Letra sincrónica

Semblanza de Jesús Urzagasti

A tres años de su partida, a propósito de la reciente presentación de su poemario Senderos, en Cochabamba y Santa Cruz, y de la lectura poética al pie de su monumento en el Montículo paceño.
sábado, 30 de abril de 2016 · 00:00
Alan Castro Riveros
Escritor
 
Hay cosas que las academias no pueden enseñar, porque para decir lo indecible habrá que poner a rodar un lenguaje que haga tronar cualquier suposición y abra esa línea por la que se filtra y en la que resplandece el silencio de la comunicación transparente. 

Tal el lenguaje que en sucesivos encuentros de rutas paralelas se iba tallando en mis charlas con Jesús Urzagati, que más que un maestro fue un amigo. El mismo Jesús se encargó de hacer evidente esa relación, al decir que una de las cosas más importantes es el parricidio y que jamás hay que perder de vista que uno siempre se halla fuertemente influenciado por ningún otro que sí mismo. De tal manera, aquello luminoso que había en las palabras del Jesús estaba en la certeza de que una inteligencia trabajada a la intemperie reconoce las coincidencias en las aventuras ajenas y sitúa las influencias en el río particular que corresponde a cada quien.

***
La primera vez que lo vi, el Jesús leía el capítulo 26 de Un verano con Marina Sangabriel frente a un pequeño auditorio de la Universidad Católica Boliviana en la ciudad de La Paz. Era el año 2001. No recuerdo a nadie del auditorio y no sé si había alguien junto a él en la mesa. Solo recuerdo su lectura y a Alba María Paz Soldán preguntando si Jursafú, el personaje de En el país del silencio, había visto al diablo. El Jesús respondió a su pregunta relatando detalles sobre la inquietante mirada de la víbora, que de pronto visitaba su oficina en el edificio Presencia. (Vale la pena añadir que muchas cosas pasaron por ese escritorio: un libro y una carta del poeta Edgar Bayley (que derivaría más tarde en la escritura de De la ventana al parque), los amigos que siempre volvían a visitarlo, y las noticias más inquietantes del país. Además, en ese escritorio el Jesús se dio mañas para escribir Los tejedores de la noche).
 
Volviendo a aquella noche de lectura, sus respuestas a las preguntas del auditorio abrían siempre senderos imprevistos. Es por eso que, al día siguiente, todos los compañeros de la generación única que habíamos asistido a la lectura, le pedíamos a la Albita que por favor invite al Jesús a dar clases. Había misterio, afecto e impaciencia en nuestra solicitud. La lectura de la noche anterior nos había sacudido algo y, durante una semana, había hecho aparecer varias fotocopias de Yerubia y de La colina que da al mar azul en mochilas y mesas de sótanos.
 
Generalmente, los seis gatos que conformábamos la Carrera de Literatura de la UCB éramos trasladados de sótano en sótano para pasar clases. La primera clase con el Jesús no había ningún sótano disponible, así que nos fuimos a un aula. Era un aula inmensa para nosotros, en un último piso. Sin embargo, nos dimos maneras para achicarla hasta el rincón más alejado de la pizarra y le dimos la forma de un círculo, pues estábamos acostumbrados a sótanos que contaban con una mesa redonda. 
 
De entrada, la primera sesión, el Jesús nos dijo que nosotros teníamos ventaja sobre él porque lo habíamos leído, mientras que él no nos conocía. No recuerdo exactamente lo que se dijo en ese círculo. Solo recuerdo que salí de allí con la sorprendente certeza de haber escuchado algo que por fin engranaba con el lenguaje creador más potente; algo imposible de explicar.
 
Pocos días después, la Albita nos sorprendió con un sótano definitivo y luminoso que no era sótano, sino la flamante Sala de Literatura (la cual, por cierto, hoy se ha convertido en un sótano hecho y derecho debajo del departamento de Cultura). En aquella sesión, el Jesús llegó con la preciosa edición italiana de Tirinea que acababa de recibir, y luego nos pidió que escribiéramos algo y firmáramos en sus páginas. Nosotros estábamos chochos garabateando en aquel libro. 
 
De paso, la siguiente semana, apareció con varios ejemplares de la segunda edición de Tirinea y los repartió como regalo a todos. A esas alturas todos lo queríamos y conversábamos entre nosotros sobre el deseo de compartir con él fuera de la universidad. Queríamos trabar una amistad deslindada de lo académico. Él nos recibió uno por uno o en patota, varias veces, en su casa que olía a eucalipto; junto al calor familiar de la Sulma, la Carmencita, el Pibi y el Corito.
 
En una de esas que fuimos en patota, el Jesús me curó de la borrachera poniéndome una hoja de lechuga en la chaveta. Viendo que se había obrado un milagro, mis compañeros pidieron su respectiva lechuga y estuvimos charlando así un par de horas.
 
Cuando el Jesús nos invitaba a tomar vino a su casa (generalmente después de la ch’alla de un libro), yo siempre recordaba la palabra políglota. El políglota es un personaje de sed insaciable que aparece en el capítulo 26 de Un verano con Marina Sangabriel -el texto por el cual conocí la obra del Jesús, y que no ha dejado de resonar desde entonces en mi memoria. 
 
En aquel capítulo asistimos a la conversación entre un narrador, el poeta chuquisaqueño Seque y el miope invisible Cuñanchiro. Aunque sabemos que el políglota es una persona versada en varios idiomas, en la novela del Jesús, políglota es alguien que sabe que su sed es insaciable y no ignora, por lo tanto, que beber no le servirá de nada. Es por eso que la palabra políglota resonaba en mí antes y después de esas fantásticas reuniones.
 
Por otro lado, el Jesús me acompañó en la hechura de mi primer libro. Él entendía que el trato con el lenguaje va más allá de la elección de una forma literaria o de una historia prefabricada; que lo que allí interesa es descorrer el velo tras el cual se oculta una inexplorada forma de pensar y de mover el esqueleto.

***
Aunque el Jesús es un escritor que se menciona en el mundo académico, su obra recién está empezando a ser leída desde su centro secreto. Solo para poner un ejemplo, el otro día leía el capítulo final de El último domingo de un caminante -allí donde se habla sobre el personaje femenino construido por el escritor polaco Jersy Monotowsky. 
 
Luego de leer aquel capítulo, recordé a los autores ficticios y personajes desterrados que aparecen en Un hazmerreír en aprietos (su última novela). Fue entonces cuando noté que aquello señalaba un sendero inexcusable para desenterrar y reconstruir la narrativa profunda del gran parque latinoamericano, alejada de las modas formales pasajeras y de la publicidad tendenciosa.
 
Ni qué decir sobre la poesía (esa atención continua que nos liga al mundo) y ese magnífico hilo llamado Senderos; un libro con el eco de los muertos, por donde podemos iniciar nuestro tránsito hacia el corazón silencioso de un país más grande y diáfano de lo que aparenta en la superficie de mapas ajenos y papeles caducos.

AVISO IMPORTANTE: Cualquier comunicación que tenga Página Siete con sus lectores será iniciada de un correo oficial de @paginasiete.bo; otro tipo de mensajes con distintos correos pueden ser fraudulentos.
En caso de recibir estos mensajes dudosos, se sugiere no hacer click en ningún enlace sin verificar su origen. 
Para más información puede contactarnos https://www.paginasiete.bo/contacto/

60
1

Comentarios