Origen

Algunas manzanas

El autor recorre diversos significados y avatares de la manzana en la historia.

Letra Siete
Juan Cristóbal Mac Lean E.
Por 
Cochabamba - domingo, 20 de noviembre de 2022 - 5:00

La manzana con su cándido aspecto, su lustrosa y modesta redondez, resulta ser la fruta más “culta” del mundo, la más histórica. Sin saberlo, en cada bocado de una manzana natural se ingieren grandes retazos de cultura inmaterial.

La historia de la manzana es, en efecto, tan vieja como la del hombre: desde la manzana con que Eva habría tentado a Adán a las manzanas envenenadas que la bruja le ofrece a Blanca Nieves, desde la manzana de Newton a la manzana llena de arsénico con la que se envenenó Alan Turing. O desde la manzana mordida de las computadoras Apple a las manzanas ofrecidas en la frutería a la vuelta. No falta material para una buena compota.

¿Pero fue efectivamente una manzana la que se comieron Adán y Eva, antes de ser expulsados del Paraíso? No lo asegura el Génesis. En la traducción de Cipriano de Valera, sólo se trata de un fruto (Gen 3: 6).

La manzana fue encausada, en realidad, cuando San Jerónimo (patrón de los traductores) quiso traducir el término hebreo (peri), para la que sería la Vulgata, la versión de la Biblia en Latín que habría de usarse por siglos. Y es entonces que San Jerónimo cometió uno de los primeros juegos de palabra conocidos: tradujo peri por el latín malus, “que como adjetivo significa “malo” o “maligno”. Pero como sustantivo significa “manzana”, proveniente del manzano, el árbol llamado Malus pumila.” (Nina Martirys en Paradise Lost: How The Apple Became The Forbidden Fruit).

Y ahí comenzó la manzana su andadura y su reinserción en el Paraíso, para sembrar el desastre en el que hasta ahora vivimos. ¡Sin que sea su culpa! Todo se debió a un juego de palabras...

¿Y a él se debe el destino de la manzana, que aparece envenenada en una cesta que la bruja le ofrece Blanca Nieves? Se la ilustra de un rojo subido, apetitosa y plena. ¿Quedó para siempre la imagen de la manzana contaminada con la idea de una tentación pecaminosa, nada más que por culpa de una traducción y un juego de palabras? Porque a la hora de la verdad la manzana, de un natural adusto y redondamente contenido, tampoco es una fruta particularmente llamativa o tentadora. Una granada, o un higo, tratándose de eso, lo podían hacer mejor, recuérdense nada más las connotaciones sexuales de un higo abierto, observadas también por D.H. Lawrence y llevadas al cine (Mujeres apasionadas). No en vano Leonardo da Vinci, que también se dio cuenta de ello, puso una higuera como árbol del bien y el mal. Pero, ya con Cranach, el mismo árbol fue pintado como un manzano.

No olvidemos, al hacer este recuento, a esa manzana objetiva, con su propio peso y deslindada de toda genealogía moral, cargada con gravedad y el solo peso de una ecuación venidera (F = Gm1m2/r2); la manzana que provocó una iluminación matemática en el huerto de Newton, una tarde de 1666. Según cuentan, en este huerto (Newtons Orchrad, en Woolsthorpe Manor) aún se conserva el mismo árbol, viejo en unos 400 años y del que cayó esa manzana concreta que se llevó otro galardón de camino a la eternidad, provocando en la ciencia una revolución de tal magnitud que aún se sienten los efectos de su caída en el huerto.

La asociación entre manzana y veneno, finalmente, dejó pertenecer al mundo de los cuentos y pasó a la vida real al ser mordida, por Alan Turing, una manzana llena de cianuro. De cómo se le ocurrió, al gran lógico y matemático, de los que abrió el camino de la computación descifrando los códigos nazis (contado en otra película, Enigma), acabar sus días de esa manera, no quedó nada dicho. La manzana de Turing, luego, se habría pasado al logotipo de la manzana mordida de Apple, aunque no es seguro que sea la misma. Pero en ese logo quizá podemos descubrir, aún, otra manzana envenenada, envenenada esta vez, siquiera a medias, de algoritmos. fake news, teorías conspirativas, trolls... una nueva pantalla mágica y universal en que desplegar la estupidez humana.

Manzanas míticas y manzanas de cuentos, manzanas reales en un huerto o llenas de cianuro, manzanas pintadas por Cezanne o las manzanas podridas que Schiller tenía en su escritorio y lo inspiraban, o finalmente las manzanas en la frutería de la esquina, en el árbol del vecino.

En el origen de nuestra manzana, podríamos volver a repetir, está una traducción. Y decirlo complica enormemente las cosas, ya que revela el carácter fundamentalmente lingüístico por el que la manzana se constituyó en el fruto más letrado del mundo. (¡Y eso que de momento dejamos de lado su amplísimo camino en la poesía!) Y esto no es poca cosa, pues la manzana, a la hora de justificar su presencia en el paraíso original, dirá: en el principio fue la traducción. No la palabra, sino una traducción.

O mejor aún: en el principio fue un juego de palabras.

Alguien como Cabrera Infante, por supuesto, ya habría querido que se suplante tal aserto por el más conocido, según el cual en el principio fue el verbo, el logos (Juan 1:1-14).

Sumándose a estas discusiones, es muy posible que también Wittgenstein, blandiendo una manzana, se hubiera dejado llevar, afirmando finalmente: En el principio fue un juego de lenguaje.

Queda por preguntarse sobre el sabor de la manzana y los transitorios éxtasis (como en el amor) que provoca y que a veces parecen dotados un misterio: ¿cómo es posible que esas pulpas materiales, crecidas de una planta del todo ajena a mi propio ser, se lleven tan perfectamente bien con mi boca y sentido del gusto? La única respuesta que se me ocurre es decir que, después de todo, compartimos un mismo origen –que se halla en la aparición de la vida–. Somos del mismo barro. Entonces algo que ya había en mí, reconoce dichoso, de pronto, esa feliz combinación de elementos que se presenta bajo la forma de una manzana. “Aún tenemos algo de manzana”, dice Neruda en su hermosa Oda a la manzana, para explicarse lo mismo. También Rilke, en los Sonetos a Orfeo 13, 14 y 15, habla de manzanas, peras, plátanos, flores, naranjas. En un verso se pregunta por ese tornarse “inefable” de la manzana en la boca.

Y todavía nos quedaría hablar de la suerte de la manzana en la pintura. Las manzanas más famosas que hay, casi no es necesario decirlo, son las de Cezanne, aunque es frecuente verlas en las naturalezas muertas, ese particular género de la pintura.

Frente a una pintura grandilocuente, de temas espectaculares, bíblicos o históricos, de escenas imbuidas de majestad, siempre ha habido, en efecto, otra refugiada en los rincones, atenta a lo nimio, lejos de galas y poderes, brotando de una poética del rincón y que devuelve a las cosas, en palabras de Baudelaire, la “resplandeciente verdad de su armonía nativa”, esa que tan bien retrata Cezanne.

Lo único que queda, por último, es de una vez comerse la manzana...

“La asociación entre manzana y veneno, finalmente, dejó pertenecer al mundo de los cuentos y pasó a la vida real al ser mordida, por Alan Turing”.

Mensaje de Raúl Garáfulic, presidente de Página Siete

 

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Raúl Garáfulic Lehm
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