Lectura

El olor de las librerías

Entrar en una librería es entrar en un mundo racional y ordenado. “Ver muchos libros en estantes produce una extraña sensación de paz y equilibro”, escribe el autor.

Letra Siete
Ignacio Vera de Rada
Por 
La Paz - domingo, 20 de noviembre de 2022 - 5:00

El 11 de noviembre (y desde hace 11 años), fue el Día Mundial de las Librerías, una jornada próxima a las fechas de Navidad que busca promover el consumo de cultura a través de esos objetos que posiblemente sean el resultado más bello que en su sinuoso recorrido de decenas de miles de años ha dado el ser humano: los libros.

Los escritores y artistas estaríamos perdidos sin ellos. Nuestra vida sería insufrible, pesada, tanto como para decidir matarnos o entregarnos a la locura. Porque así como tenemos la necesidad maniática de escribir y crear lo que pensamos y sentimos, como una forma de liberarnos de los fantasmas que reprimen nuestro espíritu y de cristalizar nuestros anhelos e ilusiones incumplidos, la lectura es también una forma de liberación, una forma de cumplir nuestros sueños y vivirnos en esa otra vida que hubiéramos querido, una manera de tener certidumbre de que hay otros locos como nosotros, de que no somos los únicos ni los primeros... O, mejor, de que no estamos tan locos como pensábamos. De que en el mundo hay personas que, como nosotros, ven en la literatura una manera de entender (y soportar) la vida.

Ese razonamiento que dice que los artistas y creadores a veces se inmolan y sacrifican (en el vicio, en el tedio, en la soledad, en la tristeza crónica) por su creación es falso. Para que sea cierto hay que darle la vuelta. Como pensaba Octavio Paz, la verdad es que nuestra vida, por su naturaleza, suele ser marginal, aislada de todo interés que no sea el de nuestro corazón y nuestra conciencia, y gracias a los libros y el arte la soportamos. En conclusión: No vivimos para el arte, sino gracias al arte. No nos entregamos al arte, este se entrega a nosotros para salvarnos.

Entrar en una librería es entrar en un mundo racional y ordenado, como en una utopía momentánea de seres que conversan y argumentan. Los psicólogos ya lo han comprobado: ver muchos libros en estantes produce una extraña sensación de paz y equilibro. Los lomos estáticos son como agentes apaciguadores en un mundo generalmente caótico y desordenado. Las librerías también son caóticas, pero en otro sentido. Cada tomo tiene una verdad, una tendencia singular, una forma particular de ver las cosas. Pero todos comparten un denominador común: la paz. Pues ninguno grita, ninguno impone su verdad a fuerza de violencia. Una librería o una biblioteca son una conversación infinita de voces, todas heterogéneas, plurales y a veces antagónicas, pero todas serenas.

Simplificando la situación, la cantidad de ignorancia del país es inversamente proporcional a la de librerías que hay en las calles de sus ciudades. Porque todo libro contribuye a despertar en el ser humano aquel elemento que, en vez de debilidad o indigencia cultural, más bien es facultad o don: la duda. Porque, como Sócrates, todo el que sabe duda y toda sociedad realmente rica es rica no por sus recursos naturales ni por su fuerza física, sino por la duda (la crítica) de sus integrantes.

La indeterminación o la vacilación que ante un prejuicio o una verdad tradicionalmente transmitida se tiene es un tesoro. Y en las librerías la duda se hace cuerpo en aquellos compilados de papel impreso. Más que en los Parlamentos, es en las librerías donde se hace el verdadero debate, uno que, aunque la mayoría de las veces es silencioso, es constante y toca los problemas más importantes de los países, el mundo y el universo.

Pero –gran paradoja– es en las librerías donde quizás se halla la mayor cantidad de mentiras en todo el mundo. Teatro, poesía y novela son sartas de falsedades, inventos de la ilusión, quimeras nunca realizadas ni realizables. ¿Por qué, entonces, la importancia de llevarnos a casa un libro que contenga tales embustes? Porque, parafraseando a Stefan Zweig en torno a lo que dijo en su obra sobre Stendhal, pocas personas hay como los novelistas, poetas y artistas, que sean tan mentirosas y hayan mentido tanto, pero también son pocas las que, como ellos, hayan dicho verdades tan profundas para la humanidad. Y es que una buena novela, un buen poemario o una buena pieza dramática, en toda su mistificación embaucadora, contienen verdades más profundas y ciertas que la del torrente de noticias que venden los medios y los discursos de los políticos.

Hay librerías de todos los tipos. Algunas ofrecen libros nuevos; otras, usados. Yo prefiero estas últimas. Allí puedo aventurarme en una cacería de joyas que ya pasaron ante los ojos deleitados de otro amante del papel y la tinta impresa. Me gusta dar un espacio de mis anaqueles a esos pequeños veteranos que ya debieron haber pasado por la lectura de otro amante del papel, dejándole al menos un mensaje inolvidable. Algunos volúmenes están ya subrayados, con notas en los márgenes, con alguna dedicatoria incluso, con las tapas desgastadas o rotas. Otros simplemente tienen el olor del papel viejo, parecido al de la humedad... Esos libros son los más dichosos, pues al ser adquiridos pasan de una mano a otra para transmitir su mensaje una vez más. Se resisten a perecer. Porque, si los libros fueran seres vivos (y quizás para nosotros los escritores son algo muy próximo a ellos), su felicidad máxima sería ser leídos por lo menos por más de una persona.

Para mí, la escala del amor va de esta forma: Dios, familia y libros. Porque los libros son amigos, confidentes. Consuelan en momentos de soledad (una buena novela es el lugar para soñar y viajar), guían cuando no se sabe por qué camino optar (una biografía bien escrita es una escuela de vida), enseñan como un buen maestro (nada mejor que un libro de historia o de divulgación científica), comparten sin ningún interés que no sea el de ser conservados en el estante para algún otro lector del futuro. Aquella persona, sin importar que sea o no artista o escritor, que dedique parte de su vida a frecuentar librerías y leer, de seguro vive mucho más, si no en tiempo, al menos sí en intensidad y riqueza imaginativa.

En este mundo que avanza y avanza, así como sigue habiendo personas que prefieren asistir al teatro, ver una exposición de arte o pagar boletos para escuchar música de cámara, seguirá habiendo lectores que prefieran las librerías de libros físicos, esos pequeños amigos de celulosa, cartón y tinta que son inherentes a una de las tradiciones, para mí, más bellas que tiene el género humano: el legado físico de la cultura. Porque todo lo digital es humo, algo que se evapora en el tiempo, un algo inmaterial que no subsiste a la tiranía de los meses y años; en cambio lo físico perdura, queda.

Antes que en las manifestaciones callejeras y los partidos de mayor liberalismo, está en las librerías el mejor bastión de la libertad. Lugares donde el ser humano puede hallar el camino hacia la meta que parecen haberle encomendado Dios y la naturaleza: la civilización. Donde huele a libertad.

“La cantidad de ignorancia del país es inversamente proporcional a la de librerías que hay en las calles de sus ciudades”.

Mensaje de Raúl Garáfulic, presidente de Página Siete

 

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