La sangre ardiente de la piedra

Sobre el legado del romanticismo en el uso del lenguaje y otros hábitos.
jueves, 26 de marzo de 2015 · 18:35
Juan
Cristóbal
MacLean
E.

Escritor

Véanse estos versos de Novalis:

Hay en la piedra un signo misterioso
 grabado en el fondo de su sangre ardiente.
(...)
Hay en ella enterrado el brillo de una luz,
 ¿será ésta un corazón dentro del corazón?

¿Y desde cuándo aquí, o aún desde qué antes de nuestro aquí, se le había ocurrido a alguien decir que la piedra tuviera algo como sangre? ¿O que el corazón tuviera dentro otro corazón y que éste fuera la luz? ¿Cuál es la relación de tales versos con la "realidad”? ¿Qué comprenden éstos de ella? ¿Y qué comprendemos nosotros al leerlos?
Cuando Novalis escribe eso, cuando se toma tan serias libertades, está inaugurando, en gran parte, lo que desde entonces estaría en juego en la escritura, lo que desde entonces iría a parar al bolsillo de la literatura. Antes de preguntarnos (y no sepamos ni podamos respondernos), cómo eso fue posible, de cómo así de pronto hablar de la sangre ardiente de la piedra era ya lícito, legítimo, será bueno recordar nuestra propia ausencia de sorpresa o desconcierto, por lo menos formales, frente a versos tan raros o felices.
En cualquier antología de poesía actual de cualquier parte del mundo, en efecto, se encontrarán siempre audacias ya ilimitadas, frente a las que hablar de la sangre de la piedra no parecerá ya nada en cuanto rareza o problemático sentido.
Efectivamente, si de poemas u otras artes (sobre todo plásticas) se trata, pocas cosas nos sorprenden, pues ya hemos crecido demasiado familiarizados (e incluso a veces hasta hastiados) con empleos demasiado libres de versos y vocablos, con los varios divorcios entre las palabras y las cosas que se traman o de los que se abusa.
Si encima nos toca también ser, por angas o por mangas, herederos del surrealismo (a su vez inequívocamente en la estela del romanticismo), ya nada en efecto puede hoy pescarnos desprevenidos, ninguna arbitrariedad o rareza escandalizarnos. Como si se hubieran producido, ay, tan radicales operaciones de desguace del lenguaje mismo que ya éste acogiera, sin ningún empacho, la arbitrariedad o el sinsentido, la demasía de la facilidad desenfadada.
Pero justamente  aquí está uno de los grandes problemas con que se topa la herencia del romanticismo, o lo que queda de ella en la múltiple variedad de formas en que se astilló y dispersó, sean éstas Woodstock, la pintura contemporánea, el estatuto de la novela, la crítica literaria o las maneras de declinarse de la poesía, donde ya parecieran escasear terras incognitas o sean demasiado holladas ciertas formas una vez nuevas.
Una vez nuevas, es decir cuando hace dos siglos nacieron junto al primer romanticismo, o romanticismo de Jena, uno de cuyos personajes esenciales  fue justamente Novalis, el también geólogo Novalis.
Pero de un problema habíamos hablado y éste radica en que hay, a un tiempo, algo inevitable o legítimo en que muchas expresiones, movimientos o corrientes puedan reclamarse de una filiación romántica, aunque sea lejanamente, mientras, al mismo tiempo, siempre se estará también traicionando o trivializando una primera exigencia total y que deseaba acercarse a lo más propio y radiante de lo humano, ese interior donde "bulle el sagrado alambique” en palabras de Novalis otra vez.
En todo caso y volviendo a esos versos, ocurre que si quisiéramos comprender, o siquiera asomarnos vagamente a comprender cómo es que hoy hablamos como hablamos, de cómo así la poesía se hace capaz de cualquier forma de expresión o incluso distorsión de la propia expresión, es a ese romanticismo al que debemos dirigir la mirada. Es ahí donde se forjó una nueva libertad de las palabras o de su uso.
"Hablar por hablar, tal es la forma de la liberación”, dice Novalis en otra parte y aunque tal formulación es sumamente compleja, y para entenderla cabalmente sería necesario que antes comprendamos qué se quiere decir con hablar, aun así se nos señala un camino, más aún si juntamos tal formulación con esta otra: "Precisamente lo que la palabra tiene de propio, a saber que no se inquieta sino por sí misma, es algo que nadie sabe”.
Cuando es pues la palabra la que habla, y ya no nosotros, suceden cosas nunca antes presentidas. En un contexto semejante y para seguir citando versos de Novalis, casi a la manera de un collage 1, ocurre empero que cuando se ha liberado el lenguaje y se habla en tal libertad, "beben sin parar los comensales,  / hasta que se rasga el tapiz sagrado”.
Y tampoco la poesía ha quedado incólume: "Caímos de rodillas para saludarla,  / rompimos a llorar, y ya no estaba”.   ¿Qué ha pasado? ¿Qué ha roto, y parece que irremediablemente? "El romanticismo termina mal, es verdad, pero porque él es esencialmente lo que comienza, lo que solo puede acabar mal, fin que se llama suicidio, locura, decrepitud, olvido”, dice Blanchot hablando de estas cosas y refiriéndose a los finales de algunos personajes.
Novalis mismo murió a los 28 años. Pero el romanticismo, prosigue Blanchot, "es la obra de la ausencia de obra, poesía afirmada en la pureza del acto poético, afirmación sin duración, libertad sin realización, potencia que se exalta desapareciendo (…), tal era su meta: hacer que brille la poesía, no como naturaleza, ni como obra siquiera, sino como pura conciencia en el instante”.
Pero si bien habrá quienes querrán asimismo leer en esto una prefiguración del "fin del arte” y se querrá sin más endosarle eso al romanticismo, también pueden darse vuelta las cosas y tomarlas desde el otro lado, tal como lo hace Lacoue-Labarthe en una entrevista a propósito del libro que escribió con Nancy sobre el romanticismo, El absoluto literario: hay "variaciones más o menos hábiles, sobre el ‘fin del arte’, mientras que la única cuestión es la de saber si el arte es por la primera vez posible”.
Es estremecedor y arriesgado lo que dice el filósofo. Es más: es una enormidad. Trataremos de acercarnos a ella en la próxima entrega.

 1 Los entresacamos de los poemas  Conócete a ti mismo  y El poema, fácilmente encontrables en internet.

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