Aullidos de
la calle

Cultura de responsabilidad

‘Un nuevo mundo’, de Stéphane Brizé, duele porque muestra el mismo mundo de siempre, ese mundo despiadado en el que se trata de sobrevivir y encajar, escribe la autora.

Letra Siete
Por 
Santa Cruz - domingo, 11 de septiembre de 2022 - 5:00

Hace unos días se suicidó un director financiero en Estados Unidos. Un migrante venezolano que parecía haber alcanzado el sueño americano. Se lanzó del piso 18 del lujoso y emblemático edificio Jenga en Manhattan, Nueva York. Dos días antes había sido el encargado de anunciar a nombre de su compañía que cerrarían 150 de sus sucursales y despedirían a 20% del personal. Además, accionistas decepcionados con algunas movidas cuestionables que la cadena hizo a través de él, lo habían demandado de forma personal por fraude financiero. Tenía 52 años y estaba considerado como uno de los latinos mejor pagados de Estados Unidos.

Cuando vi Un nuevo mundo, la más reciente película de Stéphane Brizé, no pude menos que evocar esa renuncia a la vida. Philippe Lemesley (impresionante Vincent Lindon) es un hombre mayor, cercano a la jubilación, que se encuentra atravesando momentos complicados. La primera escena nos cuenta que está en un triste proceso de divorcio de la esposa que le reclama los años dedicados a su empresa en lugar de compartirlos con la familia. Ese será solo el marco para que entendamos lo que Philippe le ha dado a su trabajo después de tres décadas como director de una planta industrial. Debido a la pandemia y a los ajustes que muchas empresas se permitieron hacer, su conglomerado le ha exigido el despido sistemático de empleados. En ese momento, necesitan que la planta que tiene a cargo elimine de las planillas laborales a 58 personas. Las reuniones que proponen dicho recorte son de antología, desde meter nombres a una caja y sacar al azar, hasta imaginar que un tren atropella a personas y qué persona sería indispensable que no muriera atropellada para que la planta siguiera funcionando.

Philippe no sabe cómo salvar los puestos laborales que, intuye, también son el futuro de la planta. Hay la sensación de que esa asfixia de la casa matriz americana intenta forzar el cierre “natural” de algunas plantas para que relocalicen su producción en países más “baratos”. A eso se agrega que sus trabajadores llevan décadas de trabajo en la fábrica y el temor a los recortes ha obligado a algunos hasta a ir a trabajar enfermos para evitar el despido. Esta es una batalla entre David y Goliat. Entre titiriteros y títeres, entre mercado y... bueno, mercado.

Esta es la onceava película del director Stéphane Brizé, quien ha sido comparado con Ken Loach por sus temáticas sociales. Un nuevo mundo forma parte de una trilogía dedicada al mundo laboral que Brizé inició con La ley del mercado (2015) y En guerra (2018). En La ley del mercado, un hombre mayor encuentra trabajo después de años en paro y se tiene que enfrentar a dilemas morales para conservarlo, y en En Guerra, una fábrica llega a acuerdos extremos para continuar operando y al final la cierran provocando que los trabajadores se rebelen. Brizé llegó a esta trilogía sin planearla del todo, aunque el actor protagonista de todos los relatos es Lindon.

Hay que reconocer que Brizé y su coguionista habitual Olivier Gorce, relatan la vida de este director ejecutivo de una manera un poco utópica. Nadie trabaja 30 años en un puesto ejecutivo de una gran transnacional sin tener que hacer pactos reñidos con la ética o la moral (pequeños o grandes) en algún momento.

Con esa certeza, clara y diáfana como el sol de la mañana de un mes primaveral, seguimos el periplo de Philippe al inicio con cierto escepticismo, pero la construcción de los personajes y de las tensiones que los rodean están tan bien construidos que al final terminás teniendo simpatía por este tiburón no tiburón en un mar picado lleno de tiburones.

Tiene que ver con el derrumbe familiar, con ese hijo casi adolescente que no se sabe por qué ha perdido contacto con la realidad y cree que Zuckerberg lo ha llamado para contratarlo, con ese video de felicitación de cumpleaños de una hija que ya vive en otro país y que ni siquiera pudo levantar el teléfono y darle una felicitación por llamada, con la cara de Philippe cuando intentan vender la casa matrimonial, y la pareja que quiere comprar exclama: “Es perfecta para la familia”.

Un punto extra y agradecido a la presencia serena de Sandrine Kiberlain en la piel de la esposa de Philippe. La actriz en la vida real es la exesposa de Vincent Lindon con quien compartió 10 años de su vida. Así que las escenas que componen la ruptura del matrimonio ficticio son muy conmovedoras.

Un nuevo mundo duele porque nos muestra el mismo mundo de siempre, ese mundo despiadado en el que se trata de sobrevivir y encajar. Un mundo en el que las presiones por el trabajo tratando de alcanzar metas absurdas ya sea impuestas por uno mismo o por un jefe, minan la calidad de vida. Sería una mejor película si el afán redentor y un poquito panfletario de Brizé no terminara quitándole algo de brillo. Prefiero la sutileza de mostrar a Philippe, este señor mayor, divorciado, sin vida social, con los hijos ajenos a sus agobios, exigido para botar a 58 trabajadores sin importar las consecuencias, pasar por delante de uno de los tantos letreros que solemos ver en grandes compañías, un letrero que se vanagloria de las virtudes de la empresa o, en el caso de la escena en cuestión, de la cultura de responsabilidad. No necesitás decir nada más, Brizé.

“Hay que reconocer que Brizé y su coguionista habitual Olivier Gorce, relatan la vida de este director ejecutivo de una manera un poco utópica”.

Mónica Heinrich V. / Reseñista y cinéfila de corazón


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