Contante y sonante

Es como junio

El cielo en la ciudad tiene un azul intenso, el sol le da a la plaza a medio día con una abrumadora verticalidad, calienta las estatuas, derrite los helados de canela...

Letra Siete
Por 
La Paz - domingo, 20 de noviembre de 2022 - 5:00

Uno a uno se fueron amontonando los cuerpos en la volqueta. Parada en la puerta trasera del hospital en el pueblo administrativo, a pocos minutos del campamento minero. A unos treinta minutos, a lo sumo. Toda la noche sonó la sirena, siempre empezando en grave y subiendo de a poco hasta alcanzar un agudo lastimero y desolador.

Se sabía que algo grave estaba pasando. Se escuchaba tronar cosas, toda la noche, hasta la madrugada. No se sabía bien a lo lejos si eran los petardos de la noche de San Juan o alguna otra clase de explosiones. A ella la lanzaron entre dos tipos que no eran precisamente enfermeros. Llevaban chamarras de cuero, una negra, la otra café.

La balancearon como un costal, agarrada de los pies y de los brazos. Contando uno, dos, tres, hasta soltarla para que fuera volando hasta el fondo de la volqueta a caer sobre otros cuerpos manchados de sangre y fluidos que la muerte sabe desprender. Hay más, le dijo el sujeto de cuerpo grueso al otro, el que llevaba bigote bien cortado, el que tenía en el cinto una pistola, zapatos bien lustrados pese al polvo, pese a la tierra de las calles. Sacaba un pañuelo, se agachaba y limpiaba sus zapatos. Le preocupaba su brillo o más bien, la falta de él.

Como era junio, el cielo al amanecer ya estaba azul y el sol cortaba los techos como la hoja de una espada enorme. No se escuchaba nada más que el sonido seco y pesado de los cuerpos cayendo sobre otros cuerpos y el ladrido lejano de perros que se volvían luego gemidos y aullidos al fin. La noche anterior se esperaba al frio con singani y huayños alrededor de fogatas encendidas frente a las casas del campamento, varias en cada calle, compartidas por más de una familia.

Los infantes saltando sobre el fuego, los charangueros tocando cuerdas metálicas, cantando alegres lamentos sobre la vida en las minas, las mujeres, como siempre, sosteniendo con la mirada todas las precariedades y las miserias, para convertirlas en una vida posible pronto comenzó a sonar la sirena en señal de alerta y sonó rompiendo la noche, el primer disparo.

55 años después, en la plaza Murillo hay un hombre muy mayor sentado en una silla en la que se lustra los zapatos. Lee el periódico y de rato en rato se fija cómo le están sacando brillo a su zapato. Como espejo, le dice al lustrador, con una voz temblorosa y aguda. Claro que sí senador, le responde el lustrador, como siempre. El senador sentado mira desde arriba al lustrador, mira desde arriba la plaza, espanta con el periódico a unas palomas, con la cabeza señala a las puertas del hemiciclo, mirá, dice, ahí está otra vez la derecha haciendo un circo por unos muertitos.

Nadie les va a dar ni la hora, hace rato que no importan, ni sus vivos ni sus no vivos. Nosotros nomás vamos a estar manejando esto, esto que nos hemos ganado con otras sangres. ¿sabes no ve? Pregunta al lustrador. Si, si, contesta sin saber en verdad. No quiere saber, no le importa saber. Lo que sabe es que su cliente tiene la plata y el poder, hace rato, desde que llegó a la plaza como dirigente de los mineros, siempre obsesionado con el brillo de sus zapatos, siempre buen pagador, siempre contando cosas sobre gente muerta, sobre cuán pesados se vuelven los muertos, sobre cómo vuelan, cómo se mecen, cómo se olvidan, cómo se usan.

Como es junio, el cielo en la ciudad tiene un azul intenso, el sol le da a la plaza a medio día con una abrumadora verticalidad, carcome las cosas, calienta las estatuas, derrite los helados de canela. Enciende las cabezas como la del senador sentado en una silla para lustrar los zapatos. Así, iluminado y con la cabeza caliente, de pronto, en medio de fijarse en el brillo del otro zapato, le da un fulminante ataque al corazón, y muere sin pena ni gloria.

“Nadie les va a dar ni la hora, hace rato que no importan, ni sus vivos ni sus no vivos. Nosotros nomás vamos a estar manejando esto...”.

Mensaje de Raúl Garáfulic, presidente de Página Siete

 

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