Mirabiliario

sábado, 30 de abril de 2016 · 00:00
Cocina antigua

Con ojos de perro sin perdiz tras larga cacería,
hecha la tarde, mira estas húmedas maderas:
hay cáscara de arroz y alma de pagoda;
alguien hay aquí que aún rezafrente al llanto gris de la cebolla.
Toca estos hierros humillados que el tiempo no derrota,
los platos azules y el maíz que cuelga
con una roída plegaria y una escoba.
Azúcar y maní en un pequeño mortero...
Pon el oído en las paredes como un niño
cuando cree oír una voz que no recuerda
y oye de nuevo latir el corazón de la cocina.

Tareas tan inútiles como la poesía

El río crece, el tiempo no ayuda.
Rema, rema la luz bajo la lluvia.
Que me perdone quien se sienta herido,
los inundados son del río, de nadie más.
Clavan techitos de multiflex,
de flexiplor, paredes
de un más que servicial cartón
o se dan por entero a otras tareas
que de por sí tampoco arreglan nada.
Y justo cuando nada se arregla,
cuando la noche habla de tregua
y enciende su esperanza, su lámpara
de veinticinco vatios gratuitos
en un barcito de morondanga,
se vive un apagón, se oculta el río,
se oculta la ciudad que ocupa el río.

Desde el tejado
 
Mira el gato a su estrella
Caída en el jardín: sorpresa.

Jacobo Rauskin (1941). Poeta paraguayo.  Entre otros títulos suyos, citemos Oda (1964); Casa perdida (1971); Naufragios (1984); Jardín de la pereza (1987); La noche del viaje (1988, Premio La República); La canción andariega (1991, Premio El Lector); Fogata y dormidero de caminantes (1994).  (Selección: Gabriel Chávez Casazola)

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