Entrevista

“La identidad nacional está muy presente en mi literatura”

Luego de su misión en Bolivia, la escritora española Elena Alonso Frayle acompaña a su esposo, el embajador alemán Stefan Duppel, en su labor diplomática en Venezuela.

Letra Siete
Por 
La Paz - domingo, 25 de septiembre de 2022 - 5:00

Viajera impenitente, fervorosa lectora y premiada escritora, la española Elena Alonso Frayle vivió tres años en Bolivia junto a su esposo, el embajador alemán Stefan Duppel. “He tenido la oportunidad de viajar extensamente por estas hermosísimas tierras y atesoro en mi memoria infinidad de paisajes que literalmente me cortaron el aliento”, dice.

Es autora de una decena de novelas, muchas de ellas premiadas, como El legado de la Misión Iwakura, El silencio de los siglos, La edad de la anestesia, Los niños cantores, La visita de Tanwo, El buen astronauta o Y serán felices (Edelvives). Y también cultiva el cuento.

Eres española, estás casada con el embajador Stefan Duppel, conoces diversas culturas, ¿Te consideras una ciudadana del mundo? ¿Cuánta identidad cultural otorgas a tus personajes?

Pasé toda mi infancia en Bilbao, una ciudad industrial del País Vasco. España en los años 70, bajo la dictadura de Franco, era un país relativamente aislado, donde existía un grave problema de terrorismo nacionalista que persistió durante décadas. Creo que estos antecedentes sentaron las bases de lo que marcaría toda mi vida: una enorme curiosidad por otros países, lenguas y culturas, junto con un profundo recelo hacia el nacionalismo en todas sus facetas.

Todo ello se plasma hoy en mi literatura, en la que el tema de la identidad nacional está muy presente. Tengo dos pasaportes, vivo desde hace décadas lejos del lugar donde nací y a diario debo hablar en tres idiomas distintos: está claro que me interesa explorar lo que significa ese concepto tan escurridizo de patria, de pertenencia nacional.

No sé si soy ciudadana del mundo, pero me gusta pensar que he logrado convertirme en viajera en el sentido que Paul Bowles le adjudicaba al término cuando decía que el viajero, a diferencia del turista, no pertenece más a un lugar que al siguiente. El verdadero viajero
–la persona verdaderamente abierta a otros mundos– no siente la necesidad de regresar, porque no hay un lugar al que en realidad designa como suyo.

Has vivido en ciudades tan diversas como Bangkok, Berlín, Ulan Bator o Buenos Aires ¿cómo y cuánto estas experiencias alimentan tu escritura?

A Buenos Aires, en concreto, le debo el haberme convertido en escritora. Me dejé contagiar por la efervescencia literaria de esa ciudad, acudí a un taller literario y empecé a dar mis primeros pasos en la literatura. Uno se empapa de la realidad, del presente y de la historia del país en el que vive, los hace suyos de alguna manera y todo ello se convierte en material literario, ya que terminamos por escribir sobre lo que vivimos o hemos vivido.

Mis años en Tailandia están muy presentes en mi novela El silencio de los siglos; las intensas experiencias que viví en Mongolia se plasmaron en una novela juvenil y un libro de viajes que acabo de terminar. Curiosamente, escribo sobre un país cuando ha finalizado mi experiencia allá; es como si necesitara un tiempo para que todo los conocimientos adquiridos y las realidades observadas se asienten y puedan ser examinados con la debida perspectiva. Por ello espero que Bolivia y todo lo vivido en este hermoso país sea el tema de mis trabajos en un futuro ya muy próximo.

En base a tu experiencia, ¿consideras que para escribir se necesita un bagaje de conocimiento académico, o existe una sensibilidad especial que impulsa al escritor?

No creo que sea necesaria una formación académica en el ámbito literario para ser escritor; sí creo que hace falta dominar el idioma, pues se trata de la herramienta que va a proporcionar al escritor los recursos estilísticos que le permitan el tratamiento expresivo de los temas que aborda. Y sí, creo que el escritor debe tener una peculiar manera de mirar la realidad.

Rimbaud hablaba de “la visión instantánea que nos hace descubrir lo desconocido, no en una lejana tierra incógnita, sino en el corazón mismo de lo inmediato”. A los autores con frecuencia nos asalta el chispazo creador a partir de objetos y situaciones cotidianas en los que, de pronto, percibimos su facultad de encarnar los atributos de lo trascendente. Hay que estar atento, pues la mayor parte de nuestras vidas discurre rodeada de “espacios ordinarios”, con lo que, si de verdad queremos escribir sobre lo extraordinario –es decir, sobre lo trascendente– no nos queda más remedio que abrir bien los ojos para detectarlo.

En eso, además de sentarse ante el ordenador para teclear una historia, consiste el oficio de escritor. En la curiosidad. En mantener viva la perplejidad ante lo que nos rodea, por muy vulgar u ordinario que parezca a primera vista.

Hablas varios idiomas, entre ellos ruso; te casaste con un alemán y con él hablas en inglés y, sin embargo, eliges leer en español, ¿por qué?

Es verdad que la lectura acapara la mayor parte de mi tiempo libre; también es cierto que casi siempre leo en español, incluso traducciones de obras cuyo idioma original conozco. La razón de ello tiene que ver con el hecho de que mi vida diaria se desarrolle en varios idiomas distintos, por lo que muy a menudo temo que mi lengua materna termine por resentirse, contagiada por la sintaxis o el vocabulario de los otros idiomas en los que me expreso.

Necesito no perder la “música” del español, y la mejor manera de lograrlo es leyendo, creo es fundamental hacer del idioma un aliado. El uso adecuado del lenguaje es algo a lo que presto una atención obsesiva, tanto cuando leo como cuando escribo. Me entristece observar el envilecimiento progresivo del lenguaje, incluso por escrito; el descuido de algunos medios de comunicación, la desidia de algunas editoriales, el desdén del público, que ya no valora las virtudes de la ortografía o la gramática, por no hablar de la cadencia y la armonía interna de un texto. Pienso que los autores tenemos una responsabilidad añadida; la lengua es nuestro instrumento de trabajo.

Tienes personajes víctimas del Holocausto, como en la narración Tripofobia o de guerras civiles como en La mujer promiscua. Tu novela El legado de la misión Iwakura se ancla en pasajes históricos, así como la novela juvenil La edad de la anestesia; citas a personajes de la historia, aunque haces referencia a temas tan contemporáneos como la epigenética. El contexto histórico real es muy relevante en tu ficción...

Así es. El leer libros de historia es una de mis aficiones, y esa inclinación se deja ver en casi toda mi narrativa. Si me paro a pensar, me doy cuenta de que todas mis novelas –y muchas de mis narraciones cortas– han sido inducidas por un hecho histórico del que he tenido noticia.

Me gusta dar vueltas a un acontecimiento del pasado que, en un momento dado, me llama la atención. Con frecuencia se trata de pasajes poco conocidos de la historia, y lo que me interesa explorar, cuando escribo sobre ellos, es cómo esos hechos nimios del pasado, casi olvidados por el historiador, tienen la fuerza de incidir en el presente, en el destino concreto de personas concretas.

La ficción me ofrece la posibilidad de acercar al lector a las pequeñas historias, las minúsculas, a detalles acaso irrelevantes para el historiador, pero que laten por debajo de los grandes acontecimientos y que creo que resultan significativos para que el lector adquiera una educación emocional sobre el pasado.

Como señalas, el pasado aparece irremediablemente entretejido con el presente –precisamente eso es lo que me interesa explorar– y el contexto actual es muy relevante en mis temáticas. En la novela Y serán felices, por ejemplo, parto de un hecho histórico: el intercambio epistolar, con fines propagandistas, que mantuvo Hitler durante algunos años con la niña Bernile, y, a partir de ese hecho real que recreo en la novela, trato de iluminar una parcela del presente: la ausencia de pensamiento crítico en la era digital, la manipulación de la voluntad y el avasallamiento de la libertad por parte del poder cuando es ejercido de manera abusiva.

Las madres pueden causar grandes dolores en los hijos al exponer sus errores, como en Soledad de extrarradio, Felice cuenta, o La entrada al país de los demonios. ¿Por qué es importante mostrar que las madres somos seres imperfectos? ¿Es un tema con el que te sientes especialmente identificada?

Hay hechos o situaciones que me colocan en “estado de escritura” porque están impregnados de mi personalidad, de mi perplejidad, de mi miedo o de mi culpa o lo que sea que genera la necesidad de contarlo: ahí es donde reside el trasfondo y la trascendencia de lo narrado. Tal vez esa “desmitificación del papel materno tradicional” sea uno de esos disparaderos de mi escritura; un psicoanalista nombraría algún tipo de conflicto irresuelto que trato de conjurar por medio de la literatura.

No sé si es tan simple. Como madre y como hija, me interesa indagar en el rol de la mujer ante la maternidad, sí, pero el detalle autobiográfico es, en mi caso, apenas un chispazo, un destello que pone en marcha la maquinaria imaginativa con la que levanto la obra. No hay que leer mis novelas –ni las de nadie– o encarar sus personajes pensando que traslucen fielmente detalles de mi vida privada o que reproducen experiencias vividas por mí. De hecho, creo que es un error que tendemos a cometer cuando conocemos personalmente al autor de lo que leemos.

Tienes una capacidad extraordinaria para describir. Algunas narraciones son magistrales precisamente por ese detalle descriptivo de escenarios, personajes, situaciones, pensamientos, o gestos...

Procuro cuidar la rigurosa y eficaz utilización del lenguaje, el que cada palabra ocupe su posición exacta y logre crear el efecto requerido en el lector. Busco sin tregua el registro preciso con el que ha de ser contada cada historia concreta y persigo la musicalidad de cada frase.

Todo ello tiene una razón de ser: pienso que el secreto de un buen cuento no hay que buscarlo en lo que narra, sino en el modo en que ese hecho narrado resulta elocuente. Para ello es esencial la utilización de los recursos estilísticos apropiados. Se trata de conseguir ese secuestro momentáneo del lector al que se refería Coleridge, lo que él llamaba “la suspensión de la incredulidad”, es decir, la creación de una atmosfera que obligue al lector a dejar de lado su percepción de la realidad y a adentrarse en la ficción propuesta por el autor, que lo incite a creerse lo que está leyendo.

Para ello yo me valgo de lo que llamo la “escritura con relieve”: trato de dotar a los objetos de cualidades físicas que resuenen en la mente del lector, que lo lleven casi a visualizarlo, a olerlo, a sentir su tacto. Con ello estoy trayendo al lector a mi terreno, lo estoy haciendo pasar al otro lado, al de la ficción, estoy haciendo que se instale en el cuento.

Para terminar, les ha tocado un tiempo muy difícil en Bolivia; los hechos políticos de octubre de 2019, la cuarentena rígida por el Covid-19, ¿qué recuerdos se llevan del país?

Es cierto que la situación política primero, y más tarde la parálisis que impuso la pandemia, condicionó durante los primeros meses mi estancia en el país. Pero, por fortuna, después he tenido la oportunidad de viajar extensamente por estas hermosísimas tierras y atesoro en mi memoria infinidad de paisajes que literalmente me cortaron el aliento.

Una de las experiencias más entrañables ha sido asistir este año al Festival de Música Barroca de Chiquitania: la pasión con que los más jóvenes interpretan la música barroca resulta conmovedora. Durante los días del festival, políticos y autoridades de todas las tendencias compartían en amigable armonía el gozo y la celebración que procura la música, y, al presenciarlo, uno concebía la esperanza de que Bolivia encuentre el camino para superar el conflicto y la confrontación que ha caracterizado buena parte de mi estancia en el país. Ojalá sea así.

“El leer libros de historia es una de mis aficiones, y esa inclinación se deja ver en casi toda mi narrativa. Todas mis novelas han sido inducidas por un hecho histórico”.

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