Poesía

La esquina del ctenóforo

Un paseo desde las existencias de otros órdenes de vida hasta el particular no-lugar de la poesía.

Letra Siete
Juan Cristóbal Mac Lean E.
Por 
La Paz - domingo, 31 de julio de 2022 - 5:00

Sentirse vivo, estar vivo, es algo que simplemente ocurre y la conciencia de ello, aunque nos visite con relativa frecuencia, tampoco lo hace en demasía ni, quizá, con el suficiente asombro.

A veces puede bastar un parque, con sus pájaros e insectos o, mejor aún, cuando se hacen esos viajes por el trópico y de súbito uno se expone a esa enorme, bulliciosa proliferación de vida, de miles de otras vidas, de animales vidas, a veces con apariencias que simulan deberle más al impulso onírico que a las reglas de la evolución.

Merleau-Ponty, que había atendido particularmente al fenómeno de la vida y al hecho de la animalidad, definía ésta de una forma que aún nos sorprende: “Cada uno de nosotros, dijo Valéry, es un ‘animal de palabras’. Recíprocamente, podemos decir que la animalidad es el logos del mundo sensible: incorporación de sentido”.

¿Pero no debía, el filósofo, haber extendido hasta ciertas plantas los beneficios de tal definición? ¿Es posible negarles, digamos que a ciertas orquídeas, esa incorporación de sentido traducida en tan altos grados de sofisticación en el diseño, o directamente en la belleza que atrae al ojo humano o al del moscardón?

En todo caso y por todos los medios, son millares de formas, colores y prestancias, especies y habitantes poblando cualquiera de los medios, engalanando el mundo, del que sería parte de su habla. Los conozca, los haya visto uno en persona o no.

Y aunque nunca vaya a verlos, bastándose con atisbar en otros reinos desde su pantalla, ya puede uno ponerse luego a soñar, y leer, sobre los casos más extraños e inquietantes. Lo vivo, lo casi-vivo, el momento en que de sólo unas moléculas que se auto ordenan se pasa a la célula y cuando de pronto ya hay algo que se puede llamar vivo, aunque nunca se acabe de alcanzar una definición suficiente de la vida, de qué es la vida. Hay, incluso, biólogos como Thomas Hearns que estudian las infra-vidas como las llamó. Estados de la “materia activa” que se complejizan hasta alcanzar ciertas propiedades de lo vivo pero sin calificar completamente para ello. O se recuerda el título de un libro de Ernst Haeckel, el gran zoólogo e ilustrador: El alma de los cristales. Si de alma, o espíritu se tratara, ya los había metido Platón, por supuesto, a la hora de definir la vida: “Qué es lo que, cuando está presente en un cuerpo, lo torna viviente? -Un alma”. (Fedón, 105c)

Hoy solemos tomar esa expresión, alma, como una metáfora ¿pero de qué? Otra vez: ¿de la vida? Alma, vida, metáfora... con tales palabras ya estamos, por así decirlo, con el agua hasta el cuello. En ese caso, la verdad, no me cuesta hundirme más todavía, como en un sueño y hasta llegar a “la frialdad del fondo de los mares, donde el negror no ama”, como dice Vicente Aleixandre al seguir hacia adentro a un pez espada, en el gran poema Sin luz.

Allá en la profundidad de las interrogaciones abisales, donde los seres ignoran la “imposibilidad de desarraigarse del abismo”, diviso ya un ctenóforo luminescente y que oscila en las corrientes, trazando curvas y líneas fluctuantes, con su propio “cuerpo”, aunque no se sabe, siquiera, si es cuerpo lo que tiene. Todo lo pone en duda.

Los ctenóforos (recomiendo buscarlos en Youtube) se parecen a las medusas que flotan con sus velos y sus tentáculos, transparentes, circulares, ondulantes. Pero resulta, siguiendo un artículo de la revista Nature, que de ninguna manera pertenecen al resto del reino animal terráqueo; no son animales tal como lo somos el resto.

Cualquier “animal” tiene un sistema nervioso y un cerebro, por mínimos o rudimentarios que sean y para comunicarse y coordinarse emplean (empleamos) serotonina, dopamina y óxido nítrico, que son los mensajeros químicos considerados un lenguaje universal en toda vida animal. Pero resulta que los ctenóforos carecen de esos mensajeros.

La conclusión es que simplemente no pertenecen al mismo árbol evolutivo de la vida normal. Y es más: puede que sean, incluso, anteriores a la vida tal como la conocemos. ¡Anteriores a las esponjas! Pues las esponjas siempre fueron consideradas como una especie de grado cero, inicial o básico de la vida animal, desde que se determinó y demostró que eran animales, desautorizando la duda de que fueran plantas. Aventuras de hace 500, 600 millones de años atrás. Otra vez, esas zonas de “biología oscura” en que no están claras las fronteras, ni entre el animal y la planta, ni entre lo mineral y lo vivo. Si hubiera que buscar vida alienígena, se dicen los científicos, aquí está: son los ctenóforos.

Generalmente hermafroditas, a veces luminiscentes, se construyeron a sí mismos con tanta efectividad como las medusas o los celentéreos. Y si pese a su divergencia fundamental se les parecen ello se debe, aseguran los científicos, al fenómeno de la convergencia: aunque con diversos materiales, debieron solucionar los mismos problemas. Otro nombre que tiene la medusa es el de “agua viva”. Y Agua viva se llama un libro de Clarice Lispector, quien era particularmente sensible al fenómeno de lo vivo y sus gradientes. No en vano, tras su encuentro con una cucaracha se esconde, prácticamente, un secreto tratado de teología.

Materias activas, aguas vivas, infravidas, transparencias. El claroscuro de mundos celulares, elementos y moléculas, plasmas. Seres que no dan sombra y, como los insectos, muy anteriores a la lenta creación de los huesos (1).

Su anterioridad mayor en el árbol de la vida, en sus raíces más primigenias, junto a la imposibilidad de clasificarlos en ningún tronco común, recuerdan a la posición de la poesía, y más aún la del poema, en relación a veces opuesta, ajena o desvinculada, del resto de las letras, aunque también sujeta, como los ctenóforos, a fenómenos de aparente convergencia con disciplinas o existencias que usan un mismo vocabulario –lingüístico en un caso, molecular en otro–. Hay poetas radicales, en efecto, para quienes el poema es tan ajeno al árbol de la literatura como los ctnéforos lo son al de la vida animal.

También los ancestros del poema, a la hora de la recitación y las palabras rítmicas, quizá entremezcladas con el canto, sin duda son anteriores a toda otra forma de “discurso”, el mítico incluido.

Ambos, poema y ctenóforo son afectos a las armas de la transparencia y la elusión, la alusión, a la luminiscencia que se evade y a los juegos con lo invisible, mientras se trazan otras, nuevas geometrías de existencia (técnicamente dicho: los ctenóforos, a diferencia de la mayoría de los animales, no tienen simetría radial ni bilateral, sino simetría rotacional).

Se prenden, se apagan, se despliegan o concentran y allá se van perdiendo; por el fondo de los mares, uno, por el fin de esta página, el otro.

1. ¿Será contemporánea la invención de los huesos, en los mamíferos, de la invención de la madera, en las plantas? Si se coteja una búsqueda del tema, parece que sí. La madera y el hueso, otro par de resonancia semejante. En cuanto a los huesos, se recomienda consultar la preciosa página que les dedicó Paura Rodriguez Leytón, publicada hace poco en esta misma página: De huesos, metáforas y música.

“Hay poetas radicales, en efecto, para quienes el poema es tan ajeno al árbol de la literatura como los ctnéforos lo son al de la vida animal”.
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