Contante y sonante

Cuando sea cuento

Lo más probable es que la gente se junte sin juntarse, frente a su pantalla, para compartir cosas y cositas, fotos propias y más propias y asuntos de la vida privada...

Letra Siete
Por 
La Paz - domingo, 14 de agosto de 2022 - 5:00

Cuando el 2020 sea nada más que lejanía y la gente se junte. Sí. Se junte a escuchar historias, porque por algún motivo, la gente sentirá como una nostalgia para encontrarse alrededor de una mesa, frente al fuego, en un parque tibio en medio de la noche, a escucharse. Pero es más que un augurio, un buen deseo. Lo más probable es que la gente se junte sin juntarse, frente a su pantalla –la personal, la que se convierte cada vez más en un espejo, en un alma digital que dicta, que oye, que demanda y que planea–, para compartir cosas y cositas, fotos propias y más propias y asuntos de la vida privada, sin que importe lo que los demás muestren.

Esa va a ser la idea de una reunión, empática, solidaria, compartida, colaborativa. Pero si se diera el caso de las reuniones con piel y huesos, con temperatura humana cercana a otra temperatura humana, de lo que se tratará seguramente es de escuchar. De escuchar, porque de mirar estamos saturados en medio de esta dictadura visual en la que llevamos sumidos ya varios siglos. Por lo que una pequeña era aural debiera surgir. Como cuando se escuchaba cuentos, canciones, historias macabras, mitos, la historia desde un narrador. Una pequeña y breve era aural en la que todo sonido sea bienvenido, como señal, como beso, como alerta o como vaso comunicante.

Como música. Es que de tanto mirar un día de pronto, se olvidó la gente a escuchar y todo su entorno, sea este estruendo o un pétalo de geranio tropezando con un adoquín, se volvió algo que está ahí y que no importa, que pasa todo el tiempo pero que no importa. Que violenta, que acaricia, que sana, que modifica otras energías, que es vibración y se traduce en sensación, pero, no importa. Porque se ha olvidado escuchar.

Pero de pronto, un silencio inusitado. En las ciudades, en el mundo. Un silencio terco, largo, hermoso. Suspendido y paseando como peregrino entre el miedo encerrado con cada persona intentando ser amigos. Cada quien con sus miedos. Presentándose al espejo –hola, te presento a la soledad. –Buen día, mira, esta es mi aracnofobia.
–Disculpa que te interrumpa, quería presentarte al contagio, mi mejor miedo, entre muchos, claro. Cada quien intentando acostumbrarse a estar o consigo mismo o con familia o con conocidos o con perfectas desconocidas personas en el mismo sitio. Acostumbrándose a situaciones de las más calamitosas y de las más solidarias o de las acciones más cambiantes en pocos minutos.

“Ahora eres una dama empática, a la media hora te importa un sorete que al Chepe se le esté yendo el alma en medio de un sangrado imparable de la nariz. Para qué se mete todo a la nariz, qué me importa, al final cada quién decide cómo matarse. Pero hace media hora decías Chepe, por favor, dejá que te ayude, escúchame, escúchame...pero nada. Bueno, ya se murió. Ya no importa”.

Pero ante la muerte, se dan cuenta que algo que no se notaba porque no importaba, estaba ahí. El silencio. El externo. Ese que proviene del detenimiento de los motores, de la retirada de un ejército humano cotidiano batallando contra lo humano a punta de competir para tener, no para ser.

De ese silencio, que años después será historia, de a poco (recién vamos por dos años después del 2020) y a lo mejor como una suma de mitos creados por las combinaciones selectivas de la inteligencia artificial para generar un mundo simbólico a la medida de las sociedades auto explotadas; de ese silencio, habrán salido como sacudiéndose de una larga siesta, como la bella durmiente pero sin beso si no con un fuerte lapo o una sacudida bastante efectiva para lograr su cometido.

De ese silencio, a lo mejor, comiencen a escucharse, otra vez, como en los períodos de las grandes rupturas de las reglas, músicas, textos, narraciones, verdadera y profundamente revolucionarias, no disfrazadas, no impostoras, no desde las bocas lisonjeras, no desde las gentes usurpando contenidos.

“Pero de pronto, un silencio inusitado. En las ciudades, en el mundo. Un silencio terco, largo, hermoso. Suspendido y paseando como peregrino...”.

Oscar García / Músico y poeta

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