Palabra

Roberto Prudencio, historia de una pasión endemoniada

Prudencio utiliza la figuración de un demonio como referencia imaginaria para brindar al hombre una nueva configuración de la realidad que le rodea.

Letra Siete
Redacción Diario Página Siete
Por 
La Paz - domingo, 15 de mayo de 2022 - 5:00

En 1977 la Fundación Manuel Vicente Ballivián publica el libro póstumo Ensayos literarios, de Roberto Prudencio (1908-1975), del que selecciono “La misión del escritor”, texto en el que el ensayista cuestiona: ¿Cuál es la tarea del escritor? Y la respuesta la forja desde la posición de un sujeto que se convierte en un endiablado. El escrito está dividido en tres bloques: la interpelación del hombre al escritor, la contraposición del escritor y el político y el tercer espacio aborda la posición del escritor ante el mundo.

El ensayo inaugura con el relato de un episodio de Ortega y Gasset en el campo de golf de Madrid. A una dama le llama la atención y no puede comprender la vida solitaria y sin luz que tiene el autor español, entonces el señalado responde: “Es que yo no vivo, señora (...) Asisto a la vida de los demás”. Prudencio insta a comprender que estas palabras aluden al ministerio esencial y peculiar del escritor, que es modificar el mundo en un espectáculo. También acude a Georges Duhamel para explicar que el escritor debe mostrar el mundo desde las significaciones que funda. El ensayista enfatiza que el escritor debe “captar el sentido del mundo”.

En el primer momento, el autor instala la figura del hombre que demanda, que no estando satisfecho con solo vivir, necesita de alguien que le ponga al tanto de la condición de los objetos. El encargado de esta misión es el escritor, porque busca el “sentido oculto” de la realidad, vista en tanto espectáculo. Si el mundo es un espectáculo, él no es un actor de la comedia, sino un espectador del drama tragicómico. La misión es socorrida por la universalidad de su visión. Siguiendo con el hombre, aclara que éste vive en un ángulo del mundo y ve poco, porque la vida es parcial y limitada, en una vivencia vista desde el plano de lo biológico, por las necesidades, apetitos y satisfacciones que posee. Capta las esencias de los seres, “síntesis de todo lo creado”.

En esta línea, expone que el escritor al ser representante de la cultura (un tipo de universalidad) es un hombre integral, que con la palabra hace magia, ya que convierte lo mezquino en grande y lo minúsculo en infinito. Y la palabra es el diablo, por tanto, el escritor se endiabla. Surge la transformación, tal “el reino del diablo es el reino del espíritu”. Este reino es de la significación. Concluye esta parte subrayando que el escritor exclama(ría) “mi reino no es de este mundo”.

La figura de escritor endiablado puede entenderse como la de un sujeto endemoniado. Personaje incorpóreo al que no se ve, por consiguiente, es un espíritu que trasciende con otro tipo de presencia: La palabra. El demonio de la palabra se posesiona de la realidad y origina otro tipo de efectos y significaciones cuando escribe. Conviene reflexionar que el término endemoniado, en este caso, no deriva en suponer paradigmas de maldad, todo lo contrario, se visualizan seres traviesos que provocan estados de simulación enmarañada en el mundo que conciben.

La segunda parte del ensayo impone la diferenciación del escritor y el político. Esta oposición está marcada porque el texto establece que el político es parte del reino terrenal y el mago de las realizaciones. En este trajín, la misión del político es trazar caminos o senderos para modelar las cosas en un mundo pacífico. No sabe qué significan las cosas, modela opuestamente la realidad. Él sí es un actor de comedia y escultor a la vez, pero no es filósofo. La palabra solo es un trampolín que lo impele a la acción. De ahí que el político siempre miente y tan solo se dedica a conformar situaciones.

Dentro este pasaje, define que al escritor le interesa el sentido oculto de la acción. Vuelve a referirse a Ortega, en sentido de que piensa que el político siempre está ocupado y el escritor pre-ocupado. De la última instancia complementa que persistentemente medita el sentido y la esencia. Aquí entra en antagonismo el pensar y el actuar. Saber pensar es considerar un hecho antes o después de ejecutarlo. Saber actuar es algo irracional o un impulso ciego. Dice que el escritor teme sufrir con los hechos, y más bien, se empeña en el pensamiento luminoso para clarificar las cosas y vislumbrar de su sentido.

En el tercer segmento, Prudencio pone en juego la esencia del escritor en el mundo, particularidad que está definida por la sinceridad. Es capaz y “tiene el deber de decirnos lo que piensa, clara, precisa y si posible bellamente”. Al escritor se lo define por el valor de lo que escribe y no lo que hace, no se le debe juzgar por las acciones, sino por las ideas. Y tiene la obligatoriedad de ser escrupuloso cuando escribe. En este esfuerzo es responsable de expresar la/su verdad a despecho de los obstáculos, si así lo hiciere, habría cumplido el mandato cósmico. Al mundo le incumbe proporcionarle la libertad como primera condición, puesto que un principio existencial del escritor es ser libre.

Agrega que no hay que olvidar que hay sociedades que problematizan la libertad del escritor. Si revela la verdad, el mundo muestra la belleza de las cosas y patentiza los valores morales. En este aspecto, la mirada del escritor del mundo es panorámica. Sabe que la verdad pertenece al mundo inteligible, pues “el escritor es siempre un poco escéptico en las humanidades controversias”. El escritor que ha comprendido la eterna limitación de la existencia nos llevará a mirar más lejos, a mirar valores y la belleza de las cosas.

Cuando escribe utiliza la figuración de un demonio como referencia imaginaria para brindar al hombre una nueva configuración de la realidad que le rodea. Me sumo al impulso que Prudencio alienta para que aprendamos del escritor a maravillarnos con los ojos, a regocijarnos de la primorosa sensualidad del mirar, pero sin ceder ante las cosas. En definitiva, se trata de emular al escritor en cuanto “asiste, sin vivir, a la vida de los demás” y el universo de las “palabras” que edifica le es un bello espectáculo. Roberto Prudencio es un endemoniado del ensayo.

“El demonio de la palabra se posesiona de la realidad y origina otro tipo de efectos y significaciones cuando escribe”.
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