Luis Ramiro Beltrán en Luis Ramiro Beltrán

In memoriam del reconocido comunicólogo orureño recientemente fallecido.
viernes, 17 de julio de 2015 · 19:31
El pasado sábado, por la mañana, supe del fallecimiento de Luis Ramiro Beltrán. De pronto sentí un escalofrío, y callé, tratando de abrazar ese sincero sentimiento que me había ligado en vida a quien tuve el privilegio de conocer más aquí y más allá de sus escritos y logros en la comunicación.
Precisamente, esa zona de certidumbre es la que me convoca a buscar en las palabras esa verdad sigilosa que uno se atreve a erigir frente a los seres que considera esenciales. Esa verdad que -como toda verdad verdadera- se destila en el tiempo y que además de haberse forjado de razones ha sido alimentada por actos, gestos y afectos, es decir por todo aquello que suele ser lo menos evidente pero que traduce las maneras más sutiles del espíritu.   
En Luis Ramiro, su vida y su obra tienen una coherencia atroz. Cuando se habla de su obra no se puede dejar de referir también a su vida,  juntas se entretejen y revelan mutuamente, juntas han confabulado para otorgarnos ese ser colmado de tantos valores. En él coexisten la ciencia y la vida cotidiana, la categoría y el testimonio, las ideas y seres de carne y hueso, la autobiografía y la historia del país, el rigor y la fanfarria, el arte y la política. De ahí es que una comprensión monocorde de su legado termine siendo un desacierto.
Acaso, porque él no asumió esa actitud frecuente en no pocos estudiosos, que anteponen la obra cual artefacto imponente e impertérrito, y suponen que la misma expresa autosuficientemente la totalidad del autor y su circunstancia.
Toda obra siempre trasunta una existencia. Por ello, junto a su enorme aporte a la comunicología, nos transmitió un cúmulo de historias y experiencias que confluyen hacia esa voluntad que impide que la vida se extravíe en la modorra y el olvido, empecinada a que el statu quo no se pasee orondo entre las sociedades signadas por la palabra cautiva y por el amordazamiento del espíritu colectivo.
Beltrán no solo fue considerado un adelantado en la lucha por la democratización de la comunicación en América Latina, y reconocido internacionalmente al merecer el Premio Mundial de Comunicación Marshall McLuhan Teleglobe de Canadá, sino que fue además apreciado por su solidaridad y sensibilidad frente a los dones y misterios del arte.
La literatura, la música y la pintura fueron realidades que habitaron su entorno y que lo habitaron de manera incesante. Son testimonio de su vocación literaria el poemario Pasos en la corteza (1987), un voluminoso tratado bajo el título de Panorama de la poesía boliviana, auspiciado por el Convenio Andrés Bello en Colombia, y la obra de teatro El cofre de Selenio, que mereció el premio único del Concurso de Obras Dramáticas de Ecuador.
La narrativa no le fue extraña. Tuve la oportunidad de escuchar de sus labios pasajes de una novela en trance de escritura: La rota Porota y la casa para quemar, en la que recuperaba con cierto tono autobiográfico aquel Oruro de los 40. Un revival de la ciudad, su gente, el ingente despliegue de una urbe privilegiada por la minería, el caldero en que se agitaba el preludio de la revolución del 52, la vida disoluta y la presencia de inmigrantes procedentes de diferentes puntos del orbe.
En medio, un curioso relato de aquellos desfiles cívicos en los que participaba el colegio Alemán de Oruro bajo la siguiente estructura: "adelante los hijos de papá y mamá alemán, al medio los hijos de papá alemán y mamá boliviana, y al final los hijos de papá y mamá bolivianos. Encabezando la columna cintilaba una cruz gamada seguida de un retrato del Führer, mientras las damas lanzaban margaritas desde los balcones”.
El amor por la pintura baña los muros de su departamento. Los  mestizos de Raúl Lara en medio de ese relampagueante azul de los oleos, vitrales habitados por los ángeles femeninos de Jaime Calizaya, esa niñez nostálgica colmada por una fiesta de color desde las pinturas de Graciela Rodo Boulanger, más una inacabable sucesión de íconos, artesanías, emblemas de exquisita factura y, por si fuera poco, una robusta biblioteca apoyada en las paredes de su morada.
Acaso muchos hayan disfrutado de la orquesta que armaba con címbalos, platillos  e instrumentos varios en aquellas reuniones con amigos. De pronto otro Luis Ramiro emergía desde esa alegría exuberante. La corbata atrás, las formalidades del protocolo académico a pique, una sonrisa eterna y traviesa atravesaba la noche y la plenitud tenía nombre propio.
Raúl Shaw Moreno le era definitivamente entrañable, no solo le dedicó un sentido artículo y escribió la letra de una de sus canciones, sino que compartió su amistad y ese olor a bohemia que procedía de aquel Oruro lejano e inolvidable.
Como periodista en su juventud accedió al despliegue cotidiano de los hechos,  rastreando el porqué de ese pulso que late en los meandros del devenir diario, llegando incluso a ser cronista de sí mismo y revelándonos en tono testimonial detalles de su existencia.
Doña Becha su madre, Norah su esposa, el fantasma de su padre Luis Humberto diluyéndose en la manigua del Chaco, sus amigos y compañeros en el copioso trance de los años configuran parte íntima de la historia de Luis Ramiro. Historia también nuestra,  ya que nos invitó a creer y crecer junto a valores como la fidelidad y la entrega.
No sería el único en afirmar que probablemente fue más grande su espíritu generoso y solidario que su obra intelectual, y que la riqueza de ésta no se explica sin esa condición que llevó hasta el final de sus días.    
Probablemente para muchos, los dispositivos con que cargó su discurso interpelante a la comunicación hegemónica: acceso, participación, diálogo, comunicación democrática, políticas para el cambio social son exclusivamente quintaesencias gestadas en la academia, producto de su paso por grandes universidades y venerables organismos internacionales.
Para no pocos, los logros que conquistó y su presencia entre lo más destacado del foro internacional de la comunicación crítica latinoamericana  deviene de su pertenencia a una tradición arraigada en la intelligentza comunicacional de la región.
Mas, los dispositivos también son portadores de un inconsciente vitalmente humano, que los prefigura y contribuye a definirlos. Es decir, la obra no nace exclusivamente de la endogamia discursiva, sino que a menudo brota de una realidad vívida, de una historia que nos toca, de una condición sensible frente al mundo.
Y así como el vuelo de una mariposa en el oriente puede provocar una tormenta en occidente, esa profunda calidad humana de Luis Ramiro Beltrán, esa sensibilidad exquisita frente al mundo, ese compromiso incondicional con nuestra patria, ese sentimiento generoso de justicia, aquellos actos de amor que sembró, en mi opinión, también fueron los percutores que permitieron desencadenar el huracán de la propuesta de una comunicación democrática, que hoy es una bandera que crece en pos de una convivencia más justa entre nosotros y frente a los otros.

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