Desde las sombras de la cinefilia… Viejo calavera

Una mirada interpretativa a este filme que apenas estrenarse ya se consolida como uno de los más elogiados del cine nacional de los últimos años. De paso, para complementar el panorama, el director Kiro Russo comparte algunas de las claves para entender su estética de cine y su leit motiv para esta película.
domingo, 18 de diciembre de 2016 · 02:00
Sergio Zapata Crítico (Cinemas Cine)

 

 

Ninguna película realizada en Bolivia contiene tal sentimiento de amor y compromiso con el cine como Viejo calavera. En tiempos en los que la rigurosidad fetichista, el maltrato al espectador y la verborrea leguleya son comunes, desde las sombras de la cinefilia Kiro Russo (director) y Gilmar Gonzales (guionista) pensaron un cuento moral, un proyecto sólo posible de guionizar desde y durante el montaje, y para ello la oscuridad del socavón se presta como el germen creativo ideal del desplazamiento.

El inmediato antecedente de Viejo calavera es Juku (Kiro Russo, 2011) que anticipaba ya un cine por venir. Juku es un cortometraje que narra el rescate de un juku al interior mina y que refrescó el panorama fílmico boliviano por introducir la cámara en la mina de manera cinematográfica, es decir, con una intención estética clara y concreta: filmar la oscuridad, principio que fue depurado y perfeccionado en Viejo calavera. 

Sobre la trama: Huanuni es el espacio que alberga a un grupo tradicional de mineros al que se incorpora Elder Mamani, un joven que odia la vida de la mina, que se llena de rebeldía, y que incluso comete algunos atracos, tras lo cual nos guía a las entrañas de la mina para comprender, junto con él, las posibilidades del perdón. 

El ingreso al socavón lo conseguiremos con la venia del Tío de la Mina y la custodia del padrino, tutor del descarriado Elder; entre ambos, Russo despliega una forma original y auténtica de filmar en interior mina, a sus habitantes y por supuesto a su oscuridad y soledad. 

Si en Juku la frescura radica en los cuerpos y rostros de los mineros, pues todos ellos se representan a sí mismos, este elemento está ya depurado en Viejo calavera; y es aquí que hay que destacar la libertad que Russo despliega en cada imagen, lo que es posible gracias a la complicidad con Pablo Paniagua, director de fotografía.

En Juku quedaba establecida la curiosidad de los cineastas: filmar la oscuridad; en Viejo  calavera, aunque no hay una ausencia total de luz, la luna permite filmar la noche entre los sollozos de una madre que llora y reclama por su hijo, y en la desesperada búsqueda del muchacho; es precisamente en esa relación: noche, relámpagos y muerte que transitan los 80 minutos del filme. 

Y, claro, no está demás decir que también, como en Juku, ingresamos al socavón para consolidar el compromiso de Russo y Paniagua de filmar el interior mina como nunca antes se había hecho.
 
Y es esto lo que se trasunta a toda la producción, pues el conocimiento acumulado por Russo y los chicos de la productora Socavón Cine se evidencia en cada plano, que además de contener una belleza ajena a la retina del cine boliviano común, destila cinefilia en cada encuadre. 

Cinefilia 

La autenticidad fílmica de Viejo calavera radica en la actualidad de sus imágenes y, a su vez, en la forma de relacionarse con la tradición; en este sentido, es una película concebida desde la cinefilia y por lo tanto, motivo de alborozo no sólo por el reconocimiento de la tradición, sino por la puesta en evidencia del dispositivo fílmico en su veta más rica: la recreación de formas de representación, quizás el tesoro más valioso que encontró Russo y que conmueve tanto al gran público como a la crítica.

Hace ya algunos años que Kiro Russo y Gilmar Gonzales emprendieron una aventura en el rubro de la comercialización de películas. Quizás fue ahí que nació la inquietud de ambos por hacer cine, un cine que ellos quisieran ver y compartir. Es desde ahí, desde la genuina cinefilia, que la ópera prima de Russo se expresa en el reconocimiento de la tradición universal y en algún episodio de la tradición del cine nacional. Ahí tenemos el diálogo entre la luz y la sombra que viene de Hou Hsiao-Hsien, Vertov, Renoir, Buñuel, Tarkovsky, Chabrol, Resnais, Costa, Bresson y  Chaplin entre otros. Y no es exagerado mencionarlos porque Russo y su equipo evidencian estas fuentes, estos apetitos cinematográficos en cada gesto de la película. 

El bagaje cinéfilo de Viejo calavera nos permite asistir a la historia de un viaje entre el altiplano, el socavón y los Yungas -de la oscuridad y constreñimiento telúricos hacia la ligera e iluminada selva- para interrogarnos sobre el perdón y la (posible) redención. De esa manera, desde lo más básico, genuino y entrañable del cine, Viejo calavera no sólo ofrece una reconciliación de dos personajes, sino que también la esperada reconciliación del cine boliviano con su público. 

El ser y el parecer

En el cine boliviano por lo regular nos enfrentamos al despliegue de figuras, formas indefinidas y bosquejos de elementos, es decir, a una suerte de apariencias, simples potencialidades que se diluyen en cuentos morales, pretenciosos o aburridos. O, en su defecto, apariencias de formas televisivas que intentan dialogar con formas cinematográficas, resultando en bochornosos casos de teatralidad filmada, en los que se privilegia la puesta en escena, el trabajo actoral por encima de la forma fílmica, es decir, el tiempo y el espacio desplegando un contenido en desmedro de la imagen tiempo. 

Si bien el cine es el despliegue de apariencias, la dialéctica entre el ser y el parecer como mecanismo de lucubración sobre la forma fílmica permite establecer y diferenciar la intención fílmica asociada con los presupuestos éticos de un filme frente a la propuesta formal de la película, es decir, frente a su resolución estética. En este sentido es que el ser establece una relación dialéctica con el parecer. 

Varias de las películas bolivianas del último tiempo sólo merodean y divagan en la apariencia, en una estrategia acomodaticia y complaciente respecto de una apariencia reconocible, conocida, además de privilegiar esferas concernientes exclusivamente a la historia, al guión, a los personajes… es decir, a la moralina constreñida en las obras en desmedro de un cine que explora las formas del ser.

Si bien ésta es la promesa del cine como objeto filosófico, Viejo calavera se ofrece como una materialidad para pensar y atender la emergencia de conceptos, y por supuesto descender al socavón como forma de redención y celebración de la inevitable emergencia de un cine del presente en Bolivia.

 

 

Kiro Russo y su cine artesanal y de encuentros

 

 

El equipo de comunicación y prensa que apoya a Socavón Cine en la promoción y difusión de Viejo calavera, compartió con LetraSiete una extensa entrevista genérica al director Kiro Russo.
 
Creemos que las claves de la charla se resumen en unos pocos textuales que identificamos y copiamos a continuación. La idea es así, junto a la crítica de Sergio Zapata, ofrecer un panorama amplio y variopinto sobre los entretelones, detalles, motivos y claves de este filme que desde el primer día de su proyección, no hace más que cosechar elogios. (N. de E.)

"Desde el primer corto que dirigí me interesó por sobre todo la forma y la experimentación, más que nada porque es a través de estos recursos que se puede realizar un cine ‘sensorial’ en el que lo más relevante es la imagen y el sonido por encima de los actores y la historia. Me interesa mucho más llevar al espectador a un estado de contemplación que de enajenación. Es importante que partiendo de la contemplación podamos evocar y reflexionar...”.

"En nuestra época todo pretende estar solucionado. En el cine actual las fórmulas, los géneros y los remakes saturan las mentes de todos. Es bueno intentar mostrar las cosas de otra manera, se necesitan respiros. Cosas más misteriosas y rústicas que no estén tan dadas y te inviten a pensar, recordar y evocar. Con nuestro cine queremos interpelar al espectador, invitarlo a reflexionar… Me interesa profundizar y buscar nuevas formas de contar una historia a través del cine, tomar riesgos pero sobre todo trabajar con la gente. Para mí el cine es un viaje de explorador, eso es lo que me importa, ser como los viejos piratas de alta mar…”.

"El cine independiente cuesta millones de dólares. Nosotros hacemos un cine artesanal entre amigos donde la prioridad son los encuentros y las exploraciones. El cine es una forma de vida...”.

"Queremos darle la vuelta al estereotipo del minero. La mina es un mundo laboral muy rudo que es el contexto en el que sucede este roman d’ apprentissage acerca de un joven que afronta la muerte de su padre tomando su puesto en la mina, confrontando a su padrino y descubriendo a su abuela…”.

"La mayoría de las personas que aparecen en la película son amigos que fui haciendo con los años de viajes a Huanuni; ninguno es actor, pero todos tienen muchísimo talento. Principalmente el Tortus (Julio César Ticona), que  es una de las personas que inspiró esta película y siempre pensé que él tenía que ser el actor principal. Lo conocí hace varios años  a través de Israel Hurtado, el Gallo, que también participa en Viejo calavera. Por otro lado está un gran amigo, Edwin Yucra; él ayudó mucho detrás de cámaras y de hecho es productor asociado de la película...”.

"En Viejo calavera trabajamos con elementos del neorrealismo, los espacios y personajes de la realidad pero jamás me interesó conformar perfiles psicológicos, ni panfletos políticos. Son mucho más importantes los climas, las presencias, los encuadres y el sonido. La cámara acompaña todo el tiempo a los personajes, es testigo de los espacios, muchas veces no sabemos por dónde va la historia, pero estamos al lado de Elder Mamani, sabemos de qué va su momento y compartimos su experiencia”.

"Nunca hubo la intención de hablar en nombre de ninguna comunidad ni mucho menos en nombre de los mineros. Ésta es una película acerca de cosas de la vida, del duelo, la madurez, el trabajo, los amigos, los viajes y el alcohol…”.
 
 
 


 

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