Controversia

Paz, Rulfo y las izquierdas

Con el trasfondo de la izquierda latinoamericana de hace pocas décadas, el distanciamiento entre las figuras de Octavio Paz y Juan Rulfo.

Letra Siete
Juan Cristóbal Mac Lean E.
Por 
La Paz - domingo, 02 de octubre de 2022 - 5:00

Las ideas políticas no son inocentes. Lo que a alguien se le ocurre en su alcoba de pronto desencadena terremotos en sociedades enteras, por cierto que ya sensibles para dar cabida a sus ruminaciones.

Hace ya casi dos siglos que prevenía de ello alguien que sabía desconfiar del poder en ejercicio como del poder de las ideas: Heinrich Heine, que también fue, entre muchas cosas más, el primer cronista e intelectual independiente. El que fuera amigo de Marx en París y en su momento el poeta más conocido y querido de Europa, dijo algo que no debiera olvidarse:

“Anótense esto, orgullosos hombres de acción: no sois más que peones inconscientes de los hombres del pensamiento, los cuales, en humilde silencio, han predeterminado a menudo todo vuestro hacer del modo más exacto”.

Que las cogitaciones de una cabeza en situación de poder puedan causar desgracias espantosas, es algo que se puede ilustrar con cientos de ejemplos y de casos. Desde el milenarismo inspirado en el apocalipsis bíblico hasta los discursos de Fidel Castro. Lo que impresiona del caso, inversamente al del poder de las ideas, es el hecho de que éstas, una vez interiorizadas en sus ejecutores y sus fans, se hacen absolutamente inmunes a los hechos, por indudables que fueran estos.

Es decir, las ideas pueden muy bien influir en los hechos, pero éstos, a su vez, se ven incapaces de alterar lo que ellas ya decidieron. Así pasa en las peores dictaduras, latinoamericanas para variar. Lo que ocurre en Nicaragua, Cuba, Venezuela, ya nadie lo puede ocultar ni decir “no sabía”. Pero igual y como desde hace mucho, lo niegan, lo barren bajo la alfombra, aunque hoy la inmensa masa informática que se tiene sobre esas dictaduras ya no permita que nadie finja ignorar ni la magnitud de los desastres en esos países ni su única causa: los propios dictadores.

Pero si ahora ya nadie se escandaliza de que se llame como tirano a un tirano, lo cierto es que, hasta hace poco nomás, hacerlo causaba ofensas continentales y activaba la permanente inquisición contra los impíos, los que se atrevían a dudar de los dogmas revolucionarios, tan sagrados como los de la iglesia.

Para recordarnos todo esto, nada como el apasionante artículo de Guillermo Sheridan: “Octavio Paz y Juan Rulfo, desencontrados”. [1]. Se trata de grandes escritores mexicanos, pero que cualquier interesado en literatura conoce, mientras que, aparte de otras cosas, muchísimos bolivianos vivieron en México, de manera que nada de ese país nos suena ni lejano ni ajeno.

Nos había llegado un poco a todos, seguramente, cierta calidad imaginaria de las figuras en cuestión. Paz llegó a parecer como un príncipe de las letras mexicanas, como un poder en sí mismo y ni qué decir del odio que suscitó entre las izquierdas al atreverse a abjurar de Cuba, mientras sus revistas (Vuelta, Plural), acogían a todos los grandes disidentes de la Europa del este y la Unión Soviética.

Rulfo, en cambio, sin que se sepa mucho de él (nunca volvió a publicar nada, ni siquiera artículos de ocasión), mantenía el aura del silencio virtuoso, cierta telúrica dignidad y se le tenía eterna confianza por haber escritos esas joyas del idioma español pasado por el filtro del habla mexicana.

¿Y cómo llegaron a separarse tanto estos grandes escritores, que inicialmente todos quisieron con fervor?

La narración de Guillermo Sheridan es fidedigna, documentada y expone los hechos con el rigor, podríamos decir, de un historiador o cronista del presente. Las 81 notas a pie de página del artículo atestiguan de la minuciosidad probada, refrendada y objetiva del relato.

Volviendo a esas figuras, yo mismo debo haber releído Pedro Páramo por lo menos más de tres veces. Igual con algunos cuentos del Llano en llamas. Tengo la misma edición de tapa dura de Planeta, 1969, y desde que era niño que la veo, pues primero fue de mi padre. Es parte inextricable de mi vida de lector y, directamente, de la literatura en idioma español, de la que ya es un clásico inapelable.

Es por lo mismo, entonces, que me entero con cierto dolor, con pena, del por demás gris destino que a la larga tuvo Rulfo. Apena verlo convertido en una especie de funcionario decorativo y obsecuente de distintas reparticiones del PRI, con toda la corrupta mala fama política del partido. Lo llevaban, lo traían, lo mostraban, dentro de México y a veces también lo tuvieron asistiendo, “realzando” con su presencia actos protocolarios por todo lado. Le pusieron una casa. Sin que él vuelva a escribir nunca más nada. (“Como decía con malicia José Emilio Pacheco: Rulfo se hacía más y más famoso gracias a los libros que no escribía...”. G.Sh.)

Octavio Paz, en cambio, traductor, crítico y cosmopolita, se convirtió (merecidamente) en toda una estrella. Éxito e independencia intelectual, y el peor de los pecados: abjurar de la Revolución, como hasta ahora todavía algunos llaman al macabro castrismo. Ya estaba lista la imagen del malo de la película. Y, básicamente, así empezó todo: la labor de la cizaña.

Atizaron tanto esos fuegos fatuos, que hasta el mismo Rulfo, acorralado entre el alcohol y los puestos miserables, llegó a creer que Paz era un poder adverso (cuando la verdad era muy otra y Sheridan muestra la montonera de veces que Paz había tratado de favorecer a Rulfo).

Cizañas, rumores, malas lenguas, ya que nunca hubo ninguna pelea o debate real, entre Paz y Rulfo. Rulfo, simplemente, nunca tomó la pluma para nada, mientras se preciaba de detestar “lo intelectual” y reprochaba que alguien pudiera ser un crítico. Eligió, por lo visto, la virtud telúrica de un silencio “honesto” y más puro. Y con el tiempo se fueron consolidando esas imágenes. Rulfo cedió a ellas y se lo ve hablando tonteras contra Paz, mientras este nunca perdió el tiempo haciendo lo contrario.

Para colmo, estos fuegos tóxicos y que hubieran querido “cancelar” a Paz, estaban animados por el “paladín de la ternura continental”, como deliciosamente llama Sheridan a Mario Benedetti, conocido filo castrista. Lo de la ternura, además, se entiende doblemente, pues no en vano Benedetti fue, también, el Santo Patrón de la Cursilería en la poesía hispanoamericana. No solo las ideas hacen estragos.

Hoy todo eso suena a cosas que ocurrieron ayer. Pero, aunque una mayoría de la intelectualidad de peso, en todas partes, ya no se crea fábulas como la “Revolución” aquí o allá, ¿han pasado ya esos fantasmas e ideas, con sus cargas de maldad? De ninguna manera. Están tan presentes y tan vivos como ayer y aquí mismo. Habrá que seguir bregando y preguntándose cómo se hace posible que esas fuerzas involutivas sigan siendo inerradicables.

[1]. https://zonaoctaviopaz.com/detalle_conversacion/543/octavio-paz-y-juan-rulfo-desencontr dos?fbclid=IwAR3gV8Nc0j4tS52dm_EQZMYRV24FchqVF3A9Qrn1pxPS9B3mnsQovDkjwj0

“Cizañas, rumores, malas lenguas, nunca hubo ninguna pelea entre Paz y Rulfo. Rulfo eligió la virtud telúrica de un silencio honesto y más puro”.

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