Teatro

Palmasola, las miserias de la cárcel saltan al escenario

La obra de teatro “Palmasola” es dura e injusta, quizá como algunos de los rostros de la vida misma; y sí, vale la pena narrar qué es lo que sucede cuando Dios toma vacaciones.

Letra Siete
Redacción Diario Página Siete
Por 
La Paz - domingo, 15 de mayo de 2022 - 5:00

El 14 de marzo de 2018 Dios no estaba de guardia en la cárcel de Palmasola, había pedido vacaciones. Aquella jornada los reos de la prisión cruceña decidieron enfrentar a los policías y luchar por lo que consideraban sus derechos... era obvio que iban a perder la batalla, ¿acaso se respetan los derechos en la cárcel?, ¿en la sociedad misma? Aquel amanecer, siete reos murieron.

Efectivos de la Policía los humillaron al caminar sobre las rendidas presas del enfrentamiento. Horas después los líderes del penal fueron llevados a otras cárceles del país, pocos meses pasaron y éstos fueron asesinados: venganza es el plato que no siempre se sirve frío. Y sí, de acá en adelante se hará un recuento de la pieza Palmasola, aquella puesta en escena que levanta roncha y causa escozor por donde pasa. Y sí, esta nota estará llena de spoliers. Entonces ya sabes a lo que te atienes.

La obra de teatro Palmasola es dura e injusta, quizá como algunos de los rostros de la vida misma. La primera lectura es que se trata de una reproducción del penal cruceño. Desde la entrada al escenario (ambientado en la parte baja de la Cinemateca Boliviana en su presentación en la ciudad de La Paz) un policía sella con fuerza los antebrazos de los visitantes. A voz en cuello prohíbe el uso de celulares, pero tanto en la obra como en la cárcel de Palmasola todos encienden sus teléfonos móviles. ¿Hacer caso de las reglas? ¿Para qué?

Nicola Fritzen, un actor alemán hace el papel de un gringo suizo, da lo mismo porque todos los gringos se parecen para nosotros. El extranjero habla con el público a la entrada del salón principal mientras está rodeado de tres presos de Palmasola que tienen el rostro fiero, a veces miran al gringo y en otras ocasiones ven al público. El suizo cuenta cómo deseó conseguir “dinero fácil”. Se trataba de algo tan simple como consumir droga en cápsulas de condones, viajar en avión, y luego depositar la mercancía en manos de los narcos al otro lado del continente.

Pero fue detenido en el aeropuerto de El Alto porque en el cuerpo tenía impregnado el olor de la marihuana de unos vecinos. Su relato está lleno de verdad y la verdad a veces es miserable, y encima no falta quien se ríe entre el público cuando él cuenta que debe cagar en un balde y que por esa ilusión de ganar dinero (quien está sentado leyendo o escribiendo ahora mismo puede llamarle ambición a la ilusión) el gringo ha arruinado su vida.

Es el principio del fin, como dirían los Ángeles del Infierno. De la libertad y el sueño de tener dinero fácil, el gringo llega a la prisión ubicada a más de media hora del centro de Santa Cruz de la Sierra y a un siglo de las calles de la esperanza. Acá su rol central va perdiendo brillo y los presos de Palmasola se hacen cargo, uno a otro, de la situación. Jorge Antonio Arias, Omar Callisaya y Marioly Urzagaste demuestran por qué los seres humanos somos tan proclives a la maldad. Entre paréntesis: (el gran escritor argentino Roberto Arlt se hubiera deleitado con estas actuaciones que muestran por qué en vez de elegir el bien se elige el otro camino).

Detrás de las historias de los presos hay explicaciones, justificaciones de su actuar y cicatrices que siguen sangrando. Son hijos que no ven a sus madres, mujeres que no llegaron a ser madres. Todo en un ambiente lleno de corrupción. Estalla un grito: “Nosotros no somos unos angelitos”. Los gritos de Palmasola pueden salir de la boca de un preso o estar pintados en los grafitis de calles sin justicia. Como esa frase inolvidable de la obra: “Dios no está, ha pedido vacaciones para hoy”.

Y cuando los mortales nos hacemos cargo de la realidad pasa lo que pasa en Palmasola, con escenas inolvidables, como cuando torturan al gringo casi desnudo en el frío garaje de la Cinemateca. El hombre se pone rojo de dolor y los golpes que recibe nos hieren –y eso que nosotros somos simples espectadores– porque no hay piedad y debe aguantar hasta el límite de sus fuerzas. Menos mal que a su lado tiene a dos policías que custodian ¿Menos mal?

Hasta que él se pone de pie y la víctima adopta los gestos del victimador. Entonces todo es una rueda que comienza a girar con la represión policial, lo que estaba abajo va arriba y viceversa. Porque la venganza no solo es un plato caliente, también es un plato que se come una y otra vez.

En medio de gritos, a las cuatro de la madrugada del 14 de marzo de 2018 la Policía intervino Palmasola para ponerle un alto a la corrupción liderada por los presos. El reo líder, más conocido como Otti, era el dueño y señor de aquel villorrio donde días antes del 14 de marzo un recluso violó a una niña en el espacio denominado Régimen Abierto. Allí había (¿había?) un engranaje de dinero que funcionaba según la voluntad del amo prisionero. Se pedía plata incluso por el ingreso de comida al penal; en tanto que el comercio de droga tenía también a un mismo Ottidueño.

La Policía llegó a liberar a los presos que en principio dieron batalla, luego algunos quisieron huir. Al final los agentes del orden hicieron respetar sus armas y el uniforme. Otra frase de ficción que se deja libre en la obra: “La Policía se respeta”. Cuando por fin se respira algo de tranquilidad, se escucha otra frase que como un boomerang: “Palmasola sigue siendo una máquina se hacer dinero, choco”.

Antes de poner en escena Palmasola hubo un trabajo de documentación sobre lo que sucede en el penal. Ninguna frase de la pieza teatral quedó libre. Como un rompecabezas, la obra encaja en la realidad y al revés. Incluso queda como corolario aquel grafiti escrito en la cárcel cruceña: “Humildad que la vida da muchas vueltas”.

Las miserias de Palmasola fueron exitosamente puestas en escenarios de Suiza, Alemania, Santa Cruz, Cochabamba y en el Festival Internacional de Teatro de La Paz, que concluye hoy. Cuenta con una producción de lujo (por ejemplo un jeep entra en escena y deja los faros encendidos) para contar pobrezas humanas... eso sí, no se trata de pornomiseria, ni juega con frases hechas; en todo caso nos abre los ojos ante esta realidad que se repite en El Abra, San Pedro y otros reclusorios. Los espectadores están en el escenario y no se quedan quietos, deben luchar (¿luchar?) por conseguir un buen lugar para ver la obra. Como en la cárcel, solo los privilegiados, están en la primera fila.

Sin embargo, al acabar esta pieza es necesario preguntar: ¿Vale la pena mostrar tanta escena de dolor, golpes, torturas y demás? Sí, sí y sí, vale la pena narrar qué es lo que sucede cuando Dios toma vacaciones.

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