Reseña

Rebelión y pensamiento crítico

El libro “La rebelión ciudadana” está dirigido a quienes no le tienen miedo a la honestidad y a quienes valoran la memoria y el testimonio histórico, apunta el autor.

Letra Siete
Alfonso Gumucio Dagron
Por 
La Paz - domingo, 31 de julio de 2022 - 5:00

Qué triste es vivir en un país que ha sido reducido a añicos y aún no lo sabe. A esa conclusión llegué al leer La rebelión ciudadana: Bolivia enfrenta al régimen populista autoritario (2021, CIDES-UMSA, 128 pág.), obra de tres académicos y activistas, Guillermo Mariaca Iturri, Marco Antonio Gandarillas y Gonzalo Rojas Ortuste, coordinada por este último, investigador del CIDES-UMSA.

Este es un nuevo aporte a la reflexión y el conocimiento de los hechos políticos de octubre y noviembre de 2019 en Bolivia, a partir de la crisis generada por el fraude electoral de Evo Morales. Los tres autores, cada uno en su estilo y con énfasis en temáticas que conocen bien, contradicen con información dura, reflexiones y análisis, la versión del masismo no solo sobre esos acontecimientos, sino sobre el origen de la crisis y sus antecedentes. Contra los discursos demagógicos y superficiales que se reducen a consignas y etiquetas, aquí se eleva el razonamiento y los hechos irrebatibles.

El libro está dirigido a quienes no le tienen miedo a la honestidad del pensamiento crítico, a quienes valoran la memoria y el testimonio histórico y, por simple que parezca, a los que no tienen miedo de leer (ese ejercicio intelectual que se ha vuelto tan raro como exquisito).

No será fácil para los “teólogos” del MAS (antes que teóricos), rebatir a estos autores que dibujan de cuerpo entero el caudillismo nefasto en el que ha sido sumida Bolivia desde la aparición en escena de Evo Morales, un hombre al que le falta formación ética e intelectual, y le sobra demagogia y autoritarismo. Quienes por no tener otro palo donde ahorcarse creyeron que en 2006 llegaba el salvador de la patria, se llevaron un gran chasco y se partieron la boca en la caída.

En la primera parte, escrita por Gonzalo Rojas Ortuste, abundan las referencias a textos de varios autores que han analizado el “hiperpresidencialismo” autoritario y el caudillismo como una patología. Las citas de mexicanos sobre el porfiriato calzan como anillo al dedo al caso boliviano donde también se “representó hábilmente la farsa liberal sobre fondo de gobierno absolutista”. No se necesita explicar mucho para entender la inicial eclosión del populismo mesiánico, porque desde Weber hasta autores latinoamericanos recientes, los rasgos que definen el endiosamiento de los caciques nacionales están claramente estudiados y establecidos. Quienes no quieren verlo es porque el fanatismo y la impostura de lo “políticamente correcto” nubla su capacidad crítica.

La gran habilidad de los populistas es hacer creer que son una “creación del pueblo” cuando en realidad son producto de una gigantesca manipulación de masas desorientadas y fáciles de convencer con discursos que apelan a emociones ancestrales (la “madre tierra” en Bolivia como la “madre patria” en la Rusia de Putin).

La “majadería del supuesto golpe” en 2019 se desmonta con un conciso pero demoledor resumen de los hechos, con dedicatoria a los desmemoriados obsecuentes o involuntarios. El análisis del clientelismo y del rasgo corporativo de la sujeción política de muchos sectores es una pieza brillante en esta primera parte. Las 43 referencias bibliográficas permiten a Rojas Ortuste dedicar un buen párrafo a la ausencia de literatura crítica en las universidades públicas, donde apenas se lee. Su capítulo es un buen ejemplo de anclaje teórico con aterrizaje en la realidad social concreta.

La segunda parte, un texto vigoroso y creativo escrito por Guillermo Mariaca, comienza con una frase de demoledora desesperanza: “Un país cuyos intelectuales y cuyos políticos fuimos incapaces de reconstruir el enamoramiento entre Estado y sociedad del 52 es, 69 años más tarde, un país triste, un país de costumbres avejentadas y nostalgias heroicas”.

Frente a la pérdida de representatividad del Estado pareciera que solo hay preguntas sin respuesta. Mariaca distingue el tiempo del entusiasmo revolucionario de las décadas de 1950, 1960 y 1970, seguido por el tiempo de la cautela y la negociación, y finalmente “el tiempo del indio, el tiempo del que parecía indio y no había sido tal”. Y añade: “Ese indio privilegiado es el indio mutado en cocalero, en cooperativista, en gremialista, en transportista, en contrabandista, en bachiller que no sabe leer. El indio que ha renegado de su corazón bárbaro para vivir con un corazón posmoderno”.

Hay un tono pesimista al establecer el contraste entre lo viejo y lo nuevo, donde el oportunismo campea y la gente se acomoda a los “valores” de lo inmediato. “Estos reaccionarios están saltando del autoritarismo al fascismo como resultado de una autorización política que hace del derecho al odio y a la eliminación del otro un sentido común...”.

El discurso populista-indigenista es el inicio de la “pérdida final, la caída al abismo”. La política es reducida a la guerra de confrontación, una suerte de retorno a las cavernas y pérdida de lo que el Estado había logado construir como ciudadanía. El “daltonismo ético” borra los matices, como en la visión de los perros, y es sustituido por el olfato oportunista y el instinto autoritario. Mariaca atribuye la sumisión en el voto y en el comportamiento ciudadano a la despolitización a través del prebendalismo y la coerción del linchamiento.

Bajo el subtítulo Cómo liberarnos del tirano aparecen ocho consideraciones ingeniosas, porque “un tirano no aparece de la noche a la mañana, estaba ahí desde el principio”, aunque muchos fueron obnubilados y se enamoraron de él. Ahora, en pleno adormecimiento, la única manera de liberarse del tirano es “expulsándolo de nuestras entrañas”, un exorcismo amargo.

Gandarillas, en la última parte, se enfoca en lo que conoce como pocos: la aplanadora extractivista con su desesperada misión de usufructuar de los recursos naturales para producir más dinero, pero no para invertirlo en el futuro. Aunque le regala al régimen del MAS la etiqueta de “progresista” al principio del texto, pronto demuestra que es todo lo contrario. La contradicción flagrante entre el discurso de la “madre tierra” y las políticas extractivistas deliberadas queda al desnudo. El control de los indígenas mediante la represión y el prebendalismo derivó en la imposición de “líderes transgénicos” corruptibles.

Aunque el más breve, no deja de ser un capítulo contundente, respaldado por referencias específicas a leyes y decretos, y una abundante bibliografía.

El análisis de los tres autores se hace desde una posición progresista y libertaria que corresponde a una izquierda que ya no existe, vaciada de contenido por la impostura del “socialismo del siglo XXI”, prebendal y corrupto. Imposible discutir en este nivel con masistas, enclaustrados en la dicotomía macho/hembra, en los golpes que sustituyen a las palabras, y en una supina ignorancia sobre el estado general de las cosas.

“La gran habilidad de los populistas es hacer creer que son una creación del pueblo cuando en realidad son producto de una gigantesca manipulación de masas desorientadas”.

Alfonso Gumucio Dagron / Escritor y cineasta

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