Poesía

Lo real imaginario en
Julio de la Vega

Su obra poética está nutrida de experiencias y hallazgos expresivos que en general nos hablan a la sensibilidad al margen de la lógica. Poesía de verdades, reseña la autora.

Letra Siete
Por 
La Paz - domingo, 25 de septiembre de 2022 - 5:00

La obra de Julio de la Vega se posesiona en un conjunto literario de robusta base. Escritor polifacético cuya palabra transita por la poesía, novela, teatro, periodismo y crítica de arte, cine y literatura. Por un proceso de decantación nos quedamos con la poesía; al respecto citamos algunos de sus poemarios: Amplificación temática (1957), Temporada de líquenes (1960), Poemario de exaltaciones (Premio Franz Tamayo, 1966). Vigorosa cantera poética cargada de poderosas esencias telúrico, sociales, existenciales que provocan al espíritu del hombre en el espacio y el tiempo.

El ejercicio poético de Julio de la Vega se fue nutriendo de a poco de la intensa experiencia humana vivida, expresada en versos de amplio registro estrófico, donde se percibe las más sólidas virtudes de la tradición clásica como la del surrealismo, revelando lo real imaginario en la atmósfera que emana de su poesía. Como preocupación temática está la naturaleza exótica –socialmente problemática y hundida en contradicciones–, el amor, la esperanza a la libertad del derecho y cuándo, no la muerte en constante desazón.

Veamos:

Hombre y medio. Consubstanciación del ser y la naturaleza. En versos de plenitud generosa aborda el paisaje humanizándolo como convicción de pertenencia telúrica: los cerros son la raza eterna, /los cerros son los incas redivivos,/ de cara al sol y ante la lluvia y lo llovido/ para ellos niega todos sus cantos el olvido. (Paisaje y Suite de la Patria) .

El latir poético abarca la geografía del suelo boliviano, tan distinta, tan única pero siempre unida a la realidad social del habitante: Con aguas en la fiebre,/igual que panes para el hombre pobre/y como una choza ansiada en la distancia/ así es el árbol en el altiplano.

Mirada de abarcadora complacencia. Mirada poética que pasea ya por el árido e inmenso altiplano o por la exuberante bondad del paisaje sujeto a la tibia cintura valluna entre chilijchis, ulalas: Está la ulala y su sencilla estirpe/ y está el chillijchi con sus lagrimones.

Los versos no se detienen en una égloga al paisaje, sino que avanzan en tiempo y espacio a través de la reminiscencia de animales y objetos que describen una historia: Sobre los bueyes desteñidos/ hay un dolor de siglos,/y el carretero canta para aliviar la yunta/ así los bueyes olvidando el yugo,/ arrastran tiempo y carretón/ a los países del olvido.

En Trópico pobre su inspiración lo lleva a humanizar el paisaje como naturaleza-hembra-mujer. De los versos brota un vaho sensorial, sugestivo, cálido: Como en su primer alba es rubia/ es rubia por dentro y en los vellos/ desde el occipital hasta la pelvis/ y tiene el pubis como trigal ardiendo.... Es rubia en el cañaveral de su cadera/ y su cintura es un anillo de oro.

Aquí las imágenes de delicado erotismo son el encuentro con la mística sensual de la naturaleza. La subjetividad del poeta recoge los matices de la abundante y ondeante vegetación con sus fondos verdeantes, húmedos, agoreros, sus cielos agobiados o azules. Sin embargo, para Julio de la Vega la naturaleza no solo es un paisajismo sentimental, es un un chaparrón de la historia/ lluvia a torrentes relatando misterios. Reiteramos, para el poeta el paisaje muestra una realidad profunda donde están sus perfiles de raza y pueblo , sus circunstancias histórico-sociales. El arrabal humano/ y los cuatro costados de la miseria/ lo amamantaron; / y creció como un cardo cualquiera/ pero con luz/.

El poet, sintiéndose hijo legítimo de su amado trópico, tierra que lo habita en plenitud encuentra la esencia de su heredad. Así lo expresa: Reencuentro sinfónico del hombre y su trópico. Aquí la selva me penetra/ mis brazos son ramas/soy una cabaña de madera rústica/ techada con hojas de palmera/ con todas las urgencias habitándome.

La invención creadora está nutrida por la vitalidad de la metáfora sostenida. Versos de ritmo sonoro que son testimonio del conocimiento y sensibilidad musical que tiene el poeta: alegros, molto vivace, sinfonías, rondó... alternan la serenidad cadenciosa con la rebeldía que subyace en los poemas.

El quehacer poético de Julio de la Vega demuestra una faena resuelta y definida donde encontramos una armonía en los totales. Obra de renovadas tendencias poéticas dentro de la segunda Gesta Bárbara.

Ese espíritu innovador, inconforme, transgresor e insurgente en esa realidad demasiado lógica para el dolor, encuentra en el surrealismo de André Bretón el verbo nuevo de viejas raíces: La razón desbocada/el equilibrio roto como vidrio molesto/... como alga soltada de sus anclas marinas/ igual que un pez que sube /a desvestirse de agua.
(Homenaje a André Bretón)

Sabemos que el surrealismo ha sigo generador de literatura y arte nuevo en el siglo XX. Decía Bretón que se debía unir la poesía con la revolución para cambiar el mundo y así, lo confirmaron los precursores Rimbaud.

En su quehacer literario, de la Vega no busca un lenguaje de expresiones forzadas; fluye en forma natural. Cada palabra se halla vinculada a su posesión frente a la realidad desde donde se proyectan los temas eternos que preocupan al hombr en decidida consecuencia con su compromiso humano: / ¿Qué noche de Walkirias han nacido?/ qué brujo/qué fauno desbordado en qué momento/ escribió sobre sus rubios vientres/ el amor sin amor, como castigo?
(Las prostitutas de París).

Como no podía ser de otra manera, surge su poesía social. Con ternura e indignación denuncia la explotación de los poderosos. Sin pesimismo demuestra su solidaridad con la condición y el dolor del otro:

Que me permitan caminar la noche / porque es lo mismo que caminar la vida/ y amanecer por todos los poblados/ hollando las bahías/ inscribiendo las cumbres/y cuando arañe las fronteras/ me encuentre ante cortinas de papel. (Canción de los derechos humanos).

Esta es la voluntad de afirmar al hombre en su derecho de ocupar el mundo. Derecho del hombre de habitar en el mundo sin fronteras, sin ideologías ni colores. El poeta pide: luz para todos/cuando mire el católico o mire el sionista/ y cuando mire un hombre equivocado/ no toquen las espaldas a su equívoco.

En la lucidez dolorosa de los poemas sociales subyace una intransferible verdad que la podemos sintetizar en una palabra: esperanza. No es posible la justicia, la libertad y el derecho sino desde su ausencia. Julio de la Vega parece decirnos que la función social del poeta debe armonizar individuo y sociedad, individuo y naturaleza entre Dios y el pueblo.

La obra poética de Julio de la Vega está nutrida de experiencias y hallazgos expresivos que en general nos hablan a la sensibilidad al margen de la lógica. Poesía de verdades, de honda emoción que en última instancia es la palpitación misma de la sangre del poeta.

“La subjetividad del poeta recoge los matices de la abundante y ondeante vegetación con sus fondos verdeantes, húmedos, agoreros, sus cielos agobiados o azules”.

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