Narración

El otro gallo

La novela de Jorge Suárez marca un momento feliz en nuestra literatura porque indica una forma narrativa que aun hoy parece no haberse continuado, escribe el autor

Letra Siete
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jueves, 29 de septiembre de 2022 - 12:59

El otro gallo, la primera novela de Jorge Suárez cumple 40 años. Y es un acontecimiento que nos debe recordar los múltiples vasos comunicantes que enlaza nuestra literatura con la literatura latinoamericana. Hay un aire concreto en El otro gallo que se coloca frente a ciertas novelas desde una relectura y reescritura de un momento de la tradición. Un aire de familia que lo emparenta con Polvo y cenizas del ecuatoriano Eliecer Cárdenas, pero también ciertos pasajes nos evocan Crónica de una muerte anunciada de García Márquez.

Hay un sentido en el habla y en la oralidad como forma de concreción de una realidad que intenta suplantar o transfigurar la presente, que nos entabla la mirada hacia El hablador de Vargas Llosa, para finalmente, hacia el final de la novela, el eco de la muerte y las conversaciones nos permiten acaso pensar que todo se trata de un diálogo entre muertos que están vivos y vivos que apenas se dan cuenta que están vivos y aquella sensación irreparablemente nos comunica con el Pedro Páramo de Juan Rulfo.

Y es que, con cada una de aquellas partes, ellos hicieron una novela por separado. Y, sin embargo, Suárez construye un relato en el que todos esos elementos se combinan y conviven en nutrida armonía simbólica y de estilo.

Los personajes son el Bandido de Sierra Negra (Luis Padilla Sibauti), Benicia (el gran amor del Bandido), don Carmelo (quien motiva el movimiento de los pasajes más densos de la novela) y el profesor Saucedo (hombre descreído que organiza el mundo según sus propias percepciones).

Con estos personajes y el monte, Santa Cruz, el cañaveral y una cabaña que hace las veces de prostíbulo, Suárez se las arregla para construir un mundo autónomo. Pero, sobre todo, un escenario en el que la voz del narrador va del pasado al presente y del presente al futuro como si el mismo tiempo hubiera quedado abolido por arte de la fantasía del relato que se cuenta noche a noche para entretener a los que deciden escuchar.

Quien ha vivido en el campo del oriente boliviano sabe que las noches son largas y cálidas, y que el silencio puede llegar a enloquecer –como ejemplo tomemos esa otra novela que pocas veces se nombra por desprecio político a su autor: Luna de locos de Manfredo Kempf–, y que no hay mejor manera de conjurarlo que estando en compañía y que la compañía sepa contar historias, recuerdos, anécdotas, una y otra vez, con la gracia de la primera vez.

De esa manera el tiempo parece acelerarse y la noche pasa pronto a ser madrugada. En El otro gallo los colores y las texturas del monte están bien definidos. Con visibles y palpables. Pero desde la lógica que el mismo lenguaje impone. Por tanto, no son representaciones lingüísticas de la realidad. Son más bien, pinceladas de un paisaje que se recuerda. Y que también se entrevé.

Para ello el autor se ayuda de la fugacidad del fragmento en tanto estructura y andamiaje de la novela. Es una novela en la que la economía de las palabras responde a la parquedad del monte cuando se habla en su interior. Los sobreentendidos y los silencios son los que de verdad marcan el horizonte de los sentimientos. Y también dan muestras claras de escenas. De instantes en la vida de los personajes que tienen la cualidad de dotarlos de carácter.

En ese sentido, El otro gallo podría ser una novela experimental. Pero si atendemos a su tema y su forma final, nos damos cuenta que más responde al relato oral. A la continuación de la narración por medios que son siempre los que impone la hora y el suspenso. También la borrachera o los malos entendidos.

Una historia nunca se acaba porque otra la interrumpe. Pero esa interrupción no es perjudicial, sino que enriquece el desarrollo de la trama. Y por ello también la novela resulta entretenida y en cierto sentido, es una novela de aventuras en la que se parodia a las novelas de bandoleros y justicieros. Lo que es interesante es que no se la parodia desde la risa, sino más bien, desde cierta melancolía o mejor, desde cierto desasosiego.

Así, El otro gallo marca un momento feliz en nuestra literatura porque indica una forma narrativa que aun hoy parece no haberse continuado. Parece que Suárez goza del mérito de construir un mundo por el cual nadie más concurrió y en ese sentido, la novela es una fuente de saber y de experiencia vital y narrativa que involucra el oficio, pero también, el paisaje natural de un país que no siempre termina ni empieza en el altiplano ni en los valles. Y que si visualizamos la geografía que nos muestra el novelista, podremos estar más cerca de entender aquello que nos constituye como plural y universal, sin dejar de ser individuales y locales.

“En El otro gallo los colores y las texturas del monte están bien definidos. Con visibles y palpables. Pero desde la lógica que el mismo lenguaje impone”.

Mensaje de Raúl Garáfulic, presidente de Página Siete

 

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Raúl Garáfulic Lehm
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