Entrevista

Ese destello entre naturaleza y muerte

Adelantamos algunas pistas sobre El destello, cuento con el que Claudia Peña Claros acaba de ganar el Franz Tamayo, uno de los premios literarios más prestigiosos del país.
domingo, 27 de noviembre de 2016 · 00:00

Martín Zelaya Sánchez

La muerte como realidad y como rutina inevitable, pero también como desgarrador adiós. El proceso, el camino, el lento avanzar hacia ella; su inminencia, duración y consecuencias. Todo en un cuento más bien breve, pero inmenso en su abarcar y en su milimétrico diseño. Así es El destello, con el que Claudia Peña ganó el Premio Nacional de Cuento Franz Tamayo 2016.

"…un cuerpo se asoma al abismo pierde tierra y empieza a caer, inútiles los poderosos músculos, los pies en el aire, el minúsculo rozar de la tierra ahí abajo…”. Una reflexión, desde un ángulo pocas veces explorado, el del protagonista del fin, sobre la fugacidad y la insignificancia de una vida en la totalidad del tiempo; y, claro, por el contrario, sobre su inconmensurable valía en el punto y ámbito precisos. "Una experiencia casi física respecto a cómo alguien a quien amas empieza a diluirse, a resbalarse de entre tus dedos hasta desaparecer”, explica Peña.

Pero también es, El destello, un canto a lo natural, bucólico; a la pureza y libertad propios hoy de sólo muy pocos espacios. Es, por tanto, una evocación, un retorno pendiente (o definitivo). 

"…los árboles, que todo lo ven, parecían suspendidos en el aire ¿sienten apego los árboles? cuántos años habrán tenido. Ya estaban ahí antes de la casa, antes de las vacas y sus mugidos, antes de las cadenas y los desbrozadores. por sobre esos árboles habían pasado muchas lluvias y muchos vientos lunas, y cuando había el bosque, animales salvajes también los ritos las jaurías los meses de criar de cazar la violencia de buscar la vida…”.

En "Leer y dejar decir”, un ensayo que preparó para las III Jornadas de Literatura Boliviana de septiembre pasado -y que se reproduce en este número de LetraSiete-, Claudia escribe, como adelantando su destello:

"Escaparte, expandirse, corromperse, amar. Leer es también resistir, como resisten contra el frío o contra la muerte, o contra el tiempo, los personajes de Jack London, tan llenos de fuerzas primigenias y básicas. No como nosotros, que queremos ser dioses que no sudan y prendemos el aire; dioses que no envejecen, y nos encremamos y ejercitamos; dioses que no esperan, que no sienten dolor, que nunca están tristes. Aquellos hombres, en cambio, tienen sed de vida, hambre de persistir, y eso los hace míticos, aunque siempre pierdan, porque al final y al cabo siempre somos lo que somos nomás”. 

Y es que además de muerte y naturaleza, este cuento, que en los siguientes meses será publicado por Editorial 3600, en un libro que además reunirá los relatos finalistas del concurso, es también un canto al sueño, lo onírico; a la memoria, lo trascendental y a los sentidos, nuestra herramienta para disfrutar y sufrir este tránsito breve entre la inexistencia inicial y la definitiva.
Que Claudia Peña hable ahora.

 ¿Cuánto calan en Claudia persona las historias que concibe y plasma Claudia escritora? Seguro que en un momento "ambas Claudias” son indisolubles, pero quisiera que hables un poco de cómo asumes la labor de escribir ficción, crear tramas, personajes y escenarios (tienes publicados cuentos y novela) y por otro lado para escribir poesía, imagino, hay que lograr otro estado interior…

Yo siento que ahora no puedo escribir poesía, por dos razones. La primera, porque he aprendido a leer poesía y he tenido acceso a algunos textos que me dejaron sin habla. Entonces veo lo que hice antes en poesía y me parece muy pequeño (lo digo con amor, pero también porque es necesario reconocerlo). La segunda, porque siento cosas gigantes y complejas y dolorosas dentro de mí, y no encuentro las palabras para decir todo eso, no me alcanza. Y en la poesía, o lo dices o mejor te callas.

Lo que me sucede con la Claudia que escribe es que está muy adentro y es muy íntima, entonces todo el tiempo se esconde. Hay que protegerla siempre. Pero sabe cosas que yo ignoro, y escribe para que yo pueda entender, y porque le gusta. Pero la que escribe no arma tramas ni personajes, sino que se deja llevar. Es instinto, irresponsabilidad, capricho.

Me llama la atención en El destello la reflexión sobre la muerte, que no es a la manera clásica del misticismo saenzeano, por mencionar algo, sino en este caso del momento previo, el último suspiro de vida; la certeza e inminencia, e incluso la especulación de lo que vendrá cuando uno (el personaje, en este caso) ya no esté. 

Yo creo que eso se debe a que el cuento nace desde una profunda necesidad personal de procesar experiencias personales recientes; una experiencia casi física respecto a cómo alguien a quien amas empieza a diluirse, a resbalarse de entre tus dedos hasta desaparecer. Entonces no me interesa la muerte como trascendencia o como nacimiento, sino que la abordo desde la experiencia concreta, real, corporal, y por eso total y totalizante. 
Cuando una persona muere, muere un mundo. Ese es el tamaño de la angustia y de la pérdida que me interesa decir. Pero también, es apenas un hombre; ¿qué es un hombre en la inmensidad del universo? Y eso también debía ser dicho.

Indudablemente también está muy presente en tu cuento la naturaleza, el medio ambiente salvaje, puro, genuino que, claro, remite más al oriente del país, de donde vienes, que a la gris urbe donde vives hace ya varios años, y donde, eventualmente, tuviste que alejarte de la literatura. La literatura es experiencia vicaria, la literatura nos permite volver, o acaso, no marcharnos nunca…

No sabes cuántas veces, siendo ministra, deseé, rogué a los dioses, a la palabra, para que me permita volver. Tenía mucho miedo por haber faltado a mi compromiso con la palabra, y que por eso ella me oculte su rostro para siempre. 

No sé cómo funciona con otras artes, pero en el caso de la escritura se trata de empezar de cero en cada texto. Porque siempre, al abordar un nuevo trabajo, nada de lo que hayas hecho antes sirve, no te garantiza nada. Yo escribo. En tanto escribo, soy. Entonces sólo cuando logro cerrar un texto puedo respirar. Lo demás es anhelo, espera, paciencia, culpa.

Y tal vez eso explique un poco lo del ambiente rural del oriente. Mi infancia ocurrió en ese ambiente, por lo que es lógico que en ese mundo me sienta segura y contenida. Si escribir es crear un mundo de la nada, a partir de un espacio en blanco, tal vez una cábala contra la angustia que eso produce sea el retorno constante a los lugares de la infancia.

Finalmente, para hablar del estilo, ¿qué buscas con recursos poco comunes como no usar mayúsculas o enfatizar algunas imágenes o conceptos dejando palabras o frases breves sueltas, a modo de verso?

La intención es que el cuerpo del texto también refleje esos momentos, donde todo agoniza y se resquebraja, donde no hay fuerza para puntuar, para enlazar las palabras. El agotamiento, la respiración entrecortada, el entumecimiento, la creciente levedad, todo eso también debe estar en la corporalidad del texto.

 

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