Julio Barriga: arder con elegancia

sábado, 6 de febrero de 2016 · 00:00
Liliana Colanzi

Cuaderno de sombra (2008) fue el título con el que partió la editorial El Cuervo, hoy en día una de las independientes más interesantes de Latinoamérica. Ese nacimiento no pudo ser más certero ni más auspicioso: Fernando Barrientos lee el poemario de Julio Barriga y se deslumbra de tal forma que siente la urgencia de crear una editorial para ver publicados esos versos. No piensa en cómo va a financiar el libro ni en su distribución ni en las ganancias -en Bolivia el oficio del editor tiene algo de suicida y de romántico- sino en la necesidad de compartir las palabras de este "llockalla prematuramente envejecido en la desilusión y la disolución”.

Leer a Julio Barriga es sobrecogedor. Estamos ante alguien que, como Rimbaud, hace su poética desde el desorden absoluto de todos los sentidos, desde la abyección y la locura y la cercanía con la muerte.

Alguien que usa su cuerpo como lugar de experimentación "por medio de sustancias que inducen/ estados de terror o júbilo lindantes con la muerte” ("Nos hemos limpiado el culo/ con nuestro cerebro”).

Un poetalbañil que se reserva sus revelaciones "para escribir un poema infinito/ sobre la maldad de la belleza” y que se enfrenta a diario con "formas y terrores/ extendiendo sus garras”, un punk de "sin cuenta años dedicados a perfeccionar/ una niñez inmadura”.

Barriga escribe desde la monstruosidad mientras juega a las cartas con sus demonios. ¿De dónde proviene tanta devastación?, una se pregunta, como si existiera una respuesta. ¿Por qué alguien termina con la vista fija en el abismo? Y sobre todo, ¿cómo se sobrevive a la mirada de ese Ojo destructor con la lucidez de Barriga?

Hay un estoicismo hermoso en el poeta, una declaración de principios en los versos "Que no haya más que vuelo en la caída/ aprenderse la música del viento”. Barriga nos recuerda que la poesía es peligrosa y que hay que vivir con valor.

Que estamos irremediablemente solos y perdidos y que la única respuesta posible es cultivar la ética de la soledad, aprender a arder con elegancia: "Leyendo a tientas, como un ciego/ un cuadro exactamente parecido/ a aquello que querías expresar:/ como siempre mi hogar ha sido la desolación./ Somos gente tan extraña/ roídos por el recuerdo de la belleza”.

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