Teatro

Las Kory Warmis,
sanadoras de corazones

Todas las historias que interpretan en las tablas fueron parte de sus vidas. “Han descubierto el teatro y son felices, ya no solo venden, también son artistas”, dice su directora Erika Andia.

Letra Siete
Por 
La Paz - domingo, 05 de junio de 2022 - 5:00

Las palabras de Erika Andia son una caricia que no sabíamos que necesitábamos. La fuerza de su voz se siente cuando actúa, pero hoy nuestra charla no es sobre ella, es sobre el elenco que dirige. Es sobre las heridas que tenemos y que se abren más cuando conversamos sobre la violencia contra las mujeres.

Si esos dolores se agudizan es porque sabemos, para bien y para mal, que ninguna herida se cura con verla y menos con el tiempo, sino con la acción de enfrentarla. Cuando vemos una cicatriz sabemos que está ahí porque algo ha sanado. Así es el teatro que Erika propició con las Kory Warmis, elenco de mujeres, la mayoría comerciantes. Un teatro que las curó.

Erika es actriz y directora de la Casa Mágica. Este es un lugar que físicamente está en el centro paceño, pero una vez dentro es como haber viajado en el tiempo; una época donde la violencia de género ya no es socapada. Allá todo está cargado de esperanzas pese a lo difícil de las tareas. La magia empezó con un taller que debió durar solo cinco meses y terminó en un elenco de 23 personas incluyendo al equipo técnico.

La mayoría de los bolivianos conoció a Erika por su participación en la película ¿Quién mató a la llamita blanca? Su personaje fue un éxito en las salas de cine de Bolivia. Eso fue una ventaja, pues las mujeres que llegaron a su taller se acercaron contentas a una actriz de renombre. Ellas pasaron a ser las actrices ahora.

Entre sus bultos de mercado y mercancías ataron también al reloj para tener el tiempo de asistir a las sesiones teatrales. Sí, claro que hay que vender las chompas en la feria, preparar el queso para vender en la ciudad, lavar la ropa de los hijos, coser las polleras, tejer, cocinar... todo.

¿A qué hora curamos nuestras almas? Algunas nunca llegan a tener ese tiempo y se van víctimas de la violencia machista, del odio, del deseo de someterlas y la triste herencia de creer que por ser mujer todo está predestinado a ser un suplicio. Como si la vida no fuera reír, saltar, bailar y caminar sin temor al ataque.

Para este equipo fue inevitable pasar por el umbral del dolor. Todas las historias que ellas interpretan fueron parte de sus vidas. Los más de 100 feminicidios por año, las más de 46 mil mujeres denunciando a sus parejas, todo eso está pasando y también les estaba pasando a ellas. El teatro sirvió de terapia, se convirtió en una pasión y hoy es un trabajo.

“El teatro, sana. Se llega a catarsis de llanto, de emoción y después de sacar el dolor que llevas dentro y lo llevas a escena es porque ahí realmente has sanado. Son historias de mujeres que se han caído, pero no se dejaron vencer. Ellas se han descubierto en el teatro y son felices, ya no solo venden también son artistas”, explica su directora.

Las Kory Warmis, mujeres de oro en aymara, llevaron esas cargas desde sus casas hasta las tablas del teatro y funcionó. El grupo está especializado en obras sobre la violencia, interpretan situaciones que todas las mujeres hemos vivido en algún momento, pero también muestran la carga de las personas adultas mayores, de niños, niñas y de hombres a quienes buscan interpelar.

El éxito las persiguió porque tras cada función encontraban a otras mujeres de oro que no eran actrices, pero que entendían ese dolor de ser violentadas. Kusisita fue su primer trabajo.

El dinero de las entradas sirvió para continuar con el proyecto, pero con los años también fueron convocadas para presentarse en colegios, municipios, otros departamentos y así llegaron a festivales de teatro como el de Cuzco, Perú. Para el siguiente año estarán en Santiago, Chile, un anhelo que tuvo que esperar porque la pandemia frenó sus presentaciones.

En el baúl de los recuerdos, la función que dieron en el municipio de Peñas marca un antes y después de su carrera artística y como activistas contra la violencia. Actuaron en aymara frente a diferentes autoridades, y por autoridades entendemos a hombres. Frente a ellos denunciaron el daño que se hace a una mujer con la palabra, los golpes o incluso la indiferencia. Semanas después de esa presentación, el concejo de Peñas promulgó la ley municipal para el desarrollo integral de la primera infancia y la ley para erradicar la violencia.

Hace poco también participaron en el Festival Internacional de Teatro de La Paz (FITAZ). Feliz, Erika Andia dice que este fue otro logro para ellas al saberse como un elenco profesional. La invitación que les hizo Maritza Wilde las honró. Ni pasatiempo, ni grupo amateur, las Kory Warmis fueron parte de una cartelera de lujo.

“El arte nos permite educar hombres y mujeres más sensibles. Que el Estado, que el municipio inviertan en arte”, dice la directora en una entrevista de promoción. 15 mujeres actuaron en el Teatro Raúl Salmón de la Barra en El Alto. Cuando el telón cayó, cayeron también muchas lágrimas de los asistentes.

Erika recuerda a unos jóvenes que las esperaron al salir para agradecerles su trabajo y decirles que ellos no serían violentos con las mujeres.

La obra Deja Vu se vio en el escenario del Nuna. Una boda da inicio al suplicio de una pareja que entre bebidas alcohólicas pasa una noche de nupcias con insultos, golpes y reproches. El público, donde estoy ahora, sabe que nada de lo que vemos es ficticio. Por eso el dolor es mayor.

Entre las escenas vemos la pelea de dos familias, que por apellidos entienden rivalidades, competencia y la prohibición de amistades entre los hijos. Más adelante, una quinceañera que es presentada en sociedad. La lista de sus deseos de vida no se parece en nada a la lista de tareas que le imponen, como sonreír aún si en su corazón llueve.

Luego veremos a una madre acompañada de todos sus hijos en una fiesta en su honor, pero sola, porque ninguno cuida de sus sentimientos. Los regalos, como una escoba o una plancha son otra crítica arrojada al público. Las niñas, que actúan jugando a las muñecas, reproducen en sus juguetes lo que viven con las madres de esta obra. Insultos, golpes y desprecio.

Otro espacio está reservado para contar lo que ocurre con un hijo gay. El enorme vacío que queda cuando su padre lo desprecia, la decisión funesta y el arrepentimiento del progenitor. La pareja del inicio protagoniza una escena de sangre. Esa boda llena de violencia acaba en un feminicidio, una niña huérfana y la sensación de que eso pudo evitarse. Se trata de decirle a los asistentes que tanto suplicio puede cambiar.

Las mensajeras que más tiempo llevan en el elenco son Gumercinda Mamani, María Paz, Carmen Araníbar y Carmen Mamani. Ellas suelen aparecer en videos, pósters y entrevistas en televisión por ser cofundadoras del equipo. De las Kory Warmis se ha dicho mucho y todo cuanto se cuenta apunta siempre a que sus integrantes vencieron a la violencia actuando.

Quizás con más presentaciones de ellas, otros jóvenes, hombres y mujeres esperarán al final de la obra para decir que reconocen sus faltas, las heridas que ocasionaron o las que aún tienen sangrando.

Este es el año de la despatriarcalización, así dice el gobierno. Los encuentros entre autoridades, viajes y publicidad pueden dar buenos resultados, pero estoy segura que así de eficientes también son las obras que interpelan. Casi siete minutos de aplauso, llanto contenido y agradecimiento en el Nuna cuando acabó Deja Vu son sólo un ejemplo del impacto que ellas tienen.

Gracias a las Kory Warmis por todo ese esfuerzo.

“¿A qué hora curamos nuestras almas? Algunas nunca llegan a tener ese tiempo y se van víctimas de la violencia machista, del odio, del deseo de someterlas...”.
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