Aullidos de
la calle

Lo natural de la desnaturalización

Una adaptación cinematográfica de la novela “La hija oscura”, que respeta la estructura base de la obra literaria y que tiene su propia personalidad en su versión para el cine.

Letra Siete
Por 
La Paz - domingo, 19 de junio de 2022 - 5:00

La cantante Pink hace poquito declaró que la maternidad la abrumaba y que, a veces, corría al armario de su casa a esconderse para llorar. Y es que, finalmente, en los tiempos que corren se puede asumir públicamente que la maternidad no siempre es esa cosa soñada, satisfactoria, a menudo culposa, donde la madre adopta actitud estoica y guerrera 24/7.

La mamá arquetípica, esa que se sacrificaba y amaba incondicionalmente a su pequeño retoño, ha dado paso a la mamá real, la que tiene muchos más matices. En esa línea, la escritora italiana Elena Ferrante escribió su novela breve La hija oscura (2006). El misterio que rodea a Ferrante (seudónimo utilizado hasta que en el 2016 se afirmó que se trataba de Anita Raja) es sin duda parte del envoltorio de sus trabajos.

En La hija oscura cuenta la historia de Leda, una mujer mayor, divorciada, profesora de literatura y madre de dos hijas. La novela construye con pulso un retrato psicológico de esta mujer en una playa, en plenas vacaciones, sola, que se roba una muñeca. Ese es el puntapié inicial de una serie de revelaciones.

Este año, se estrenó en Netflix la adaptación cinematográfica dirigida por Maggy Gyllenhaal. Gyllenhaal leyó el libro y quedó enamorada de la historia, al punto que en el 2018 se contactó con Ferrante vía mail. Ferrante, fiel a su ostracismo y estilo, le cedió los derechos de su obra con la condición máxima que solo ella dirigiera el trabajo y dio su bendición para que el final sea alterado. ¿El resultado? Una adaptación cinematográfica que respeta la estructura base de la obra literaria y que tiene su propia personalidad en su versión para el cine.

Gyllenhaal escribe y dirige su opera prima muy comprometida. Tuvo el buen ojo de elegir para su papel principal a una gran actriz como Olivia Coleman. Coleman le da vida a la polémica Leda en el relato que temporalmente corresponde al presente, y la actriz Jessie Buckley interpreta a la Leda joven, la que termina tomando decisiones que luego cargará la Leda mayor.

Tanto en la novela como en la película se plantea esa dualidad de profesional-mamá, realización personal-mamá, felicidad propia-mamá, que incluso con las buenas intenciones del trabajo de Ferrante o el de Gyllenhaal resulta maniquea.

Leda es testigo de las vivencias de una numerosa familia que coincide con ella en la playa en la que vacaciona. Entra en escena el personaje de Nina, encarnado por Dakota Jhonson. Nina es como una nueva versión de Leda, o así parece vivirlo Leda. Nina es joven, tiene una niña pequeña, una relación tóxica, y luce sobrepasada por su hija y la vida familiar. Es gracias a su encuentro con Nina que Leda rememora periodos de su juventud en los que la vemos a ella misma con dificultades para lidiar con sus hijas.

En alguna parte del libro y de la película, Leda afirma que ella es una mamá desnaturalizada, sus actos anti-naturales o a contra norma se extienden a su esposo al que le es infiel, a la familia a la que le roba la muñeca sin motivo alguno, a la relación con Nina, a su negación a mover la silla de la playa, no, no es la maternidad o su poco apego a ella lo que define el personaje de Leda, y es quizás eso lo que queda faltando explorar un poco más en la versión cinematográfica.

Sin embargo, hay cosas que quedan claras como el sol de la mañana: que no está bien y que no es feliz. Eso podría dar pie a múltiples interpretaciones: ¿es producto de la culpa por no haber elegido a sus hijas por encima de su “realización personal”?; ¿es producto de que la realización personal no alcanzó las cimas que ella hubiera deseado?; ¿es producto de la vida, ese tren que nos lleva a varias estaciones y que en la vejez nos deja en la del “qué hubiera pasado si...?”

Lo mejor del trabajo de Maggy Gyllenhaal como directora es ese tono autoral de su propuesta, ese clima de cine que reflexiona y que no necesita de mayores artificios que los de apoyarse en su historia. La historia es potente, aunque en el clímax se desinfle como un globo y tenga escenas tontas y efectistas (en versión papel y cine) como la del apuñalamiento.

La hija oscura es una opera prima que funciona, le sobran algunos minutos, pero esos minutos extras no terminan perturbando el resultado global. Cuenta con un gran grupo de actores, una hermosa fotografía de la francesa Hélène Louvart y ese algo intangible que traspasa la pantalla y consigue hacerte cómplice de lo que te relata.

En el final de la novela, Leda llega a decir: Estoy muerta, pero bien. En el final, alterado por Gyllenhaal, la frase no es necesaria...

“Lo mejor del trabajo de Maggy Gyllenhaal es ese clima de cine que reflexiona y que no necesita de mayores artificios que los de apoyarse en su historia”.
“Lo mejor del trabajo de Maggy Gyllenhaal es ese clima de cine que reflexiona y que no necesita de mayores artificios que los de apoyarse en su historia”.

Mónica Heinrich V. / Reseñista y cinéfila de corazón

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