Jardines de papel

Poesía a borbotones

Alejandro Pereyra “se derrama sobre las hojas de papel en un ejercicio de escritura sin tiempo para respirar, donde teje lo que piensa, lo que siente, lo que vive y lo que quisiera vivir”.

Letra Siete
Alfonso Gumucio Dagron
Por 
La Paz - domingo, 28 de agosto de 2022 - 5:00

Cuando Alejandro Pereyra Doria Medina me obsequió en Sucre su libro Unión mística con la materia en fuga (2004), me llamó la atención en primer lugar el diseño del libro. La tapa, completamente negra, con diminutas letras en blanco para indicar el nombre del autor, el título general y los títulos de los dos libros que contiene la obra, además de la indicación (que uno pensaría innecesaria): “Libro de poemas”. No hay texto introductorio en la contratapa de esa edición en pequeño formato que encierra más de 120 textos poéticos, algunos con título, otros no. Adentro, 220 páginas de versos en letra menuda, una corriente de palabras que no cesa, poesía a borbotones: “... un poema extenso, que es todo el libro”.

La primera impresión es la de un libro en el que el autor ha volcado todo lo que había escrito, una suma caótica de impresiones e imágenes, de relatos y referencias apenas descifrables, siempre autobiográficas, aunque cubiertas por el velo de la privacidad expuesta: ese querer compartir pedazos de la vida sin ser demasiado descriptivo y preciso.

La primera parte, Fuego para salir de viaje, es una descripción frustrada de una fuga a la vez imaginaria y física. Los versos describen el impulso de abandonar una atmósfera opresiva y asfixiante. La cita de Joyce que precede los poemas menciona caminos, grandes buques y países apartados, y “un hechizo de brazos y voces” que invitan a partir, aunque ese viaje transcurra sobre todo en una imaginación febril donde la exploración es sobre todo la del propio lenguaje, antes que desbrozar caminos en tierras ajenas.

No es casual meter a Joyce como cómplice en el caudal de textos donde las claves que pueden descifrarlos no están al alcance de cualquier lector. Alejandro Pereyra Doria Medina se derrama sobre las hojas de papel en un ejercicio de escritura sin tiempo para respirar, donde teje lo que piensa, lo que siente, lo que vive y lo que quisiera vivir fuera de una realidad que considera mediocre y limitada.

El autor avisa a sus lectores que los “bloques” que componen el libro “han sido escritos en alta tensión rítmica”, y que por ello mismo demandan “velocidad enérgica en su lectura”. Además, advierte que escribió para liberarse de la angustia de la adolescencia, y por ello sus textos revelan “una época en que primero fui débil, y después muy enojado con las cosas”. No reniega de lo que ha perpetrado, como si fuera un delito, pero apela a la simpatía y tolerancia del lector al adentrarse en este ejercicio que tiene mucho de catarsis.

Eso es precisamente lo que revela la lectura: un turbión de imágenes íntimas, referencias culturales, ciudades sin contexto, momentos fugaces y menciones de autores, alusiones al imaginario del poeta que los lectores entenderán en diferentes grados, por mucha complicidad y afinidad que inviertan en la lectura. La poesía siempre es críptica, se aparta de la narrativa convencional, pero en este poeta lo es en mayor medida porque su objetivo no es que se entienda lo que dice sino lo que siente.

No es fácil leer un poemario que el autor ha escrito para sí mismo sin pretender dialogar sino como ejercicio de sanación, para purgar sus fantasmas. Imagino que lectores menos obsesivos que yo han abandonado la lectura luego de algunas páginas o han leído los versos como saltamontes. En mi caso sentí que a medida que me adentraba en la densidad de las palabras y en la tensión que transmite esta escritura testimonial velada, encontraba un mayor valor poético en los textos.

Es cierto que el libro es la expresión de una adolescencia tardía y que la escritura caudalosa tiene altos y bajos, no ha sido tachada, revisada y pulida como se suele hacer antes de publicar una obra, pero quizás en ese material en bruto, plasmado por los impulsos emocionales del autor, radica su valor. Sentí que al avanzar en la lectura a tropiezos, podía encontrar coherencia en la expresión, y una lógica diferente: aquí no están solamente los versos que resultan de la frustración o del enojo, sino que también está plasmado el proceso mismo de creación. A diferencia de las películas de Alejandro, donde ha invertido mucho tiempo en la edición, aquí no ha querido alterar el ritmo de la expresión original.

Quizás estamos demasiado acostumbrados (como lectores y como autores) a una poesía cuidadosamente recortada y eficaz, ingeniosa y refinada, amigable y cómplice, y por ello nos sentimos perdidos en el caos poético que propone Pereyra. Pero una vez que asumimos que las comparaciones son odiosas y decidimos buscar la lógica de la escritura en el texto, disfrutamos más lo que queda cuando hacemos abstracción del mundo referencial.

En última instancia esta obra podría leerse en desorden, como Rayuela, porque no importa tanto la temática expuesta como la vibración poética. Esto no significa que se trate de una poesía que evita la realidad, todo lo contrario. La realidad la mira el poeta con un cristal de escepticismo, frustración, a veces amargura y muy poco de humor, porque le duele: “El país se cae a pedazos rompecabezas mal armado fresco en bóveda de la realidad cuyos colores se chorrean”.

A veces las referencias históricas, geográficas, políticas y culturales se tejen entre sí, pero las más de las veces simplemente se mezclan esperando el pescador que con su anzuelo afilado atrape una idea con sentido (o le de sentido a una idea), en un mundo avasallado por la infodemia y la banalización de los hechos. El problema es que a veces versos hermosos se pierden en una maraña destemplada por la ira del poeta que rechaza “una vida cómoda microbiana”.

En el afán de forjar el pensamiento como si pudiera grabarlo mientras ocurre, se produce una avalancha de poemas que no comienzan ni terminan, son instantáneas capturadas al vuelo y plasmadas con tipografía que incluye tipos distintos, mayúsculas, cursivas, negritas, sangrados, espacios y aliteraciones diversas. A momentos, es poesía automática, una tentación dadaísta, como si fuera escrita por varios autores, o por un solo autor con personalidades contradictorias.

Artefacto, artilugio, artificio o pirotecnia verbal, no hay nada que entender. La luz está en la copa del poeta y solo él la puede beber hasta la última gota. Esta es una autobiografía precoz que funciona como exorcismo para pasar a otra etapa.

“No reniega de lo que ha perpetrado, como si fuera un delito, pero apela a la simpatía y tolerancia del lector al adentrarse en este ejercicio que tiene mucho de catarsis”.

Alfonso Gumucio Dagron / Escritor y cineasta


La libertad no tiene precio.

El periodismo independiente defiende las libertades y los derechos otorgados por la Constitución. Suscríbase a Página Siete, ayúdenos a realizar esa importante labor.

 

Hacer click

 

NOTICIAS PARA TI

OTRAS NOTICIAS