Cuento

El precio de una pasión

Nunca encontré el momento para enrostrarle sus ausencias y en las noches, antes de dormirme, sentía que mi ira brotaba como callampas en un bosque húmedo.

Letra Siete
Por 
Santiago de Chile - domingo, 13 de noviembre de 2022 - 5:00

Mi padre golpeó la puerta de mi dormitorio dos veces. Entró. Yo tenía la cabeza hundida en un libro, sobre mi escritorio. En esa época yo cursaba primer año de derecho en una universidad estatal. —Te invito a caminar por el barrio, me dijo.

El tono se asemejaba más a una orden que a una invitación. Los momentos a solas con él eran muy escasos de modo que acepté sin pensarlo más.

Era una tarde de domingo inusualmente fría. El sector de Plaza Egaña estaba casi vacío. Algunos faroles iluminaban las esquinas sembradas de basura dispersa, trajinada por algunos perros hambrientos. Mi padre pasó su brazo por mis hombros y me advirtió que necesitaba contarme algo, que quizás lo diría en forma desordenada. Se veía pálido, muy envejecido.

—Me van a matar, hija –me dijo casi en un susurro al tiempo que se levantaba el cuello de su chaqueta–. He recibido algunos llamados telefónicos, notas anónimas, traidor a la patria, me dicen. En fin, amenazas. Sé que me siguen, me vigilan. Si algo me pasa quiero que estén tranquilas, tu mamá y tú. Que persigas tus sueños y no te llenes de odio. Las amo profundamente, pero no renunciaré a mi causa.

Lo dijo todo con mucha angustia, rápido, como si cada palabra le oprimiera el pecho. Yo me detuve, busqué su mirada, pero de él no salió una sílaba más. Quise decirle que lo quería tanto, y contarle de mi más preciado sueño, pero en ese instante cruzamos la calle y él dio un leve salto, esquivando un charco. No volvimos a hablar del tema.

Un par de meses más tarde mi padre moría en un extraño accidente automovilístico, según la versión oficial. Conducía solo, rumbo a Valparaíso para reunirse con varias agrupaciones gremiales de la zona. Nunca llegó. Su auto, totalmente destrozado, fue hallado por un par de lugareños a la orilla de un camino de polvo cerca de Casablanca. Los vidrios estaban rotos, las llaves en el contacto. Bajo su asiento se encontró una botella de pisco medio llena. Hallaron su cuerpo al día siguiente en las aguas de un canal, a dos kilómetros de su vehículo. Conducía en estado de ebriedad, informó la prensa de la época. Un homicidio, la orden vino de arriba, remataban los más sueltos de lengua, en privado. Absurdo: mi padre no bebía. Jamás lo vi tomar una cerveza siquiera. Había sido un crimen bien calculado, como tantos otros.

Joaquín Montero, un conocido dirigente sindical, férreo opositor a Pinochet, se había vuelto una piedra en el zapato del dictador. Una grande. Desde hace años estaba empeñado en crear un gran frente laboral unitario de oposición a la dictadura. Junto a un puñado de dirigentes, reclamaba por el retorno a la democracia, no esperemos mañana, gritaba al viento, ¡hoy es cuándo! Ya había sido relegado por tres meses a Melinka, dos veces encarcelado. Aún no lo expulsaban del país, siempre creí que era cuestión de tiempo. Pero nunca imaginé que optarían por asesinarlo.

Para ser justa debo decir que mi padre había procurado estar presente en mi vida, en la medida de lo posible, como decía mi madre, arrimada a la sombra de este hombre robusto como un roble, entregado por entero a la lucha sindical. Nunca lo dijo, pero estaba claro que para él la justicia social era más importante que el bienestar de su familia. La mía siempre fue coja. Suena duro decirlo, pero así era. Me demoré años en comprender que su compromiso social se había convertido en una especie de apostolado, que dejaba poco espacio para algo más.

Fui hija única, una niña alta, tímida. Me convertí en una adolescente enrabiada, solitaria. Mi padre me vio crecer en forma intermitente, con encuentros ásperos, silencios profundos. Lo amaba y lo odiaba en partes iguales. Más que nada lo extrañaba. Nunca encontré el momento para enrostrarle sus ausencias y en las noches, antes de dormirme, sentía que mi ira brotaba como callampas en un bosque húmedo.

Su muerte lo cambió todo. Sin perdón ni olvido, retomé mis estudios y me sumergí en los códigos penales y civiles, las relaciones internacionales, la seguridad social. Hasta que caí en la cuenta de que había dos caminos: o dejaba la carrera de derecho o me iba derecho al suicidio. Detestaba las leyes, totalmente inútiles, más en dictadura. Me obsesionaba la idea de tener un propósito, un sentido de misión en la vida.

Cuando se lo dije a mi madre, hubo llanto. Se sentó al borde de su cama, sacó un pañuelo chico bajo la almohada y balbuceó entre sollozos —te pido por la memoria de tu padre que termines tu carrera, también hazlo por mí. Cuando me vaya quiero saber que te dejé un futuro asegurado como profesional. Y se sonó con ganas.

Le di en el gusto, y me recibí de abogado. Ahora me tocaba cumplir conmigo. Literalmente, quería volar alto, ser piloto. Le regalé mi diploma a mi madre y hoy es cuando, me dije. Durante meses me enfrasqué en cursos de meteorología, motores, aerodinámica, navegación. Lo más difícil fue aprender a entender el avión y a controlar el inevitable miedo que a veces no deja pensar. El examen final consistió en una prueba oral bien dura, seguida de un vuelo de otras dos horas. Buena parte de mis compañeros quedaron en el camino. Comenzamos cuatro mujeres, yo fui la única que llegó a la recta final. Nunca fui tan feliz. Es raro, pero pensaba mucho en ti, papá, en tus propias luchas. Comencé a aquilatar el precio de una pasión.

Con el tiempo me pude comprar una gloriosa avioneta del porte de una cáscara de maní, un Cessna 152. No había nada en el mundo siquiera cercano a esa felicidad cuando emprendía el vuelo y me elevaba hasta quedar inerte en medio de esa soledad azul, silenciosa. Inmersa en un cielo profundo salpicado de galaxias de oro y platino. Jamás como entonces, sentí tu presencia, papá. Te vi con tu sonrisa ancha, orgulloso, como rey del universo. Toda la vía láctea iluminada a tu alrededor, los meteoritos que se lanzaban contra los volcanes. Todo era perfecto.

“Su muerte lo cambió todo. Sin perdón ni olvido, retomé mis estudios y me sumergí en los códigos penales y civiles, las relaciones internacionales, la seguridad social”.

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