Leer / no leer

De cómo la circunstancia específica de tiempo y lugar, o la coyuntura general -¿caprichoso azar?- priman a la hora de leer (y asumir, aprehender) o dejar de leer ciertos autores o libros.
miércoles, 28 de enero de 2015 · 20:21
Sebastián
Antezana

Escritor

La infancia, la clase media, la masculinidad, la occidentalidad latinoamericana, la culpa.

Variables que se superponen y forman el territorio en el que me muevo, el lugar desde el que entiendo todo. Desde allí, subido a esas atalayas, hago, digo, elijo, rechazo, comparto, niego. Desde allí también escojo ciertos libros que quiero profundamente y entiendo y hago parte de mi vida. Y desde allí también, finalmente, escojo dejar de lado otros libros, no tocarlos o dejarlos a medias, caminos que no se recorren, objetos mudos.
Hay gente que dice que en este mundo de políticas, economías y tecnologías desiguales la literatura está desapareciendo, cuando en realidad -como bien dice Patricio Pron- debería decir que la literatura desaparece todo el tiempo. Si solo puede hacerse, solo puede ser, mediante un pacto de dos partes, escritura y lectura, libro y lector, la mayor parte de la literatura nace muerta o desaparece por nuestra dedicada forma de no leer.
Los libros que no nos llegan o a los que no llegamos nosotros, esas piezas del sistema irremediablemente quebradas, forman una parte central de la literatura y forman también una metáfora, un símil no intencional de nuestro recorrido en el mundo, seres frágiles ellos, los libros, y seres frágiles nosotros, y frágil el sistema literario y frágil la vida, en la que la elección de leer o no este libro, o de leer o no leer aquel, es una decisión de vida o silencio, de pacto o de muerte: ¿qué persona soy al leer este libro? ¿En quién me convierto al leer este otro? ¿Quién dejo irremediablemente de ser al leer un tercero?
Toda civilización contiene una versión de su propia destrucción, el germen de lo que será su eventual ruina. Quizás por eso, toda civilización y toda época siempre se imaginan a sí mismas en decadencia, se miran con lástima y ceden a la nostalgia de imaginar un pasado pretendidamente mejor que en realidad nunca existió, en un juego de autocompasión e impotencia que a veces es enternecedor y otras veces ridículo. Desde luego, lo mismo pasa en literatura.
Solo desde el siglo XX, primero el cine, luego la televisión, después el internet, posteriormente los soportes digitales y ahora la crisis de la industria editorial se han constituido en amenaza, némesis y finalmente compañeros de ruta del libro, nunca desplazándolo.
Tanto es esto así -es decir, tan poco amenazantes para el libro son todos éstos- que según cifras editoriales del mercado –anglosajón- podemos constatar que nunca se han producido -escrito, editado, publicado y, en algunos casos, vendido- tantos libros como hoy. Por lo que es claro que la visión distópica de la literatura, la vieja cantaleta que anuncia su inminente decadencia y desaparición en cuanto sistema de producción de saberes, no es más que ese reflejo autocompasivo que tienen nuestras sociedades y sistemas culturales.
Y, sin embargo, la buena salud del aparato productor del libro no tiene necesariamente implicaciones en la rama lectora.
Porque más allá de la estadística, la institución cultural y la pedagogía -lo cual es un decir porque no hay un más allá de la cultura y sus instituciones-, cuando quedan dos en escena y se evapora lo demás, cuando se trata de la tortuosa relación entre libro y lector y no existen presiones como las del trabajo crítico o académico, o el peso de la desidia o la publicidad, entonces, ahí, e incluso en todos los casos anteriores, entran en juego de forma decisiva factores que, en mi caso, defino como la infancia, la clase media, la masculinidad, la occidentalidad latinoamericana, la culpa.
Eso porque siempre –siempre- uno lee o deja de leer desde un pasado específico, una posición social y unas condiciones materiales, un género o una posición sobre el género, una condición racial-cultural, y un sentimiento de culpa -¿o de orgullo?- por pertenecer a una generación, un país y una ideología determinados.
Cada libro, cada página que leemos o dejamos de leer, la leemos o la dejamos desde la infancia, el temprano momento que nos constituyó y en el que se instalaron los primeros traumas, los primeros aprendizajes.
La leemos o la dejamos también desde una casa cómoda o un departamento no tan cómodo o un cuarto francamente incómodo, desde el sillón o la calle, la miseria, el dinero u otra de las muchas variantes que hay entre ellos. La leemos o la dejamos desde un rol de género, desde la singularidad, la conversión o la transformación. La leemos o la dejamos desde un horizonte cultural marcado por nuestras determinantes raciales.
Y la leemos o la dejamos, finalmente, con la conciencia de la distancia que hay entre nosotros -que pertenecemos a cierto momento de la historia y a determinadas circunstancias geográficas, y que tenemos una visión política producto de ellas- y lo que el libro cuenta, lo que el libro hace y lo que el libro deja de hacer.
Así, más allá de mis buenas intenciones, restricciones y esfuerzos, leí a Lispector antes de haberla leído, escuchando a mi madre; leí Imágenes paceñas desde el confortable sillón del departamento en Sopocachi; Madame Bovary y Rojo y negro desde mi incómoda hombría adolescente; Un hombre bueno es difícil de encontrar y ¡Absalom, Absalom! desde este presente que algunos califican de postracial; a Basho y Kawabata desde un latinoamericanismo asombrado.
Leí a Sor Juana después de la fe, a Conrad desde el enclaustramiento marítimo, a Perec desde una bolivianidad a veces frustrante, a Le Guin desde el desigual siglo XXI, a Lemebel desde la heterosexualidad, a Fanon desde mi paceñidad intransferible, a Spivak desde el escepticismo académico, a Eltit desde la democracia neoliberal.     
Y dejé de leer a García Márquez desde mi pedantería, a Bioy Casares desde la falta de tiempo y necesidad laboral, a Cortázar desde el desconocimiento ideológico. Y no leí a Lowry desde los excesos juveniles, a Proust desde el ocio burgués, a Storni desde el aburrimiento editorial, a Simone de Beauvoir desde una terca masculinidad, a Zadie Smith desde la sospecha y el más puro prejuicio latinoamericano. 
Y tras años de leer y no leer es claro para mí que la tarea de la literatura no pasa por dejar atrás ni modificar nuestras circunstancias personales ni nuestra época, que su camino tampoco pasa por intentarlo y que la única opción digna que tenemos de estar en el mundo como lectores es potenciar esas circunstancias y esta época, ejerciéndolas, enfatizándolas críticamente mediante esa elección fundamental en que se juega toda la fascinación y la impotencia, todo el sí y el no, el pacto central de la literatura: leer o no leer.

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