Parhelio

[Todo y peste III]

Tercera parte -y final- de esta serie de ensayos en la que el autor reflexiona -entre mucho más- sobre sociedad y civilización en el mundo actual.
sábado, 19 de marzo de 2016 · 00:00
Rodolfo Ortiz
Escritor
 
Bruce Fink, traductor de los seminarios de Lacan al inglés, propone la palabra link en lugar de bond para la palabra francesa lien, que al español se tradujo acertadamente como "lazo”. La palabra bond, que se rescata aquí en desmedro a la propuesta de Fink, se justificaría por la sugerente articulación que existe con la frase también traslapada al inglés de los escritos tempranos de Marx: "The human essence of nature exists only for social man; for only here does nature exist for him as a bond with other men”. Una lectura no necesariamente marxista de esta frase, como la que alguna vez hizo Lacan y la que propongo aquí, advertiría que finalmente no hay sociedad sino lazo, continuando con lo antedicho semanas atrás, con todo lo dicho y no dicho semanas ahora y en proliferación.
 
Por lo mismo y por lo pronto, me atrevo a terminar esta serie con unas cuantas líneas acerca de ciertas ideas acaso precipitadas acerca del discurso capitalista y de su pareja, el cinismo moderno; ambas que sin eludir a nadie, sino más bien, corroyendo hasta al menos enfermo de felicidad o al más liberado de la condición tripolar, hacen de este mundo el habitáculo difuso y tremendamente móvil del habitante contemporáneo. 
 
Para suerte de un posible hipotérmico lector que goza siempre de palabras a venir en su recinto, el primer caso de tripolaridad se dio precisamente en un libro paceño inimitable e insustituible, en el triunfo mental de un tal Loco que se descubre un día trino, vale decir, burgués, proletario y crítico, en total despacho tripolar, precisamente, donde todos ellos se dilatan disputándose, a ojo, odio y vianda, el pan del sudor de sus frentes.
 
¿Qué nos queda de tal agudo y agresivo intercambio? Pues, una "Libreta de apuntes” que el crítico olvidó después del almuerzo mientras dormía. Y allí, fantasmagóricamente en su última línea, es posible advertir esta luz: "Jamás aprenderá la gente a acercarse a los demás”.
 
Voy a referirme, en lo que sigue, y pido paciencia, digamos seguimiento, hacia no sé qué cambios de mayor abstracción; pues voy a referirme a dos imágenes, que tienen que ver, aquí y donde fuese, con el cínico y el capital. En primer lugar, existe la imagen emergente de la sonrisa del capitalista que se oculta y, en segundo, la imagen del ocultamiento del cínico que sonríe. 
 
Al cabo, habrá un paso travieso y convencido. El capitalista ve brotar algo de la nada, esboza una sonrisa ante el encantador espectáculo de su hechura; pero tal sonrisa, que coquetea con la sonrisa sin gato de Carroll, nos revela no otra cosa que la macabra relación entre objetos en la que estamos metidos, y hasta el tuétano. Para Marx, siempre retrotrayéndolo desde esa posibilidad desmontable y fagocitable de todo discurso, el segundo periodo de proceso laboral (es decir, aquel en que el "obrero” o "trabajador” proyectan más allá de los límites necesarios de su trabajo un excedente) no genera ningún valor sino más bien un "plusvalor”, y ahora bien, precisamente, traigo a colación la cita magna de Das Kapital, pues un plusvalor "le sonríe al capitalista con todo encanto cautivante de algo creado de la nada”. Cita que habrá que releer, o finalmente que habrá cautivado a muchos y confundido a muchos otros, pues la sonrisa de ese tal capitalista macabro, por ahora anónimo, hace visible una función perversa que el cínico moderno (o plusmoderno, según Lacan) habrá de hacer suya: la idea tenebrosa de que hoy el manejo de la autoritas, y de la verdad de los hechos y de los antihechos, es un "encanto cautivante de algo creado de la nada”. Estamos pagando quizás los mejores atisbos de Rimbaud, y junto a él, la de sus apuñalados antecesores. Pero, junto a él, pagamos también con sangre el usufructo de este fenómeno, ya incontrolable, que desde manos de artimaña, se revela como el espectro de un cinismo ambivalente y autodefinido desde un sentimiendo que expone simultáneamente a cada quien como víctima y victimario (remito a quien desee ahondar en este punto al libro El psicoanálisis en la edad de la felicidad cínica de José Luis Pardo, un texto inteligente y agudo, casi un oasis dentro de los abundantes estudios sociales publicados en Bolivia).
 
La plusvalía, viendo en prisma local, está en todo; y es algo de lo cual todos gozamos, o mejor sufrimos, pues se desprende de los objetos de consumo que "enlazan” sistemáticamente a los hombres. "De la nada”, ex nihilo, alude, hoy por hoy, a la creación de un mundo a partir de un Dios sustituible, pero siempre como una entidad performática que hace posible, en cada sustitución, la regulación del valor de los objetos. Frente a la caída del amo proto y pos mundial, el mercado ha ocupado su lugar, donde tú y quien quieras que seas, trajinando en pampapata ecuménica, te habrás de ver manejado pero, se espera, no reverendamente succionado. Si bien todo "[s]e consuma tan bien como se consume”, en palabras de Lacan, el exceso de este "tono” o "todo” apocalíptico, al fin y al cabo, y por su propio peso y movimiento, produce carencia. "Jamás aprenderá la gente a acercarse a los demás”, nuevamente con Borda precisando por el hábito perdido, o mejor, nunca encontrado, de enfrentar, finalmente, y mirar de frente, tamaña carencia. 
 
Debo concluir estos apuntes, uno se halla solo, como prefiguró Poe, ante tanta multitud. Quizás saldar interrogando a ese personaje de peste al que menos me dediqué, pero al que más se tendrá que indagar. Pues si bien para el cínico moderno (o plusmoderno) no existe fijeza, ni vientre, ni nada que no pertenezca al parlamento de la queja ("mientras pertenece a los puestos claves de la seriedad de las juntas directivas”, en palabras de Sloterdijk), su maniobra es un desborde radical del cinismo antiguo, me refiero al del añorado "quinismo”, encarnado para el caso, por Diógenes de Sínope, el terrible "filósofo perro”.
 
Y permítanme una glosa final: un día a Diógenes de Sínope el Oráculo le dijo que tenía que cambiar el valor de la moneda si quería ser famoso. Diógenes llegó a ser famoso, pues entendió que la moneda rige los intercambios de valor, que la moneda se encadena por un extraño poder autoritario. Desde allí se erigió crítico e interpeló a los semblantes y se opuso a la forma de vida que consideraba "vacía”. El cínico plusmoderno, por su parte, llegó un día para ovillar la forma fantasmagórica entre objetos-mercancías, para decir que nada se esconde detrás de los semblantes, y que habrá que deshecharlos o utilizarlos a voluntad, miren ustedes, sin creencia ni amo, sin ser amos de sí mismos, "no hay amos” parece farfullar a escondidas, sólo obstáculos y peldaños para llegar a lo que uno quiere, que quizás, según refiere Lacan (y es algo que tiene mucho de peste y anhelo), se halle muy lejos de lo que realmente se desea.

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