Arte

La importancia histórica del salón Pedro Domingo Murillo

La continuidad del certamen artístico de mayor importancia en Bolivia se encuentra en vilo. Las autoridades y el sector artístico guardan un silencio alarmante, dice el autor.

Letra Siete
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La Paz - domingo, 26 de junio de 2022 - 5:00

En el más absoluto silencio la alcaldía de La Paz ha venido postergando por varios meses la publicación de la convocatoria al salón municipal Pedro Domingo Murillo, el certamen artístico de mayor importancia en el país que este año debería haber alcanzado su versión número 69.

No es el único certamen que la gestión de Iván Arias ha puesto en la congeladora o ha decido eliminar permanentemente. A la fecha tampoco se ha sabido nada de las convocatorias a los concursos municipales de literatura, teatro, fotografía, composición musical, audiovisual, danza y otras disciplinas artísticas.

Con estas medidas se atenta no solamente contra miles de artistas y creadores de todo el país que encontraban en los concursos una legítima fuente de ingresos basada en la competencia de sus habilidades y méritos, sino que también se atenta contra el mismo ejercicio artístico y su desarrollo en Bolivia.

El municipio paceño falla, entonces, doblemente: a los artistas y a las artes. Y lo hace ante la pasividad de la comunidad artística nacional que seguramente ha olvidado la importancia y la tradición de muchos de sus eventos artísticos o que, por alguna misteriosa razón, parece no precisar en este contexto postpandemia de los fondos económicos que los premios de estos concursos representan.

Así, ante esta arremetida municipal contra las artes, y ante la pasividad subsecuente del sector artístico, en lo que sigue se propone un recordatorio sobre la importancia histórica del Salón Murillo, ejercicio que podría replicarse para los demás concursos cancelados en sus respectivas disciplinas.

El salón municipal Pedro Domingo Murillo surgió a inicios de la década de 1950 en un contexto político y social de fomento a la cultura y las artes adscrito a la ideología nacionalista de la época. En este periodo de conformación de lo que vendría a entenderse como una “cultura nacional” fueron de suma importancia las acciones asumidas por el gobierno del MNR desde la alcaldía de La Paz.

Efectivamente, en estos años se crearía la Dirección Municipal de Cultura desde donde se asumirían políticas y acciones determinantes para las siguientes décadas como la creación de la Biblioteca Paceña, la creación de la revista municipal de artes y letras Khana, la realización de exposiciones anuales de arte popular y artesanías indígenas y la efectiva proyección de un “museo de la cultura boliviana” destinado a reunir las artes mayores y menores producidas en distintos periodos históricos en nuestro país.

De estas acciones la más concreta y duradera fue la creación de este salón, cuya primera versión fue inaugurada el 14 de julio de 1953. Se pretendía emular una práctica academicista instaurada casi dos siglos antes Europa en boga a mediados de siglo en las principales capitales latinoamericanas: promover, mediante la dotación de premios estatales, la competición abierta en las disciplinas tradicionales de las bellas artes.

Coincidiendo cronológicamente con un periodo de conformación de un “arte nacional” por parte de la posteriormente conocida como Generación del 52, el Salón Murillo se consolidó pronto como el evento artístico más importante del país. Según certifican sendamente los historiadores del arte Rigoberto Villarroel y Pedro Querejazu, desde su inicio el certamen se realizó en un ambiente de independencia, apertura intelectual y respeto a la creación artística. En este entendido, el certamen también permitió la visibilización de la diversidad de la estilos y tendencias característicos de un arte boliviano que a mediados del siglo XX asumía bastante tarde los lenguajes de las vanguardias artísticas y que, en tiempo después, se vería obligada a incorporarse sobre la marcha a las últimas corrientes.

En la práctica, “el Pedro” se estableció en sus primeras décadas como un premio consagratorio habiendo sido otorgado a artistas como María Luisa Pacheco, Enrique Arnal, Antonio Mariaca, Alfredo La Placa, Luis Zilveti, María Esther Ballivián, entre muchos otros, que durante la segunda mitad del siglo XX ingresarían por la puerta grande en la historia del arte boliviano. Su prestigio se vio respaldado posteriormente con la premiación de grandes figuras ya consagradas como Ricardo Pérez Alcalá y Gildaro Antezana, así como con la premiación de artistas pertenecientes a nuevas generaciones, como Roberto Valcárcel, Javier Fernández, Giomar Mesa, Mario Conde y Francine Secretan.

También permitió la paulatina creación de una pinacoteca municipal conformada por las obras ganadoras del concurso, única colección pública del país que puede competir en nombres, calidad de obras y representatividad del arte boliviano con la del Museo Nacional de Arte.

A pesar de todos estos antecedentes, también es cierto que desde hace más de 20 años que este certamen se encuentra sumido en un estancamiento del cual ha dado cuenta la crítica especializada, y que ha llegado a ser tan evidente en los últimos años que los mismos artistas participantes lo reconocen a voces. Para evidenciar esta crisis basta revisar las críticas a sus versiones de las últimas décadas en las que se evidencian una y otra vez cuestionamientos al nivel técnico de las obras participantes o la absoluta carencia de originalidad y discurso en sus propuestas. Muchos de estos cuestionamientos tienen que ver asimismo con aspectos organizativos fundamentales del certamen, cuya convocatoria se ha actualizado muy poco.

A estos cuestionamientos se suma además la casi nula importancia que “el Pedro” ha tenido en las últimas décadas por fuera de los ámbitos artísticos.

Con todo, para los aficionados y los estudiosos de las artes, el certamen continúa siendo una suerte de termómetro certero del desarrollo de las artes en Bolivia, poniendo en evidencia tanto sus anacronismos como el surgimiento de jóvenes y prometedores valores. Del mismo modo, debe aceptarse que la importancia que tiene dentro de la comunidad artística nacional –especialmente aquella avocada a la aplicación de lenguajes academicistas a temáticas locales– se ha conservado intacta como certificación de las capacidades técnicas de sus ganadores.

La virtual cancelación del Salón Murillo no debiera ser aceptada con tanta indiferencia por el medio cultural nacional.

“Se pretendía promover, mediante la dotación de premios estatales, la competición abierta en las disciplinas tradicionales de las bellas artes”.

Reynaldo J. González / Artista e investigador en artes

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