Poesía

Scherzos, en sus 90 años...

El tercer libro de versos de Tamayo “hace malabares con la lengua para hacer de su filosofía sobre el fuego, el aire, la muerte o la primavera, un regio canto de poeta”, escribe el autor.

Letra Siete
Ignacio Vera de Rada
Por 
La Paz - domingo, 24 de julio de 2022 - 5:00

El científico que en Bolivia holló las simas más recónditas de la ciencia de la lengua, aquel cóndor que voló el aire más alto de la concavidad del cielo americano, un mago indio que trocó la cultura occidental de Grecia y Roma y el Humanismo, volviéndolos numen autóctono al ritmo de un pensamiento henchido de altiplano y tierra, merece ser reivindicado hasta que su arte se imponga finalmente sobre los intelectos que, además de no conocerlo, ridiculizan su genialidad porque, en realidad, nunca la llegaron a comprender.

Nuestros intelectuales de hoy siguen debatiendo y recordando solamente al pensador, al sociólogo, al periodista, y algunos, con malicioso desdén o perezosa indiferencia, al político y tribuno... Su Pedagogía nacional es bien conocida en las élites intelectuales, la intelligenstia boliviana actual y las universidades del país, y nuestros colegiales la conocen al menos de oídas...; acaso también algunos de sus artículos de prensa más famosos y, a lo mucho, su Yo fui el orgullo o la Balada de Claribel... Sin embargo, tras el velo de la indiferencia o de la maliciosa envidia tendido por la mediocridad ambiente, permanece todavía oculto el artista. Espíritu poliédrico, como un diamante de muchas facetas, a Tamayo se lo debe valorar no tanto como político, pensador social o polemista, y ni si quiera como poeta, sino como artista en el más grande sentido, que es diferente a lo demás y lo más grande. Taumaturgo que hizo vibrar al Ande con la resonancia de los vocablos castellanos, Franz Tamayo es todavía en 2022 un artista genial desconocido. Su suerte –en tanto artista y creador– fue quizás peor que la de Arguedas: mientras éste fue atacado y vilipendiado, aquél fue olvidado.

Hace 90 años, en 1932, luego de que La Prometheida y los Nuevos Rubáyát fueran silenciados por la envidia o la desidia, salía a los anaqueles de las librerías de La Paz su tercer libro de versos: Scherzos. Título singular que era ya de por sí una provocación al esnobismo literario de la época (lo es también para el de hoy) y a las corrientes rupturistas. Si en la tragedia lírica había traído la Hélade a los Andes o, más bien, había llevado las montañas del altiplano al Cáucaso griego, si en los Rubáyát había ceñido su filosofía de vida en el lacónico y breve cuarteto oriental (acaso con más profundidad conceptual que el poeta de Nishapur), en este tercer libro de versos hace malabares con la lengua para hacer de su filosofía sobre el fuego, el aire, la muerte o la primavera, un regio canto de poeta...

Pero, en un país que camina en los umbrales de una nueva guerra internacional, además de estar sumido en el fango de la politiquería y la mediocridad cultural, allí donde solamente se quiere acceder al poder por el poder o a un cómodo y lucrativo puesto de burócrata, ¿qué suerte espera a unos versos del acaso más docto poeta que ha parido América? Seguramente la indiferencia... una vez más.

No habrá crítica... y la poca que haya será de poetas que se sentirán incapaces de comprender el arte de ese genio reconcentrado y adusto. Pero, como dice Fernando Diez de Medina en El velero matinal, el verdadero artista está impelido no por las modas que consumen la cultura fácil y comercial y muchas veces rigen la producción de los intelectuales, sino por un llamado que es el de la posteridad: el ideal de la Belleza eterna.

Como Miguel Ángel, igual que Leonardo, semejante a al griego Praxíteles, Tamayo modela y esculpe su arte seguro de sí mismo, con fuerza, con dolor talvez, indiferente a los mediocres, en una torre de marfil a la que pocos logran llegar (atalaya que los más confunden con soberbia). Sabe que su arte perdurará... Y lo hace en el severo molde de la seguidilla hispánica compuesta, un patrón estrófico que consiste en siete versos: 3 heptasílabos y 4 pentasílabos alternados con rima consonante, a excepción del sexto, que es libre.

Tengo la fortuna de contar con la primera edición de esta catedral gótica de versos de arte menor que, bajo un corsé riguroso, solfean el credo del autor en cuanto a la naturaleza de los elementos del universo. Es como un misticismo cósmico dado en forma de poema. Hasta entonces, el poeta había cantado el idilio trágico de la Prometheida (la amada de Prometheo), destilando tras el mito antiguo el drama del hombre en el altiplano agreste y el torrente de pasiones que se agitan en el pecho del americano; además, había trazado esbozos biográficos y de alta filosofía en sus cuartetos al modo oriental. Pero nunca había dado a conocer a través del noble tamiz de la poesía lo que pensaba sobre los elementos naturales ni sobre lo que para él representaban sus maestros de siempre: Palestrina, Schumann, Beethoven, Goethe, Victor Hugo, William Blacke, Haydn y Horacio, entre otros.

Coincido plenamente con Diez de Medina en que la música de los Scherzos no se siente a través las aliteraciones o de la palabra y su musicalidad innata que posee cuando está combinada con otros vocablos de color sonoro parecido, sino en el sonido general que retumba en la lectura de los scherzos íntegros, que tienen el ritmo no de una graciosa sonata mozartiana sino de sinfonía beethoviana: ímpetu, bravura, revuelo, giros y gritos coléricos imprimen el signo musical de las más de 670 estrofas, sin contar los interludios que hay entre scherzo y scherzo ni el Preludio del comienzo, escrito en tercetos de versos endecasílabos...

El manejo del lenguaje es por demás erudito y culto. Tamayo se da la libertad de violentar vocablos de la lengua española (escribe, por ejemplo, sonriso en vez de sonrisa), pero, a diferencia de quienes lo hacen por ignorancia o ingenua hazaña de novedad, él prestidigita neologismos basados en una ciencia lingüística o en un desconocimiento consciente y altivo del idioma que no es menosprecio al mismo por el hecho de que lo conoce hasta en sus lindes más lejanos. Es, entonces, una libertad sometida al conocimiento lingüístico y no al libertinaje necio.

El verdadero artista crea no para el aplauso fácil o el elogio mundano, cosas finalmente efímeras, sino porque el arte es un sacerdocio, un magisterio para con la humanidad y, en último término, para con él mismo. “La recompensa del ruiseñor que canta es su propio canto” (Goethe). Empero, a toda obra maestra le espera el reconocimiento, si no actual, sí postrero. Mientras la consagración universal siga sin llegar (y llegará), el vate andino, o, mejor dicho, su arte seguirá plantado como una roca enhiesta e impertérrita en lo más orgulloso de la serranía occidental. Porque el gran arte, aquél que no es solo de un momento sino sempiterno ya que posee un espíritu atemporal y la matemática de las formas de la naturaleza, es como el Illimani: todos saben que existe, que está ahí, pero pocos se atrevieron a empinarse hasta su más alta cumbre.

“El manejo del lenguaje es erudito. Tamayo se da la libertad de violentar vocablos de la lengua española (escribe, por ejemplo, sonriso en vez de sonrisa)”.

Ignacio Vera de Rada / Escritor

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