El estante vacío

Prólogo-poema de
Gregorio Reynolds

El autor desmenuza dos textos del dramaturgo chuquisaqueño: “Prólogo. Homenaje a Adela Zamudio en su coronación” y “A manera de prólogo. Nicolás Ortiz Pacheco”.

Letra Siete
Por 
La Paz - domingo, 18 de septiembre de 2022 - 5:00

Además de escritor, traductor, dramaturgo y poeta, Gregorio Reynolds (1882-1948) ejerció la noble labor de prologuista. Como ejemplo de ello, puedo citar dos trabajos: Prólogo. Homenaje a Adela Zamudio en su coronación y A manera de prólogo. Nicolás Ortiz Pacheco. Hay en esta vocación literaria una incansable búsqueda poética para obtener una propuesta notable y que, al mismo tiempo, se convierta es una particularidad de su discurso: el prólogo-poema. Es así que, en esta frontera, este comentario desea explorar que ambos escritos tienen la intención de moldear a un personaje desde el afecto, pero re-direccionando(nos) a una doble lectura.

Los dos preludios tienen la característica de estar redactados en forma de poema. El primero, Prólogo. Homenaje a Adela Zamudio en su coronación es un trabajo prologal para el poemario Peregrinando, libro póstumo de la poeta Soledad, en el año de 1943. Y, el segundo, A manera de prólogo. Nicolás Ortiz Pacheco de igual forma, es un paratexto destinado a otro poemario Plenitud de plenitudes del lírico y profesor potosino Ortiz, en 1953.

El exordio consignado al libro de Zamudio es una séptima, muestra propia del modernismo. Composición poética dividida en dos partes. El primer fragmento contiene tres estrofas de siete versos con rima consonante: En vuestros versos magos hay bosques seculares, / y límpidos arroyos y turbulentos mares; y el segundo consiste en cuatro estrofas con la misma cantidad de versos y forma. Esta pieza traza un homenaje a la coronación de la poeta cochabambina el 28 de mayo de 1926, por el presidente Hernando Siles Reyes destacándola como la máxima exponente de la cultura boliviana.

El dedicado a Nicolás Ortiz Pacheco es de verso libre. Contiene un cuerpo poético de nueve estrofas. Cada una está constituida en desigual cantidad de versos. Existen de cuatro y el más extenso es de diez. Lo destacable es el gusto del poeta por emplear la rima consonante en todas las estrofas. El proemio picarescamente tiene la intención de rendir consideración a la obra intelectual del vate potosino.

La primera lectura de ambos prólogos me induce a pensar que fueron proyectados para encumbrar la labor literaria de ambos personajes. Esta intuición es clara porque estuvieron preconcebidos para esculpir una silueta de ellos mediante el verso. Es evidente que, en primera instancia, el título recoge la dirección de esta intención, ya que el hecho de aludir a los autores por su nombre señala un camino temático. Esta situación propone (parcialmente) la independización del prólogo respecto a la obra que precede. Esta forma puede distinguirse también tal fuere la lectura de un prólogo-personaje.

En general, la estrategia introductoria es relevante desde el inicio. El lector es atrapado por los versos laudatorios: Ejemplo de carácter, Reina y Señora nuestra / que fuísteis la sibila, que fuísteis la maestra, / que al fanatismo herísteis de muerte en la palestra, / la patria a la que honró vuestro laúd / os unge con óleo del pensamiento hoy día. / La patria os da al futuro, y en esta epifanía / vemos en vos la plenitud. Es innegable que no se puede dejar de ver el retrato del personaje femenino Zamudio.

Poeta, gran señor Ortiz Pacheco, / numen de vuelo firme y alto, / cultiva la piedad y la ironía / con pulcritud y con recato. En igual de condiciones, este comienzo capta la imagen del vate. Estas líneas pueden leerse como biografía poética y tendrían relación indirecta con el contenido de la obra. Al contrario, la narrativa introductoria nos lleva al puerto del prologuista, y revela otra trascendencia, el amor terrenal que tiene por los autores en su ausencia.

Copio parte del introito donde sigue latente este presupuesto (sobre Ortiz): Harto de las miserias mundanales, / Con Maquiavelo, su tocayo; / Con Rebelais, Con Oscar Wilde, con Fígaro, / Con Anatole France, en pos de Cátulo / Continuamente se pasea / Por los suburbios de Bizancio, / Por los gratos jardines de Academus, / Por el humilde huerto del Seráfico / Y por los próvidos dominios / Del adorable apóstata Juliano. Y en el caso de Zamudio: Por sobre el peristilo de clásico decoro / revuelan luminosas, con un temblor sonoro, / las áticas abejas de vuestras rimas de oro, / y erigen su panal en el dintel / del Partenón sagrado que en su ámbito conserva / los números propicios de Apolo y de Minerva / Ceñid por ellos el laurel.

Aparece un giro de tuerca, el muestrario biográfico de Reynolds posibilita entrever otra continuidad (la segunda lectura) en el ornato prologal. Este movimiento es el desdoblamiento del prólogo, donde el autor sagazmente permite apreciar el acople de este escrito al cuerpo grande leído (o a leer). Me explico: el prologuista consigue fijarse en el prefacio tal la imagen del discípulo que esta extasiado con el maestro. Con esto, Reynolds “con algo de (...) Alcibíades, / Un poco loco, pero siempre hidalgo” eleva la imagen de Zamudio y de Ortiz tal fuera(n) Sócrates “Y parece reír... y está llorando”, aquí se consolida el preludio con el texto precedente, en una sola unidad.

Esta dimensión in(ter)dependiente se apoya en el fragmento de la segunda parte del proemio a Zamudio: Frente al ebúrneo cisne que ilustra vuestro escudo, / sentimos al Espíritu de todo mal desnudo / que añora sus empresas de combatiente rudo / ilimitadamente en el pensil. / Y vemos que en el campo repleto de azucenas, / virtudes diamantinas erizan las almenas / de vuestra torre de marfil. Reynolds “Deshoja su existencia tarambana” y busca reflexionar acerca de otro tipo de amor, el amor espiritual de la contemplación a los maestros.

El discípulo que contempla es El trovador de Charcas que os rinde pleitesía, / en vos halló el sendero de la sabiduría / y vio fluir, copiosas, las ondas de armonía / de la fuente castalia: eternidad. El prologuista tiene la voz de Alcibíades y es Reynolds el poeta que se esculpe a sí mismo.

Por último, este artículo se propuso reflexionar las relaciones entre un poeta-discípulo y un poeta-maestro desde la versión de un prólogo-poema, tal “una rosa de ilusión el bardo” y visto desde el enfoque de un banquete. El prologuista es el anfitrión del convite, puesto que configura un diálogo poético tripartito, Zamudio-Ortiz-Reynolds. Todo dentro un ambiente proemial-poético, propio de un modernista.

“La narrativa introductoria nos lleva al puerto del prologuista, y revela otra trascendencia, el amor terrenal que tiene por los autores en su ausencia”.

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