores que impulsan el desarrollo del pensamiento. Me explico: preservo en mi memoria la primera vez que salí a una manifestación. Estábamos en clases y fuimos llevados por mi docente a la marcha, bajo control de asistencia, en cumplimiento de la disposición de la dirección de carrera, que a la vez obedecía a la convocatoria de la Central Obrera Boliviana. Al llegar al lugar de la concentración, observé las pancartas de la UMSA, liderada por el Sindicato de Trabajadores (STUMSA), luego por la Federación Sindical de Docentes Universitarios (FEDSIDUMSA), finalmente las pancartas de las distintas carreras, hasta que encontramos la nuestra y me puse entre las últimas filas.

Al desplazarse la protesta por la ciudad, la cantidad de universitarios se fue reduciendo, en medio de los gases lacrimógenos. Entre la dispersión con correteos de arriba hacia abajo y la rearticulación de las distintas Facultades de la UMSA y la Universidad Pública de EL Alto (UPEA), terminé en primera fila, sosteniendo una esquina de la pancarta de tela de mi carrera junto a otro estudiante. Los dos nos miramos, vimos hacia atrás y de nuestros compañeros no quedaba casi nadie.

Un ejemplo que ilustra esta afirmación es que aún persisten en mi remembranza las miradas de los mineros apostados en la esquina de la calle Potosí, próximos a la plaza Murillo. Todos los manifestantes pasábamos para bajar nuevamente hacia la calle Mercado, pero ellos se quedaban ahí, acordonándonos porque nos cedían el paso. Llevaban la muerte en los ojos vidriosos.

Mucho más impactante que los versos de Alcira Cardona en Carcajada de estaño, los que yo declamaba en colegio incentivada en casa por la línea guevarista de mi padre. Él decía: “Bolivia le debe todo a los mineros, sin ellos no somos nadie, son ellos los que sostienen a todo este país de parásitos burócratas”.

Ahora yo estaba ahí, no frente al idílico discurso, sino junto a hombres de carne y hueso con guardatojos, botas y dinamita en mano. Taciturnos y con la bola de coca en sus mejillas, con labios morados y con la piel casi sin vida, pálidos e imponentes. Sentí el verdadero aroma a copajira, el olor a muerte porque estaban dispuestos a la autoinmolación.

Aún recuerdo que nos mimetizamos en las viejas paredes de la bajada hacia El Prado porque vimos a francotiradores apostados en los techos de los edificios, quienes apuntaban a los que bajaban por la plaza San Francisco. Observé que los disparos se dirigían a los que encabezaban las marchas. Todavía tengo confundidos los recuerdos de individuos con mandiles blancos que cayeron heridos por la calle Honda entre la calle Potosí y la avenida Mariscal Santa Cruz.

Fueron los episodios de convulsión social del 12 y 13 de febrero, una antesala de lo que vendría después. A este acontecimiento en nuestra historia se lo denominó el “impuestazo”, porque en La Paz la ola de protestas tuvo como saldo 31 muertos, entre civiles, enfermeras y uniformados, además de 268 heridos. Febrero negro fue la compuerta de la caída de Gonzalo Sánchez de Lozada en octubre de 2003.

Como se puede apreciar en el ejemplo descrito, la imponente y trágica figura del minero, así como las manifestaciones, las marchas violentas, el caos en las calles, el desorden, los heridos y la muerte, generarán en mi retina el recuerdo que me impulsará desde entonces a preocuparme por la violencia social en nuestro país. El desarrollo de mi pensamiento me ha llevado a indagar por las diferentes corrientes que se me aparecieron en el transcurso de mis estudios. Recuerdo que entre mis clases y las diferentes marchas me llegaban afiches o leía en los paneles de mi carrera o el Monoblock la existencia de diferentes facciones políticas y colectivos.

Entre estos grupos aún recuerdo al Partido Obrero Revolucionario (POR) con sus diferentes detractores, como la Liga Obrera por la Reconstrucción de la Cuarta Internacional (LORCI), la Oposición Trozkista (OT), etcétera, todos ellos trotskistas. Aunque nunca fui militante, por curiosa, asistía a los cursos de formación que impartía Guillermo Lora en la Casa Social del Maestro. También me llegó una invitación de la OT, seguidores de Bachelet y enemigos de Lora. Por supuesto que fui. Todos querían reconstruir la Cuarta Internacional.

Asimismo, conocí a diferentes colectivos anarquistas, a María Galindo, en el antiguo Café Carcajada, cuando Julieta Paredes era su compañera. Aún recuerdo a los compañeros del ala izquierda del Movimiento Revolucionario Tupac Amaru (MRTA), que me hacían formar y cantar un himno con el puño izquierdo levantado antes de empezar el curso de formación, pese a que yo tampoco era militante. También pasé clases con los maoístas de Chispa U.

Algunas veces fui a la UPEA a los cursos de formación que impartía una célula indianista. No menciono el guevarismo y el ateísmo porque esas ideologías las tenía naturalizadas por el autoritarismo paterno desde mis tres años, cuando aprendí a leer y escribir. Estos recuerdos no me adscriben a ninguna corriente, simplemente son el impulso que todavía me lleva por el sendero del pensamiento sobre mí misma y del mundo que me rodea. Aunque el camino del aprendizaje es interminable, el conocimiento permite el movimiento del límite, entre lo cognoscible e incognoscible.

En segundo lugar, el dolor incita a la apertura gnoseológica. El proceso electoral de 2019 trajo consigo sorpresas que afectaron parcialmente mi vida. Nuevamente observé la violencia social, pero esta vez en mi barrio, en Villa San Antonio. Mis vecinos, mediante bloqueos, marchas y demás protestas, expresaron su repudio contra un posible fraude electoral. Ante los acontecimientos políticos, viví nuevamente, en carne propia, el ascenso violento del caos y el desorden. Perviven en mi mente los chicotazos de los choferes en contra de las mujeres de mi zona, quienes fueron arrastradas por los cabellos y a golpes para que despejaran la avenida, en la rotonda a una cuadra del Cruce.

Se convirtió en una situación límite por la inseguridad personal de cada uno de los miembros de mi zona. Había luchas campales de todos contra todos. Las vendedoras de frutas y las salchipaperas de mi barrio empezaron a manifestar palabras de odio en contra de los compradores mientras los atendían.

Entre el ruido de las manifestaciones, las filas para conseguir algunos alimentos y la congoja por no tener noticias de parientes y amigos, así fue que inicié mis notas sistemáticas reflexionando sobre la suerte de mi ciudad, de mi familia y de mis antiguos compañeros de estudio. La descomposición social también enfrentó a los miembros de mi familia dentro de casa, porque empezó la disidencia en contra de la línea guevarista que mi padre profesa hasta el día de hoy fanáticamente.

La afirmación expresada en este segundo argumento puede ser comprendida también en este sentido: el dolor, la preocupación, el sufrimiento, el desencanto y la desilusión conforman los mejores caminos al conocimiento genuino, justamente en el terreno deleznable donde confluyen la reflexión política y la acción política.

Escribí en 2019 que en filosofía el vuelo de Minerva significa mirar hacia atrás para comprender. Es decir que primero están los acontecimientos, los hechos, la avasallante realidad y después la filosofía alza el vuelo para explicar racionalmente lo acontecido. Como diría mi mentor, H. C. F. Mansilla, citando a Hannah Arendt: “Yo solo quiero comprender”. A lo único que se debe obedecer es al impulso de comprender.

Los hechos que se presentan en la realidad boliviana nos obligan a reflexionar para intentar explicar racionalmente el acontecimiento. Anteladamente es bueno aclarar que es un intento de explicación sin apropiarse de la verdad, pese a la intención de comprender la totalidad. Pero toda comprensión es incompleta porque hacemos un recorte de la realidad para retroceder en el tiempo y poder reflexivamente ejercitar una mirada crítica con un sentido de construcción como sujetos históricos y como bolivianos, determinados no solo por el espacio físico, sino también por nuestra autoconciencia para continuar el camino del ser boliviano... si es que existiera ese camino, el sentido de nuestra existencia y nuestra construcción rumbo al Bicentenario.

Como se aprecia en las palabras anteriores, el dolor me incitó a una apertura cognoscitiva general del mundo que me rodea, expresada en la escritura. Me hizo consciente de los problemas que implica el conocer. La experiencia de la conciencia que ocurrió en mi vida me lleva a apoyarme en Eric Voegelin, quien dice: “La base principal del trabajo del filósofo político es seguir estando abierta a la verdad del orden, y transmitirlo a otros”.

Este pensador ha reflexionado sobre la violencia política e investigado sobre las representaciones del orden desde la Lista Real Sumeria a G. W. F. Hegel. Su teoría de la consciencia es la base de su filosofía y noción de orden social y político. La forma en que el sujeto experimenta la existencia es lo fundamental. El ser humano comparte su existencia con los demás en su sociedad y el resto del universo junto con la presencia divina. Si los otros, a quien se ha comunicado una convicción, experimentan esta cercanía a la verdad, será el núcleo de la organización de un orden social.

“El dolor incita a la apertura gnoseológica. El proceso electoral de 2019 trajo consigo sorpresas que afectaron parcialmente mi vida”.
“El dolor incita a la apertura gnoseológica. El proceso electoral de 2019 trajo consigo sorpresas que afectaron parcialmente mi vida”.

Erika J. Rivera / Abogada y filósofa

AVISO IMPORTANTE: Cualquier comunicación que tenga Página Siete con sus lectores será iniciada de un correo oficial de @paginasiete.bo; otro tipo de mensajes con distintos correos pueden ser fraudulentos.
En caso de recibir estos mensajes dudosos, se sugiere no hacer click en ningún enlace sin verificar su origen.
Para más información puede contactarnos

OTRAS NOTICIAS