Ensayo

Control de la información

A partir de textos de Bradbury y Atwood, la autora reflexiona sobre el verdadero poder y la verdadera obsesión del poder.
sábado, 16 de abril de 2016 · 00:00
Virginia Ayllón
Escritora
 
El control de la información, y por esa vía de la opinión pública, es un tema intrínseco al ejercicio del poder. En realidad, más que control es el ansia de ese control, e incluso, mejor, la pretensión del pensamiento único o, lo que es lo mismo, de la única palabra. En ese sentido, la historia de la humanidad es la historia del control de la información, cualquiera sea el soporte que ésta tenga. 

En esta ansia de control de la información, el poder compromete la centralización de la razón y, subsecuentemente, el despliegue de dispositivos normativos y preceptivos, muy parecidos, antecesores o constituyentes del autoritarismo. 
 
En ese entorno, la libertad se dibuja como la única antítesis al control y Rosa Luxemburgo lo dijo mejor que nadie: "La libertad es siempre y exclusivamente libertad para el que piensa de manera diferente”. 
 
Uno de los mitos del control del pensamiento, y tal vez el mayor, es el de la quema de libros. También es un mito de la literatura, asentado en el "donoso y grande escrutinio” (Cap. XXVI) de El Quijote. Sin embargo, es notable que sea en la ciencia ficción donde mejor la literatura ha reflexionado sobre la vigilancia del pensamiento.
 
Grande es la lista de piezas literarias, especialmente narrativas, donde se explora la censura a la información.
 
Tomaré ahora dos de ellas, Fahrenheit 451 (1953) del estadounidense Ray Bradbury y El cuento de la criada (1985) de la canadiense Margaret Atwood. 
 
No será casual que las sociedades del futuro hayan sido escogidas para ubicar la trama del control de la información, porque se supone que solo en el futuro la tecnología de la información habrá llegado a su máximo desarrollo, lo mismo que la sociedad. Así, esta ciencia ficción se sitúa en el extremo de la promesa de la historia: el futuro. 
 
De ahí que los mecanismos tecnológicos sean uno de los troncos de estas novelas, en la tradición que viene desde Julio Verne. Pero a diferencia de las novelas de Verne, una de las características de esta literatura es que estos juguetes de la ciencia están contrastados permanentemente con el ejercicio del poder de las sociedades futuras. 
 
En ese sentido, las dos novelas que me ocupan han sido calificadas como distópicas o antiutópicas, esto es, que dibujan sociedades no ideales. La narración distópica es pródiga y se puede nombrar piezas maestras como Un mundo feliz, de Aldous Huxley; 1984, de George Orwell; o Los desposeídos: una utopía ambigua, de Ursula K. Le Guin y también nuestra Saturnina from time to time (De cuando en cuando Saturnina), de Alison Spedding. 
 
En el caso de Fahrenheit 451, Bradbury trabaja la dupla libro-fuego, como metáfora de la relación civilización-barbarie, pilar de la cultura occidental, en versión de la relación entre arte y ciencia. Así, la sociedad de la ciencia domina a la pre-sociedad del arte, que se manifiesta en otra dupla central en esta novela: libros-televisión, enganchados por el ideal de felicidad que impone el Estado. Este ideal, o la razón de Estado, encarna el autoritarismo porque declara las identidades desde el deber ser, estableciendo una sociedad en la que todos "deben” ser felices. 
 
En El cuento de la criada, Atwood construye un futuro mundo teocrático y puritano en el que las mujeres han sido devueltas a su carácter de objetos de reproducción y, fundamentalmente, tienen prohibido hablar. De ahí que la noche se convierta en el único espacio de furtiva comunicación entre ellas. 
 
Así, la censura al pensamiento y a la palabra son elementos que constituyen estas sociedades en las que los personajes arman su rebeldía, casualmente en la memoria. Los "hombres libro” de Fahrenheit 451  también queman libros (y aquí recuerdo la piromanía libresca de Pepe Carvalho) para eludir la represión, pero sobre todo porque su principio es la memorización de los textos, convencido de que no habrá poder que los elimine de su memoria. Del mismo modo, los recuerdos de su vida anterior impulsan la rebeldía de la protagonista de El cuento de la criada. 
 
De este modo ambas novelas se resuelven en la confrontación y rechazo del ser humano con el mundo, por él mismo creado, para guarecerse en aquello que se considera la ciencia no puede doblegar, en un tono más moralista en Atwood que en Bradbury. 
 
Libertad de pensar y hablar una lengua propia son, por tanto, los objetos más preciados, es decir más depreciados por el poder y es la sospecha la unidad modular del control. La sospecha no es tan solo duda como indicio del alejamiento de la norma. La sospecha no se elimina con pruebas, la sospecha, en el terreno del poder, es un camino de demostración. 
 
Suele decirse que las distopías son menos dibujos del futuro como metáforas del presente y estas dos novelas bien cumplen esa aseveración si consideramos la actual manía de control de las modernas formas de comunicación. Y es que la sociedad suele asustarse de sus propios engendros y tal como la aparición de la imprenta, la radio, el teléfono, el cine o la televisión provocó furibundos rechazos a nombre de la moral, la familia, la cultura y la sociedad, ahora presenciamos lo mismo y con los mismos argumentos. 
 
Pero habrá que recordar que así como la vigilancia ha acompañado la presencia de estos inventos en la sociedad, más han sido los beneficios de su uso público que los de las normas que sobre ellos han recaído. No hay posible empate entre la censura al cine o al libro, es decir al pensamiento, y sus recompensas sociales. 
 
Tal vez sean tiempos de aguzar la memoria, tal como los rebeldes de Fahrenheit 451 o El cuento de la criada.
 
Una memoria de la libertad del pensamiento y el ejercicio de una lengua propia, sin importar el soporte: libro, Facebook, Twitter… y silencio, también.

Confidencial

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