ConStellación literaria

La construcción de la obra

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Letra Siete
Por 
Cochabamba - domingo, 20 de noviembre de 2022 - 5:00

“La obra era para él una cosa que no termina nunca por lo mismo que la vida y la muerte eran una obra y por idéntica razón el contenido de ella sólo podría buscarse en la obra misma ya que este contenido no consistía sino en el hacer la obra por otra parte las incontables vidas que nacían y morían y que se renovaban perpetuamente a un determinado ritmo señalado por la respiración planetaria representaban de hecho la totalidad de la obra siempre comenzada y jamás terminada por cada uno de los seres humanos en este mundo pues cada cual era ya un fragmento de la obra y si esto era así lo que él se proponía era suscitar una totalidad a partir del fragmento que precisamente él representaba...”

(Jaime Saenz. En la abadía de San Florián. Tocnolencias. 2010:134-135).

Con cada paso se construye o destruye la obra, representada en el ser y el hacer personal; ambos estados, construcción y destrucción son fundamentales para la real transformación. Aquí, la destrucción no tiene una carga negativa, destrucción significa movimiento y caos, para luego reorganizar las partes; o para reconstruir todo, empezando desde cero.

No se teme a la destrucción, se la mira, escucha, comprende y transita cuando llega su justo tiempo. A su vez, en la construcción de la obra se sabe que será necesario incinerar, morir y renacer muchas veces, todas las que sean necesarias para ir removiendo las capas interiores, para que emerja aquello que está oculto, secreto y vivo, para que brote piel nueva, disolviendo las gastadas superficies.

La obra demanda supremos esfuerzos para encontrarla, pero también para extraviarla, ella, la obra, está ligada a la vida y la muerte de sus autores, a sus conflictos, inseguridades y llantos, pero también a sus alegrías, confianzas y certezas. La obra siempre nos da señales para que la edifiquemos, pero también para que la desbaratemos ya que las decisiones y los pasos aparentemente falsos, desatinados y erróneos son parte esencial de la obra, ellos son los que permiten calibrar el rumbo para ajustar los bríos. Toda falla es importante pincelada que moldea la constante construcción y refacción de la vida misma, que es nuestra gran obra.

La edificación de la obra tiene por objeto el autodescubrimiento individual y colectivo, pues somos lo que somos, con uno y con los otros, aquello que erigimos incide en los cimientos de nuestro entorno. De esta manera, vamos entrelazando creaciones que se alimentan unas de otras para tejer la gran obra humana. Cada acción por insignificante que parezca es importante brote que se fortalece con las estaciones. La vida de la obra no se mide en función del tiempo transcurrido, el aparente éxito de la empresa, la fama o las riquezas; se mide en función de la valentía y el intenso compromiso para encausar la existencia hacia objetivos mayores como el descubrir, el crear, el expresar y el compartir.

La obra exige el mayor de los viajes nunca antes emprendido, el viaje de la acción, así como el del continuo ensayo y error. Sin embargo, pese a lo duro del recorrido y la travesía, esto no significa que el proceso creativo no sea regocijante o festivo. Y es que desde que la obra nos convoca, nos encontramos seducidos por la gran explosión inventiva que no descansa hasta ver satisfechos sus anhelos. La voz de la obra es inquebrantable, algunas veces se manifiesta en susurros, otras veces, fuerte y desafiante; ante ella no podemos escapar o ignorarla, porque tarde o temprano sus intensos gritos nos despiertan del cobarde letargo.

Cuando esto sucede, sólo nos queda entregarnos al vasto espacio, al vacío productivo, porque el verdadero camino se revela, somos creadores, gestores y verdaderos protagonistas de nuestra historia.

La obra se construye desde el coraje, pero también desde el temor, desde la fuerza, pero también desde la debilidad, desde la voluntad, pero también desde la indecisión, desde la carcajada, pero también desde el llanto, desde la compañía o la soledad; desde la cordura, pero también, desde la necesaria locura. Lo que cuenta es el obrar, el remontar los obstáculos, aunque se tengan paradas forzosas.

El rumbo de la obra está hecho de velocidad y quietud, todo contribuye, todo es etapa y peldaño hecho a nuestra medida, todo destinado a demandar nuestro máximo esfuerzo y trabajo. En la construcción de la obra se tendrán muchas crisis que nos obligarán a abandonar el camino, a regresar a lo estático, a lo ya conocido, a retornar al pasado, a las fórmulas que funcionan, a la aprobación colectiva y al olvido de la autoconstrucción. No obstante, es necesario superar los miedos, las comodidades y avanzar, porque la obra palpita y lucha por existir. Somos sensibles canales transmisores del vigor creativo que nos habita y que frente a toda tempestad se abre y abrirá paso.

Con la muerte del creador la obra no expira, todo lo contrario, la obra cobra vida, ella comienza a desplazarse con arrojo propio, aunque quede huérfana. La obra genera cambios y motivaciones, la obra se va nutriendo de las personas que encuentra en su camino. La obra conmueve y cuestiona cuando se la aborda con humildad y asombro. Así, otros continúan el legado de la obra que florece.

La finitud de la vida no es un obstáculo porque la obra se da modos para trasgredir y trascender los límites de la muerte, porque la fuerza creadora plasmada en la obra, es energía que agita nuestro mundo y logra batallar frente a los silencios que la mutilan, a la indiferencia que la hiere, a las tóxicas críticas que la laceran. Pese a todo, la obra sobrevive y perdura, porque sus manos son más fuertes que el olvido. Cada uno de nosotros es obra latente, parte indisoluble del efímero pero eterno canto de la vida que resuena potentemente.

“La obra se construye desde el coraje, pero también desde el temor, desde la fuerza, pero también desde la debilidad, desde la voluntad y la indecisión”.

Mensaje de Raúl Garáfulic, presidente de Página Siete

 

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