Reseña

Amores, altiplanos y máquinas parlantes

Comentario de la novela del italiano Gianni Morelli, recientemente presentada por editorial 3600 en el Espacio Simón I. Patiño de La Paz.
domingo, 6 de noviembre de 2016 · 00:00
Javier Castaños
 
Amores, altiplanos y máquinas parlantes, del escritor italiano Gianni Morelli, es un hermoso libro sobre viajes y música. Italia, Estados Unidos, Argentina, Bolivia y Perú se constituyen en los escenarios que dan vida a personajes bien definidos, interesantes y necesarios durante nueve años, de 1900 a 1909. 

 

La primera frase del libro: "El asistente lo precedía en el camerino para rociar vapores que perfumaban el aire”, ya nos advierte de la delicadeza de la narración, de su elegancia y de la temática. Es un libro ligado íntimamente a la ópera italiana, por lo tanto, es un libro que tiene música.

El personaje principal, Viani, empieza su aventura en 1900 con un primer amor que es la ópera. Cuenta la primera presentación del grande Caruso con tanto detalle que nos transporta a ese momento y lugar como si estuviéramos presentes. Desde entonces, Viani reafirma su interés para ser cantante de ópera, y con ese objetivo llega a Estados Unidos, donde al no lograr su comedido, decide compartir con el mundo la belleza del canto de Caruso a través de las "máquinas parlantes”, que no son otra cosa que los gramófonos de la marca alemana Viktor Talking Machine. 

Es así que decide continuar su migración hacia Argentina. Pero en el barco  su historia empieza a mezclarse con otra no menos importante; con él viajan los bandoleros más famosos de la época: Butch Cassidy, Sundance The Kid y Etta Place, quien se convierte en su segundo amor. Desde entonces sus vidas se verán entrecruzadas en varios episodios que culminan con el enfrentamiento y muerte de los dos bandoleros, miembros de la Wild Bunch, en San Vicente, al sur de Potosí. 

Al margen de los contextos históricos y geográficos, tan precisos y puntuales, la novela luce una notable calidad literaria en lo que es la aventura de la migración y el descubrimiento de la Latinoamérica del siglo pasado, con sus encantos de tierra en buena medida todavía inexplorada. El autor transmite el placer de la exploración y el descubrimiento: como dice en la presentación de la versión original, Viani, el protagonista, al igual que un novel Colón, "busca América y encuentra un sueño”.

Pero antes de llegar a cumplir su sueño, ¿qué hacía Viani para vender sus máquinas parlantes? Desde Argentina inicia un viaje hasta Perú y en cada ciudad importante o intermedia, o donde había dinero, se contactaba con las señoras de sociedad para que  patrocinen una presentación de la maravillosa máquina que traía el mejor sonido nunca antes escuchado y, además, al gran Caruso. 

Esta actividad se convertía en el evento social del lugar y sólo algunos privilegiados podían costearse una máquina parlante. Viani, ya familiarizado con el comportamiento social sudamericano y con sus personajes, aprovechaba para iniciar su estrategia de marketing, como se cuenta en uno de los episodios: "Para acicatear el orgullo de los aristocráticos potosinos, jactó la compra por parte de los Aramayo de cinco gramófonos de una sola vez. Obtuvo el efecto deseado y en dos días vendió otros tantos, más un Victor V a un ingeniero minero chileno que vivía en su mismo albergo”. Esta forma de narrar las escenas marca la historia y el desarrollo del libro, lleno de anécdotas de una época nunca tan bien reflejada ni contada. 

Un tercer amor, también frustrado por las costumbres de la época, será encontrado en Sucre y es en este momento que nos preguntamos ¿cómo encontró su sueño? En su constante recorrido, Viani conoce a don José, tercer reemplazo violín de la orquesta del Teatro Sauto de Matanzas, Cuba. Otro apasionado por la música clásica. 

Como cada personaje, éste también tiene una historia interesante: había huido de la isla durante la guerra de independencia, "cuando el crucero Maine de la Marina de los Estados Unidos había misteriosamente explotado en la rada de La Habana. Y él, aprovechando  un momento de confusión que nada tenía a que ver con el Maine, había robado las considerables ganancias de una velada de beneficencia a favor de las familias de los soldados muertos y los sueldos semanales de toda la compañía. Para luego subir al primer buque que zarpaba, con tres mastodónticos baúles repletos de partituras y de vestuario escénico. El buque estaba dirigido a Colón, desde donde don José había cruzado el istmo hasta Ciudad de Panamá, en la costa del Pacífico, y se había embarcado rumbo al sur. Había llegado a Lima, luego a Arequipa y luego al altiplano, siempre con sus baúles, con su violín y con su dinero. Ahí había encontrado el lago Titicaca y nunca más había logrado librarse. De todo esto en Puno nadie sabía nada”. 

Fue este encuentro el que le llevará a cumplir el sueño: montar la ópera Aida en las ruinas de Sacsayhuamán, en Perú. Pero, ¿cómo convencer a los indígenas de participar de tal proyecto? Éste es el reto y la parte apoteósica del libro.

 

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