El estante vacío

Gustavo Adolfo Otero y la Biblioteca boliviana

La biblioteca de Otero es una maquinaria que honra a importantes autores nacionales. Cada libro representa un organismo de un aparato reproductor de bolivianidad, escribe el autor.

Letra Siete
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La Paz - domingo, 14 de agosto de 2022 - 5:00

La memoria no es el solo acto de recordar un pasado. La memoria produce un suceso de renovación en el presente. Y la renovación se puede imaginar como un momento de iniciación para transformar un futuro. En este sentido, me parece oportuno indicar que el libro (como naturaleza sólida) puede ser el registro de la memoria. Instrumento que lo distingo como parte sustancial para implementar la biblioteca. En otras palabras, la biblioteca retiene la memoria apuntalada en el libro.

En todo caso, este artículo modulará estas percepciones desde la mirada libresca de Gustavo Adolfo Otero (1896-1958) en su Biblioteca boliviana, conexión que me remite especular que su biblioteca es el armado de una serie de búsquedas de libros y lecturas que exhalan el “alma boliviana” pre y post-colonia.

La primera serie de la Biblioteca boliviana es un repertorio de libros (en su mayoría) con tinte colonial escritos en prosa. Son 10 volúmenes que están bajo la dirección de Otero. El Nº 1: Crónica Moralizada de Fray Antonio de la Calancha; N° 2: Tihuanacu; N° 3: Anales de la Villa Imperial de Potosí por Bartolomé Martínez y Vela; N° 4: Memorias histórico políticas de Vicente Pazos Kanki; N° 5: Potosí colonial por don Pedro Vicente Cañete y Domínguez; N° 6: Folletos escogidos de Casimiro Olañeta; N° 7: La lengua de Adán por Emeterio Villamil de Rada; N° 8: Arte de los metales de Álvaro Alonso Barba y N° 9 - 10: Últimos días coloniales en el Alto Perú por Gabriel René-Moreno. Los primeros 8 cuerpos salen a la luz en 1939 y el 9 y 10 son de 1940.

Una de las primeras particularidades editoriales que revela el director es que en todos los tomos “hemos conservado el texto en su autenticidad rigurosa juntamente con la sintaxis, aunque por el carácter no estrictamente erudito que tienen las ediciones de la Biblioteca boliviana, hemos adoptado la ortografía moderna en igual forma que en colecciones semejantes al tratarse de publicaciones populares lo han hecho en Perú, México y la Argentina”.

Otra peculiaridad es que absolutamente todos los ejemplares conllevan un prólogo de Otero. Preludios extensos donde interpreta, de forma resuelta, las cualidades estéticas de cada escritor y la obra. Copio algunos testimonios: “El arte de los metales es el libro boliviano por excelencia y por sus esencias no solo está unido a la vida económica de nuestro país, hasta hoy fundamentalmente minero, sino a la imagen de su pasado ingente y glorioso que proyecta su sombra hacia las realidades de hoy”.

En otro tomo vuelve visible la relación directa del discurso con el asunto del espíritu nacional, o el “bolivianismo” como él llama. Así, sobresale esta descripción: “Fray Antonio de la Calancha es considerado este altoperuano notable que ilustra nuestro bolivianismo, como la cumbre más alta de los cronistas de convento”. Galardón que recae, cuando de literatura se trata, sobre la calidad estética y la curiosidad bibliográfica que deja esta producción de crónica. En el mismo exordio comparte el sentimiento de Gabriel René-Moreno, ya que según el último el discurso de la Calancha es de retórica bizantina con aires de latinidad.

La biblioteca de Otero es una maquinaria que honra a importantes autores nacionales. Cada libro representa un organismo de un aparato reproductor de bolivianidad que en el mayor de los casos salió en una primera edición y los restantes en manuscrito. El esfuerzo de Otero de congregar y re-publicar este muestrario es recobrar la memoria. Y es doble esfuerzo cuando se trata de evocar lo “colonial nuestro” desde la palabra escrita. La biblioteca de Otero es un arresto prometeico.

De la lectura de los prólogos surge otro atisbo de entendimiento: Tradición y escritura. La narrativa nacional es de las pocas en América que conserva bibliografía colonial y Otero aprovecha esta forma para darle continuidad historiográfica auxiliada por la prosa. La reciprocidad dual que visualizo es plausible pero escasa, ya que hoy siguen apareciendo y sorprendiendo documentos y libros (inéditos) de alta calidad literaria de aquella época pasada.

La Biblioteca boliviana se propone (aunque no es el objetivo esencial) fundar un paradigma de imitación. Es decir, Otero planta las fundaciones de una infraestructura potente. Es la obra bruta de la morada. Emulación porque aparecen otros arquitectos que prosiguen la obra, tal la condición gaudiana. Carlos Medinaceli (Biblioteca Gesta Bárbara), Armando Alba (Colección cultura boliviana), Josep M. Barnadas (Bibliotheca boliviana Antiqva) y otros .

Gustavo Adolfo Otero tiene palabras elogiosas para otro cultor de la biblioteca boliviana, “Gabriel René-Moreno no vivió en la torre de marfil que fue el símbolo ocasional del individualismo romántico, sino que hizo de la biblioteca un laboratorio donde encontró el material para su obra creadora y para su labor técnica de ordenación. En este escritor como en otros benedictinos del libro y del pensamiento hay un gesto de renunciamiento que al consagrarse al libro se olvidó de lo que constituye para la mayoría de los hombres el placer y eso de vivir su vida o la satisfacción hedonista de los intereses personales”.

Quiero regresar a la sentencia que lanceé líneas arriba, “Otero tiene una mirada libresca”. Él comprende que una biblioteca no es rígida, ni definitiva y por eso escoge los diez primeros libros para montar esta empresa editorial. Está claro que él sigue los intereses del bibliófilo René-Moreno.

Sobre esto, en el prefacio de Último días coloniales no deja de mencionar al escritor cruceño que influyó en la edificación de su Biblioteca boliviana: “Le vemos alzado sobre el pedestal de la Biblioteca del Instituto Nacional de Santiago como un verdadero dictador de las letras bolivianas, indiscutido y muchos de cuyos fallos son hasta hoy acatados como definitivos”. Finalmente, tomo una sentencia de Otero para calificar su labor de registro: “La gloria literaria en la mayoría de los casos está vinculada al misterio personal de sus creadores”.

“La narrativa nacional es de las pocas en América que conserva bibliografía colonial y Otero aprovecha esta forma para darle continuidad historiográfica”.

Jorge Saravia Chuquimia / Arquitecto

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