Impresiones y pareceres

Recepción de las ideas de Nietzsche en Bolivia

El Zaratustra del filósofo alemán influyó sesgadamente a algunos pensadores bolivianos de inicios del siglo XX, como Fernando Diez de Medina o Ignacio Prudencio, dice el autor.

Letra Siete
Redacción Diario Página Siete
Por 
La Paz - domingo, 15 de mayo de 2022 - 5:00

El fenómeno cultural de la recepción de ideas del filósofo Friedrich Nietzsche durante las primeras cinco décadas del siglo XX en Bolivia, es un tema poco tratado por los investigadores sociales. Este vacío puede ser advertido, por ejemplo, en los estudios realizados por el filósofo boliviano Guillermo Francovich, quien estableció una visión parcializada e incompleta de la crónica de las ideas, la cual sigue vigente hasta el día de hoy.

A fines del siglo XIX, los escritos de Friedrich Nietzsche empezaron a mostrar escuetamente la figura de Zaratustra. Pero fue durante su estancia en Sils-Maria que escribió en apenas diez días la primera parte de Así habló Zaratustra, cuyas cuatro partes restantes aparecieron en 1886. Con la publicación de Así habló Zaratustra, Nietzsche inauguró la tercera fase y definitiva de su pensamiento.

Según indica Eugen Fink, “tras el comienzo romántico de sus primeros escritos, después del contraviraje ilustrado y científico, tiene lugar ahora el encuentro con su propia esencia. Así habló Zaratustra pone de relieve las ideas fundamentales y decisivas, pero no como si aparecieran de modo enteramente inesperado y repentino. Se las puede reconocer ya como temas en las obras anteriores, pero en ellas se encuentran encubiertas, por así decirlo, por los conceptos metafísicos de Shopenhauer o por los conceptos científicos del positivismo”.

Pero el texto no tuvo eco ni interés de parte de editores, es así, que, a costa suya, hizo imprimir cuarenta ejemplares. En 1887 publicó el texto completo del libro Así habló Zaratustra, y no tardaría en llegar a suelo latinoamericano.

Al respecto, el sociólogo Salvador Romero Pittari afirma: “Si bien lo sorprendente del caso boliviano es que el filósofo hasta no hace mucho ni siquiera era enseñado formalmente en las universidades y cuando los cursos sobre él aparecieron no pocos de los términos ya eran moneda corriente en el pensamiento del país. Tampoco se trató de una lectura entusiasta de las obras de Nietzsche”.

Ardor lírico

Un interesante testimonio de las primeras décadas del siglo XX es el relato del escritor Carlos Medinaceli, que describe las sensibilidades de sus contemporáneos y su propia vivencia existencial tras leer al filósofo Nietzsche, “que si bien fueron como toda juventud que despierta a la esperanza de ardor lírico, de pasión y de tumulto, por imperativo del ambiente serrano de Potosí, la austeridad ascética y de tradicional vuelo místico de la Toledo boliviana también fueron de ardidas inquietudes filosóficas (...). Llevados por nuestro anhelo de claridad, sin guías que nos orientaran, nos extraviamos por lo más abrupto del sendero, por lo más caótico de la selva desconcertante, por el bosque de Zaratustra... Leíamos a Nietzsche”.

Pero, paralelamente, Medinaceli se reprocha a sí mismo por no leer al buen Nietzsche, “al luminoso evocador de la Grecia dionisiaca del Origen de la tragedia o al apolíneo maestro de la Gaya ciencia, sino al terrible demoledor de El Anticristo, al vulcánico iconoclasta de El crepúsculo de los ídolos, al delirante ególatra de Ecce Homo”. A pesar de esta ambigua apreciación –entre el “buen” o “mal” Nietzsche–, Carlos Medinaceli asevera que esto abrumó a sus coetáneos, llegando a idealizar al filósofo Nietzsche como un “hombre de rapiña, de lucha y de exterminio”.

Posteriormente, el autor de La Chaskañawi deja de lado la prédica del “superhombre” de Zaratustra, y se centra en estudiar la vida privada del filósofo alemán. A partir de ese momento cambia su juicio: “ahí está el hombre de carne y hueso”, “una vida tan patética como la de un mártir”, provocando en Medinaceli contrición al grado que lo “conmovió hasta las lágrimas”, y llegó a sentenciar: “¡Qué humana, qué demasiado humana, la vida del padre de Zaratustra¡”.

Fernando Diez de Medina.

La incidencia e interés por Nietzsche también llegó a influenciar al escritor Fernando Diez de Medina. Dentro de la prolífica producción ensayística de Diez de Medina, salta a la vista el libro Thunupa, que fue publicado a fines de los años 40, y refleja sigilosamente la influencia nietzscheana en la fabulación del Ande. La leyenda inicia desentrañando a “samiri”, o la morada de los antepasados: “Son samiris. Hombres y animales en sus correrías por el altiplano, buscan un lugar de reposo, el asilo bienhechor que repara las energías perdidas y da nuevo acicate a la jornada”.

El autor resalta que “el indio acude a su samiri en son de protección; quiere fortalecer el cuerpo y elevar el ánimo antes de reanudar su marcha”. Para los indios –escribe Diez de Medina– samiri es una forma de la fe: “Y viniendo a lo presente, en un tiempo de vacilación y pesadumbre, para los extraviados hijos de esta inmensa nación nocturna: ¿Cuál será el descansadero capaz de reanimarlos y elevarlos a una mística de resurgimiento nacional?”.

La respuesta del fabulador del Ande es que él samiri de los bolivianos debe ser la evocación del nombre de Thunupa: “Magno misterio del tiempo mítico, Thunupa es también el nódulo vital del tiempo nuevo. Numen cosmogónico, es una fuerza activa que moldea el universo andino. Numen teogónico, es el hijo de Wirakocha, profeta y caudillo de almas. Numen histórico, perdura con los orígenes del río Desaguadero. Numen moral, es el restaurador de la ley natural en las costumbres”.

El simbolismo que encarna Thunupa es un apócope de “thunu” (antiguo, troncal, inmemorial) y de “apu” (jefe, señor legendario, numen titular). Pero para el indio, Thunupa es el jefe de siempre. El que enseñó bondad e hizo justicia. El amigo de los “runas” o gentes humildes. El que sembró amor y dejó la esperanza.

Thunupa el profeta

La leyenda kolla construida por Diez de Medina tiene tres versiones: la kolla, la quechua y la española. La primera hace referencia al mundo andino que conoce a Thunupa desde los tiempos remotos: “Thunupa, hijo de Wiracocha el Creador del Universo, es uno de los héroes de la raza (...). Castiga la corrupción de los primeros moradores de Tiawanacu, transformándolos en piedra (...). Pero el Thunupa histórico aparece un milenio antes de Atahuallpa, y a la caída del Tercer Imperio Kolla, cuando los nómadas del bosque y de los valles subandinos suben a la meseta, al amparo de la guerra civil que disgrega el Kollasuyo”.

Siguiendo esta mirada, Diez de Medina se refiere a Thunupa como aquel profeta que visitaba los poblados kollas y que necesitaba un oyente para empezar su prédica: “Después llegaban otros como ovejas al redil”. El profeta andino vestía un hábito talar de lana finísima, ceñido por un delgado cordón de cáñamo, utilizaba sandalias de vicuña y traía consigo una rama de olivo silvestre como báculo.

Thunupa regresaba con la aurora y reanudaba su prédica y volvía a marcharse con el crepúsculo; así por nueve días consecutivos, al cabo de las cuales emigraba: “Al principio no se daba crédito a sus palabras, más niños y ancianos las recordaban y fue menester que todos reparasen de ella”.

Los mensajes del profeta tenían la intención de prevenir la disolución de la moral, atacaba la violencia, la rapiña, la embriaguez, la poligamia. Exigía la reforma de las costumbres con los nobles valores de la virtud, bondad y respeto al prójimo. Y las palabras de Thunupa fueron consideradas como justas, verdaderas y esto para los kollas era una música a sus oídos, al punto que caudillos y mandones recelaron al profeta resolviendo concluir con su prédica: “Pero ella había anclado ya en el corazón del indio”.

La leyenda trazada por Fernando Diez de Medina tiende en alguna medida a replicar el descenso de Zaratustra y su prédica a los hombres: “Zaratustra habla a este público ansioso de sensaciones fuertes como si se tratara de una comunidad ávida de metafísica, a la que se hubiese de persuadir de los disfrutes terrestres”. Thunupa –dice Diez de Medina– es mito y enseñanza religiosa, aunque los kollas del tiempo antiguo no comprendieron el mensaje divino del profeta, pero el predicador trabajo para los tiempos venideros: “Y Thunupa está renaciendo siempre en el corazón andino”.

Ignacio Prudencio

A diferencia de las lecturas anteriores, hay otras aproximaciones a Nietzsche. El filósofo Ignacio Prudencio en su ensayo Dionisos y Nietzsche trata de establecer el significado de Dionisos: “En el concepto de los primeros helenos, es el dios que con el nombre de Baco simboliza alegría, la vida desbordante y rica. Parece, sin embargo, que aquellos hombres estaban más cerca de la naturaleza que nosotros, tuvieron también un concepto claro de lo trágico que lleva en sí la vida”.

Prudencio afirma que en el universo –como en el individuo– existió una fuerza que originaba un movimiento interno que el hombre era incapaz de contrarrestar. Esta fuerza fue simbolizada por el culto orgiástico de Dionisos. Esta mirada cambia cuando vieron que el individuo no podría subsistir en cuanto el hombre no se sometiera a esta fuerza avasalladora, que tan pronto creaba como destruía. Para defenderse de ella –escribe Prudencio– soñaron con fuerzas opuestas y simbolizaron en Apolo, dios claro, luminoso, tranquilo. De la fusión de estas tendencias contrarias nació el drama griego del mismo modo que de la dualidad de sexos resulta la vida.

La lectura de Prudencio tiene un contenido crítico a Nietzsche, ve que sus doctrinas son precisas, pero, el filósofo del martillo es un escritor galano, un poeta lírico. La obra de Nietzsche, “es más valedera como obra literaria que como filosófica.

Tampoco pretende sistematizar sus reflexiones; quiere ante todo sugerirnos un concepto de la vida que no se funde ni en el pasado ni en la tradición, pero que se esfuerce por extraer del alma humana conceptos e ideas alentadoras, para dignificar y enaltecer a nuestros propios ojos, el sentido de la vida. Nietzsche se ha saturado de la influencia griega y de cada una de sus obras posteriores está impregnada de ella”, afirma Prudencio.

El breve recorrido que trazamos, muestra que, ciertamente, el Zaratustra de Nietzsche influyó sesgadamente a algunos pensadores bolivianos de inicios del siglo XX. Una época en la que reinaban ideas liberales, naturalistas, indigenistas, socialistas y positivistas: esta lectura ideologizada ocupó por casi cuatro décadas un lugar privilegiado en las ciencias sociales, y este hecho redujo la recepción de la filosofía nietzscheana a una condición marginal en el campo de la literatura y la filosofía.

Los intelectuales que lograron empaparse de las obras y de las distintas etapas del pensamiento de Nietzsche, intentaron construir una filosofía moderna con aditamentos telúricos, esto, con el fin de ir más allá de los límites establecidos por las ideas imperantes, y repensar una nueva manera de percibir a la sociedad boliviana sin repudiar su condición de premordenos.

“Un interesante testimonio es el relato de Medinaceli, que describe las sensibilidades de sus contemporáneos y su propia vivencia existencial tras leer a Nietzsche”.
AVISO IMPORTANTE: Cualquier comunicación que tenga Página Siete con sus lectores será iniciada de un correo oficial de @paginasiete.bo; otro tipo de mensajes con distintos correos pueden ser fraudulentos.
En caso de recibir estos mensajes dudosos, se sugiere no hacer click en ningún enlace sin verificar su origen.
Para más información puede contactarnos

OTRAS NOTICIAS