Contante y sonante

Como siempre

Él quedó desolado, des refrigerado, des licuado. Ella, para él, murió. Pero en realidad no. Ella, acompañada de una hija, la pasaba bien, cada cierto tiempo tenía relaciones nuevas...

Letra Siete
Por 
La Paz - domingo, 26 de junio de 2022 - 5:00

Ese día parecía que todo iba a transcurrir con normalidad. Entendiendo esta como que no iría a pasar nada fuera de lo común y lo común consistía en un desayuno modesto, café y un pan con algo como queso o alguna mermelada. Luego, la normalidad era al mismo tiempo una rutina.

Salir, esperar una movilidad, pelear para entrar al minibús con otras treinta y dos personas que también esperan, llegar al trabajo, hacer el marcado biométrico, limpiarse el moco, como todos los días, antes de subir las gradas, saludar a cada una de las personas acomodadas ya cada quien en un escritorio con una pila de papeles en ambos flancos, sentir el tedio apenas entrada la mañana, extrañar a su perro a eso de las once, guardar su lápiz a las 11:57, ordenar unos papeles a las 12:00, salir en busca del almuerzo en el mismo restaurante de todos los días, sabiendo que este día, que pintaba normal, tocaba sopa de sémola y de segundo, tallarín con pollo.

Nunca le atinaba a la presa de pollo que quería, nunca, en dos años de seguir esta rutina, le tocó entrepierna. O ala, o pechuga o espalda. Nunca entrepierna. Parecía su destino, que estaba, además ligado a su historia personal. Desde que murió, figurativamente, la mujer que lo engañó cuatro veces afirmando que no lo engañó cuatro veces, sino tres y que aquella afirmación le producía tremendo dolor e indignación, lo abandonó y se llevó con ella una hija, el refrigerador, el motor de la licuadora, por puro malvada porque pudo llevarse la licuadora entera pero no, se dio el trabajo de sacarle el motor como demostrando con ello simbólicamente que se lleva el corazón y lo deja tan vacío como la licuadora.

Y así fue, él quedó desolado, des refrigerado, des licuado. Ella, para él, murió. Pero en realidad no. Ella, acompañada de una hija, la pasaba bien, cada cierto tiempo tenía relaciones nuevas que duraban poco pero era su manera de vivir. Dejó que las nuevas narrativas de la libertad, que es en realidad la nueva jaula, la convencieran de que ningún compromiso vale a cambio de la libertad, de que más allá de la existencia propia, nadie tiene valor, de que hay que hacer, todo para sí, nada para la otredad.

La cosa es que él hizo de su vida una rutina tediosa y solitaria y no atendía a ningún acontecimiento fuera de su ensimismamiento. Dejó de creer en cosas en las que creía habitualmente. En que un espejo roto trae mala suerte, en que no hay que pasar por debajo de la escalera, en que en el solsticio de invierno se cumplen más años que la civilización Sumeria, en que ni menos de tres ni más de treinta y tres, hablando de cervezas.

Creía en la inmortalidad del cangrejo y en el patrono de los chismes, San Ramón Nonato, el que tiene cientos de candados en la ropa, que se los ponen no para un amarre de amor eterno sino para otras gentes no hablen de unas gentes, mal y a las espaldas. En las ciudades es cada vez más frecuente que las gentes inventen cualquier cosa de otras gentes con tal de hacer mal sin motivo alguno. Solo por el gusto de hacer mal. Dice que la doña de aquella puerta, le debe no se qué cantidad al sastre, dice que moreno ese que maneja taxi, ha abusado de hartas clientes aprovechando que estaban tomadas. Dice que, dice que. Dice que ese día, al ser solitario y abandonado, sin opción de entrepierna alguna, se le cayó una moneda de cinco y fue rodando calle abajo.

Se lanzó detrás de la moneda, nadie en la misma calle se dio cuenta de que había una moneda viajando hacia abajo, saltando, rodando. El corría, no se dio cuenta cuándo, de pronto, tropezó y fue a dar de bruces a un pie que con un zapato rojo, de taco, paró la moneda, pisándola. Él levantó la vista y un par de piernas con terminación lo estremecieron. Ella lo miró, extendió una mano para ayudar a levantarlo. Recogió la moneda, la sopló, se la entregó. Te invito un café, le dijo, rompiendo otra ridícula creencia de que la iniciativa debe ser masculina. Ella, ese día, pensó que iba a ser de lo más normal, como todos sus días, que además de solitarios, comenzaban con un modesto desayuno.

“Dice que la doña de aquella puerta, le debe no se qué cantidad al sastre, dice que moreno ese que maneja taxi, ha abusado de hartas clientes...”.
“Dice que la doña de aquella puerta, le debe no se qué cantidad al sastre, dice que moreno ese que maneja taxi, ha abusado de hartas clientes...”.

Oscar García / Músico y poeta

AVISO IMPORTANTE: Cualquier comunicación que tenga Página Siete con sus lectores será iniciada de un correo oficial de @paginasiete.bo; otro tipo de mensajes con distintos correos pueden ser fraudulentos.
En caso de recibir estos mensajes dudosos, se sugiere no hacer click en ningún enlace sin verificar su origen.
Para más información puede contactarnos

MÁS DE

OTRAS NOTICIAS